Opinión

Sudáfrica ante otro “Día de la Libertad”

Una nueva prueba electoral debe ratificar al Congreso Nacional Africano como la fuerza política más poderosa del gran país de África del sur

Día de la Libertad
En 1994, en el llamado "Día de la Libertad", emergió Nelson Mandela como primer presidente negro del país |

Joaquín R. Hernández |

A veinte años de las primeras elecciones democráticas en Sudáfrica, en el llamado “Día de la Libertad”, los sudafricanos se encuentran inmersos en elecciones parlamentarias que se efectuarán el 7 de mayo.

Las elecciones de 1994, de las que emergió Nelson Mandela como primer presidente negro del país, fueron una gran fiesta y un complejo enigma. Las razones de esta paradoja hay que buscarlas en la singular historia del país.

Lo que hoy conocemos como Sudáfrica, con casi 52 millones de habitantes en un territorio de un millón 219 080 kilómetros cuadrados, fue un país codiciado por las potencias europeas: los portugueses, que no dejaron huellas, los holandeses, en el siglo XVII, que sí generaron asentamientos de importante trascendencia histórica, y los ingleses, que la añadieron a sus posesiones coloniales.

Los holandeses se establecieron en distintas poblaciones y allí echaron raíces.  Con el tiempo, su lengua original se fue transformando hasta convertirse en el actual afrikaans, y, a su manera, generaron un sentimiento propio de arraigo a aquella tierra.

Que tuvieron que defender contra los apetitos de la gran Albión.  Los llamados Boers (campesinos, en holandés), libraron y perdieron dos guerras contra Inglaterra.

De cualquier modo, fueron el centro de la población y del poder blancos, y su actitud de desprecio hacia las poblaciones originarias negras, siempre mayoritarias,   se concretó en un régimen de exclusión tanto legal como geográfico.

Así nació el funesto apartheid, en 1944, que establecía diferencias jurídicas entre las poblaciones por su origen étnico: blancos, asiáticos, mestizos y negros.  En tal jerarquía, los blancos, preferentemente los afrikanders que los de ascendencia inglesa, detentaban todos los poderes y los negros llevaban la peor parte.

La segregación fue también territorial: se crearon barrios para negros y territorios reservados, los llamados bantustanes.

El sistema organizó su maldad a la perfección.  Entre tanto, la rebeldía negra y de otros estratos étnicos crecía.   El Congreso Nacional Africano, fundado a principios del siglo XX, y que agrupaba un variado espectro progresista, desde nacionalistas hasta comunistas –el Partido Comunista de Sudáfrica es uno de los más antiguos del mundo–,vio crecer su liderazgo.

Las independencias africanas dieron nuevos ímpetus a los patriotas sudafricanos.La comunidad internacional reaccionó también contra aquel régimen opresivo, vergüenza de toda la humanidad.  En 1960 el Reino Unido excluyó a Sudáfrica del Commonwealth y en la ONU, en el movimiento olímpico y en las más disímiles regiones del mundo, se fue acentuando la condena al apartheid.

Occidente finalmente se sumó a las condenas, pero en un segundo plano  –nada sorprendente–  mantuvo vínculos no siempre visibles con el gobierno de Pretoria.

La independencia de Angola llamó la atención de estadounidenses y sudafricanos.  La CIA y el ejército sudafricano, con aliados locales angolanos, intentaron frustrar la independencia del joven y riquísimo país, y ganarlo para su esfera de influencia: llevar la frontera de sus intereses comunes hasta el mismo centro de África.

La frustración de sus intentos en 1975 y luego en la batalla de Cuito Cuanavale en 1988, a manos de los patriotas angolanos y de los internacionalistas cubanos, no solo frustró sus planes expansionistas: fueron el puntillazo que selló la suerte del apartheid.

El gran enigma

Cuando el poder blanco comprendió que sus horas habían terminado y llamó a Nelson Mandela a encabezar por la parte opositora, la transición, se abrió el gran enigma: ¿qué podía ocurrir en un país tan poderoso, militar y económicamente, con tantas contradicciones étnicas y, sobre todo, con tanta ira acumulada?

Fue el momento en que Mandela y el ANC encontraron otra razón para pasar a la historia.

Sin abjurar de sus principios, enalteciendo el extraordinario aval histórico y cultural de la población negra y liberándola de sus trabas, evitaron la confrontación y  procuraron el establecimiento de un régimen democrático que garantizara la coexistencia entre los estratos y razas que integran la actual Sudáfrica.

El nuevo gobierno, además, tuvo que echarse sobre sus hombros la reparación material de siglos de opresión y pobreza.

De ahí que los líderes del ANC en su propaganda electoral recuerden que, en los veinte años de su mandato, la población que vive con menos de dos dólares y medio al día haya caído del 42,4 por ciento en el 2000 al 29,2 en el 2011, que hayan crecido la expectativa de vida y la alfabetización, que se haya reducido la prevalencia del Sida, que los subsidios alcancen a 16 millones de personas, que se haya duplicado la matrícula universitaria,que se hayan fabricado 3,7 millones de casas, y que, según las Naciones Unidas, la criminalidad  –que llegó a ser la más alta del mundo–  haya retrocedido.

El ANC también ha proclamado su voluntad de combatir la corrupción, uno de los males mayores hoy de la sociedad sudafricana.

De cualquier forma, y aunque el desgaste producido por los años de mandato ha hecho surgir nuevos partidos, algunos desprendimientos del ANC, se estima que la veterana organización conquiste el triunfo con más de un 60 por ciento de los votos.

Con la economía más poderosa de África, y una influencia mundial proyectada por su pertenencia a la hornada emergente de los BRICS, el resultado de estas elecciones y la problemática que de ellas se desprenda serán seguidos con atención en todo el mundo.

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