Opinión

Ucrania: ¿la guerra o las negociaciones?

Los movimientos separatistas pro rusos añaden un nuevo pero previsible componente a la crisis ucraniana

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Hombres armados montan guardia en las administraciones regionales de Kharkiv | Reuters

Joaquín R. Hernández |

Moscú ha alertado que un tratamiento erróneo por parte de Kíev a los movimientos separatistas de las poblaciones rusas en el este ucraniano puede generar una guerra civil.

Sería la peor de las opciones.

En efecto, el espectro de la guerra siempre ha estado en el tintero de los analistas desde que se precipitaron los acontecimientos tras el golpe facistoide en Kíev.  Fuertes desplazamientos militares rusos, agitación de la OTAN,  independencia de Crimea, sede de la poderosa Flota del Mar Negro, e incorporación a la Federación Rusa: desde la guerra fría la alternativa militar en una crisis política europea no alcanzaba un nivel tan alto.

Rusia, una vez más, escucha con calma las acusaciones que la señalan como autora tras bambalinas de la agitación independentista en las ciudades de Kharkiv, Luhansk y Donetsk.

No obstante, en una mirada más profunda a lo que está sucediendo, y seguramente seguirá ocurriendo, en la zona oriental de Ucrania, donde la población de origen ruso es mayoritaria, las razones para el separatismo son profundas y no necesitan un impulso subterráneo de Moscú.

Vista desde fuera, la agitación separatista no es una prioridad para la política rusa.  Podría incluso argumentarse que la existencia de una numerosa población rusa en el oriente de Ucrania es conveniente para los intereses del gran país euroasiático.

Rusia tiene bien claro que las mayores debilidades en la crisis actual están del lado de los golpistas y de sus aliados de la OTAN.

Más allá de la propaganda occidental, todos los factores actuantes conocen que el gobierno actual de Kíev es débil y no es capaz de controlar el país.  Pero al mismo tiempo  –Rusia lo sabe–  es difícil imaginar una restauración del gobierno de Víctor Yanukóvich.

Tiene más sentido pensar que, en un plazo determinado, las aguas tomen su nivel en Kíev y se reorganice el país bajo un estatus democrático.  En ese momento, la presencia de población de origen ruso en las zonas orientales ucranianas  se convertiría en un poderoso factor de influencia rusa en el futuro gobierno ucraniano.

En otro sentido, y afortunadamente, la opción militar está fuera del análisis actual.

Ningún país de la OTAN tiene, por sí mismo, una proyección militar más allá de sus fronteras, ni tiene capacidad para enfrentar a unas fuerzas armadas rusas que en estos días no han perdido oportunidad para demostrar su creciente poderío.

Ciertamente, su poder militar no es comparable con el de Estados Unidos.  Pero los norteamericanos están lejos, y una hipotética participación armada requeriría meses de preparación, en un conflicto que evoluciona con celeridad un día tras otro.

(Quienes hayan leído los libros de Bob Woordward sobre la preparación de la agresión contra Iraq en el 2003, recordarán la desesperación que le producían a George W. Bush los prolongados períodos de planificación que le  solicitaban sus mandos militares para organizar el ataque.  Su padre debió esperar seis meses por los militares para lanzar su tristemente célebre Tormenta del Desierto, en 1991, contra el mismo país del Medio Oriente).

Alemania en silencio

El único aliado significativo de Estados Unidos, que le acompañó en la vocinglería contra el gobierno de Yanukóvich y en su práctica injerencista en la plaza Maidán, fue Alemania.  El alto tono de las críticas de Angela Merkel al gobierno ucraniano y a Rusia, llamó la atención como un signo del regreso germano, en plenitud, al juego internacional.

Pero algo ocurrió.  Luego de estos desplantes, las voces oficiales alemanas han enmudecido.

Parece obvio que una participación mayor en este conflicto apartaría a Berlín de su ocupación principal, estabilizar la economía de Europa occidental.

Y nada le resulta más inconveniente que un enfrentamiento con Moscú.  Alemania recibe la tercera parte de su energía de Rusia, y aunque, señalan algunos analistas, el beneficio en el comercio energético es mutuo, los alemanes no están seguros de que el beneficio ruso sea suficiente para cambiar una determinación en el tema ucraniano.

Por otra parte, la carta política que jugó Berlín para una Ucrania post Maidán, el boxeador y millonario residente en Alemania Vitali Klitschko, ha desaparecido literalmente del escenario político ucraniano.

Otros países importantes de la OTAN y cercanos al conflicto, como Polonia, tomarán sus decisiones  siguiendo el patrón que adopten los alemanes.

En tales condiciones, y pese a la reverberación interna, las negociaciones se imponen como la vía más sensata para superar la situación actual.

Están convocadas, según fuentes rusas y norteamericanas, conversaciones directas en unos diez días entre representantes de Ucrania, Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea.

Serán la continuación de las varias conversaciones entre los responsables de las relaciones exteriores de Estados Unidos y Rusia, en las que se han cruzado posiciones que abren la posibilidad de un diálogo en el que todas las partes tienen interés.

Los norteamericanos, creámosles o no, afirman que no tienen intención de expandir el alcance de la OTAN hasta Ucrania o Georgia.  Rusia, a su vez, asegura que no está en sus planes intervenir militarmente en Ucrania.

La mesa, por lo tanto, está dispuesta.

No obstante lo cual, hay que dejar un espacio para lo imprevisible.  Para aquello que los volátiles acontecimientos en un país hoy en caos, puedan generar.  Nuevamente, el mundo espera que la razón se imponga en las decisiones de los grandes actores del conflicto.

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