Opinión

Diálogo por la paz y contra la violencia

Las conversaciones entre el gobierno bolivariano y la oposición política transitan por un complejo camino hacia la paz

Maduro y Capriles
Diálogo por la paz y contra la violencia en Venezuela | Infobae

Joaquín R. Hernández |

La teleaudiencia de la televisión venezolana debe haber alcanzado las más altas marcas de rating, pese a que la primera ronda de conversaciones entre el gobierno y la oposición se extendió hasta las dos de la mañana, hora de Caracas.

No sé cuántos se habrán percatado, al cruzar la medianoche, que entraban en el día 11 de abril, a doce años del fallido golpe de estado, reaccionario y proestadounidense, contra el presidente Hugo Chávez.  Ahora, en la reunión, se encontraban sentados, representando al más importante segmento de la oposición a la revolución bolivariana, algunos de los complotados con la intentona golpista.

Doce años antes se estaba jugando la suerte del proceso político más profundo ocurrido en la historia del país, y uno de los grandes faros de la izquierda mundial.  La firmeza del líder revolucionario, su negativa a renunciar, su firme decisión de enfrentar peligros desconocidos, elevó aún más la imagen nacional y mundial de Chávez.

Tras ser rescatado por el pueblo y por lo mejor de sus fuerzas armadas,  Hugo Chávez estaba en capacidad de adoptar cualquier medida punitiva contra los organizadores del fallido cuartelazo y de su efímero gobierno de opereta.

La reacción de Chávez  fue tan digna como demostrativa de la fortaleza del proceso revolucionario que él conducía.  No hubo persecuciones.  La justicia fue, más que vindicativa, magnánima.

Y el líder venezolano hizo un llamado al diálogo y a la paz.

Las rondas de la Mesa de Negociación y de Acuerdos reunieron en el 2003 a delegaciones del gobierno y de la oposición.  Pese a la gran distancia entre unos y otros, el diálogo permitió abrir un paréntesis de paz, para satisfacción del pueblo venezolano, necesario para extender los planes de la revolución.

El fallecimiento de Hugo Chávez reavivó las esperanzas de la oposición que aspiraba a la restauración de la Venezuela prerrevolucionaria.  Las elecciones presidenciales del 2013 fueron su objetivo.  Como quiera que contaban con el apoyo de los grandes medios de comunicación y de las consecuencias del premeditado sabotaje a la economía interna, lograron marcas suficientemente altas como para discutir la legitimidad de la victoria de Nicolás Maduro.

De nuevo el chasco.  No solamente se presentaron las evidencias necesarias para legitimar al gobierno de Maduro, sino que muy poco después, el 8 de diciembre del 2013 el chavismo ganó limpiamente 240 de las 337 alcaldías en disputa.

Demasiado para los sectores más recalcitrantes de la oposición.  Las manifestaciones estudiantiles del 12 de febrero pasado, Día de la Juventud, fueron manipuladas y convertidas en lo que no eran: protestas caracterizadas no por sus reclamos, sino por la violencia.

El golpe suave

Se iniciaba así la aplicación de un protocolo de desestabilización interna, conocido y reiteradamente denunciado, empleado por el imperialismo y sus aliados en otros países.

Que debía acrecentarse por día y acompañarse de una generosa y altisonante orquestación mediática internacional: de ahí en adelante, sobraban las instituciones internacionales que, preocupadas, pedirían ayuda externa para derribar por la fuerza al gobierno constitucional de Venezuela.

La intentona ha fracasado.  Todavía hoy, cuando las guarimbas, carentes de espontaneidad, resultado de un obvio plan de desestabilización, han decrecido en número y se revelan mancas de objetivos, sin concitar el apoyo del verdadero pueblo venezolano, la ira mediática internacional sigue repitiendo las acusaciones originales.

Para escribir esta nota, quise buscar en la prensa internacional el recuento del debate.  Triste experiencia.  La gran mayoría de los cables y artículos eran abundantes en la reproducción de los argumentos opositores, y escasos y parciales cuando referían brevemente las razones de los representantes de la revolución: desde la augusta BBC hasta, claro, libelos como El País y El Nuevo Herald, órganos activos estos últimos de la contrarrevolución venezolana.

El debate estuvo signado por la claridad con que se habló y por el respeto de las opiniones mutuas, pese a algunos momentos particularmente álgidos.

Los representantes de la MUD disfrutaron de las comodidades clásicas de la oposición, libre de denostarlo todo, y sin ofrecer soluciones a problemas que, ellos conocen, son muchas veces estructurales o han sido provocados por los propios enemigos de la revolución bolivariana.

Debe haber sido difícil para Nicolás Maduro y sus compañeros mantener, como lo hicieron, la ecuanimidad  y el tono necesario para que el diálogo no se apartara del camino escogido: la búsqueda, desde dos posiciones opuestas, de la paz a que tiene derecho el pueblo venezolano.

Porque los guarimberos han colmado la paciencia hasta de los propios habitantes de los lugares donde actúan, casi siempre enclaves de la oposición. Las fotos son elocuentes.  Y abundan las denuncias de sus excesos, que llegan hasta las amenazas y el cobro del peaje por circular en las calles que son escenarios de su vandalismo.

Ni los chavistas quisieron hacer chavistas a los opositores, ni estos intentaron ganar a los chavistas para su causa.  No es ni la naturaleza ni el objetivo de este diálogo.

De lo que se trata –es el resultado de ese primer encuentro–  de sobrepasar el inevitable recuento de las diferencias  para coincidir en la necesidad de establecer definitivamente la paz a la que aspira la población, y que necesita el gobierno para cumplir el mandato popular que recibió en las urnas.

El diálogo y su éxito serán una nueva muestra de fortaleza y de responsabilidad de la revolución bolivariana.

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