Opinión

¿Hasta dónde llegará la crisis española?

El malestar por los pésimos resultados de la economía española ha lanzado en protesta, como pocas veces antes, a grandes masas a las calles

Crisis Española
Crisis Española | RT

Joaquín R. Hernández |

Un amigo sudamericano me explicó su percepción de la crisis económica española: “Mi hijo”, dice, “me enviaba dinero desde allá sistemáticamente.  Desde hace algunos meses, soy yo quien le envía recursos para que pueda subsistir”.

En los años 80, España parecía que finalmente se vestiría de largo.  El viejo estigma europeo, que la asociaba con el tercer mundo  (“África”, decían los franceses, “comienza en los Pirineos”) finalmente iba a borrarse. 

Atrás había quedado el oscurantismo no solo social, sino internacional y económico del franquismo. La modernidad llegaba a las tierras ibéricas y el líder del partido socialista Felipe González promovía su incorporación a la OTAN y a lo que luego sería llamada la Unión Europea.

Enormes monopolios movilizaban la economía española y una nueva clase social oligárquica, con un ejército de jóvenes empresarios, dinámicos y emprendedores, se lanzaban al mundo.  América Latina vio llegar algunas de estas corporaciones y grupos económicos, con su acompañamiento bancario.

Visto ese proceso desde hoy, parecería que durante todo este tiempo se erigió un gigante —bueno, es un decir—, con pies de barro.

Porque lo cierto es que desde que comenzó la crisis económica del capitalismo a nivel global, y su formidable eco en las economías europeas, España se ha convertido en uno de los símbolos del desastre.

Para Josef Stiglitz, Premio Nobel de economía, la economía española se encuentra en una depresión peor que la de 1929 en Estados Unidos.

Es inexacto decir que la economía de un país repite los patrones de la economía de un hogar. Pero ciertamente hay algunos principios idénticos: no se puede gastar más de lo que se produce.

Hoy el mundo financiero es altamente sofisticado y aquel principio casero adopta un número incontable de variantes técnicas. Pero en esencia, allí donde es necesario el dinero, sea para cubrir un déficit, o para realizar una inversión aparecen los bancos.

Lo que sucede es que el dinero prestado no es dinero regalado, y se debe devolver con un interés adicional.

Conexión global

Y si sus bancos están conectados al sistema financiero mundial, es decir, que su dinero proviene de bancos de países ajenos, y si estos caen en bancarrota y temen que sus bancos le no puedan cumplir sus compromisos, usted, sus bancos y su país están en un considerable aprieto.

Con las salvedades de cualquier simplificación, a España en esencia le pasó algo parecido cuando ocurrió el desastre del famoso Lehman Brothers, que estaba vinculado a bancos alemanes, que habían prestado a su vez a bancos españoles.

La reacción en cadena es fácil de imaginar: los bancos alemanes cerraron el crédito a los bancos españoles, en los que habían invertido 146 mil millones de euros, y les exigieron la devolución de este dinero.

Lo cual provocó que el estado español, como otros en Europa, se endeudara con otros, pagando intereses leoninos, para rescatar a sus bancos.

Es así que los estados se convirtieron en rehenes de la banca privada, que se aprovechó de esta situación para obtener ganancias enormes y poner al sector estatal virtualmente entre la espada y la pared.

Al no poder enfrentar las nuevas obligaciones, el estado español, como otros en Europa, ha debido buscar el incremento de sus ingresos por las vías más rápidas, pero más dolorosas.

La reducción del gasto social, como parte de las famosas medidas de austeridad, no hacen sino desproteger a los sectores más castigados.  El equilibrio de la balanza comercial —importaciones contra exportaciones—, se ha logrado suspendiendo importaciones y reduciendo salarios, supuestamente para mejorar la competitividad de los productos españoles.

Lo cual es un sofisma: la disminución salarial disminuye el consumo, y por lo tanto las importaciones. Y estas, a su vez, reducen la dinámica económica interna.

El resultado es claro. Desde que se inició la crisis en 2008, el producto interno bruto español ha disminuido en un 7 por ciento. Es decir, que España se ha empobrecido en un 7 por ciento.

Así, el país exhibe uno de los mayores índices de pobreza, que alcanza al 30 por ciento de la población. 

Como era de esperarse, la desigualdad entre más altos y más bajos ingresos también se ha incrementado. España en uno de los países donde este factor se ha disparado entre el 2008 y el 2012.  Los pobres han visto disminuir sus salarios, crecer el desempleo y crecer su endeudamiento, y los ricos han disfrutado el crecimiento de las rentas de su capital.

El desempleo, a su vez, sigue alcanzando marcas recordistas. España y Grecia ostentan el más alto ritmo del desempleo, que alcanza en el país ibérico un 26 por ciento.

Es fácil por lo tanto explicarse la gran Marcha de la Dignidad, que reunió a dos millones de manifestantes en protesta en toda España, hasta llegar a Madrid, en marzo pasado. O las otras dos grandes demostraciones madrileñas “Rodea la capital” y “No pagamos vuestra crisis”.

Porque lo paradójico —pero real—, de toda esta situación, es que la crisis la han provocado los más pudientes, que siguen viendo crecer sus enormes riquezas. Y que se supone que la deben pagar aquellos, pobres y explotados, que han llevado siempre la peor parte en el inhumano sistema a cuyas veleidades se encuentran sujetos.

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