Opinión

Tres elecciones dispares

Tres procesos electorales distintos entre sí están ocupando los primeros lugares y los principales titulares en noticieros y diarios

Elecciones en Costa Rica
Luis Guillermo Solís salió electo como presidente por amplio margen en Costa Rica | AFP

Joaquín R. Hernández |

Un proceso electoral de características inesperadas, otro de gran resonancia estratégica  y el tercero de proporciones monumentales, se vienen produciendo en los días que corren: uno concluyendo, otro en marcha hacia una segunda vuelta y otro preparando lo que serán los comicios más multitudinarios del planeta.

El primero acaba de concluir en Costa Rica.  Allí la segunda vuelta de la elección presidencial tuvo rasgos insólitos.  Como se ha informado, ante el enfrentamiento en segunda vuelta  del opositor Luis Guillermo Solís, del Partido Acción Ciudadana, y el oficialista Johnny Araya, del Partido Liberación Nacional, este último anunció que retiraba su candidatura, aduciendo razones económicas y falta de apoyo.

Solís, único candidato actuante, obtuvo una resonante victoria, con el 78 por ciento de los votos.  Araya pese a todo obtuvo el 20 por ciento. 

Sin embargo, la cifra mayor no fue a ninguno de los dos candidatos: el abstencionismo, creciente en cada uno de los comicios costarricenses, fue el gran protagonista de estas elecciones, al llegar al 43,16 por ciento de los tres millones de ciudadanos habilitados para votar.

Es pronto para una evaluación de las consecuencias de estos resultados.  La composición del parlamento, caracterizado ahora por su fragmentación, tendrá que ser  interpretada a la luz de las políticas que adopte el nuevo poder.  Al que le quedan por delante, además, las definitorias elecciones municipales.

Estas elecciones en el pequeño país terminan, y en la India se preparan para otro proceso electoral, en mayo, pero de  magnitudes difíciles de imaginar: 788 millones de votantes, 150 millones de ellos votantes por primera vez, 800 mil centros de votación, 1 millón 300 mil máquinas de votación y mil trescientos partidos políticos (que incluyen, por supuesto, partidos locales o regionales). 

Pero lo relevante de estas elecciones no es su magnitud.  Según todos los pronósticos, los comicios marcarán el fin de la hegemonía del Partido del Congreso, el partido de la familia Ghandi, y el ascenso de un nuevo personaje, al que califican como el político más carismático de la India, Narendra Modi.

Modi es el líder del actual principal partido de oposición, el Bharatiya Janata, y es el actual ministro jefe del estado indio de Gujarat.

El rumbo que pudiera tomar la India después de estas complejísimas elecciones será de vital importancia para la región.  Integrante de los BRICS, con una población superior a los mil millones de habitantes, con desarrollos tecnológicos deslumbrantes, opuestos a la condición miserable de millones de sus pobladores, poseedora del arma atómica y rival incansable del también nuclear Pakistán, la India es un actor decisivo en una región que se va convirtiendo aceleradamente en un centro vital del mundo contemporáneo.

Más de 30 años de guerra

La otra elección de implicaciones estratégicas es la que acaba de ocurrir, en primera vuelta, en Afganistán.

La elección del sucesor de Hamid Karzai, líder pashtún convertido por la intervención estadounidense en presidente de Afganistán, se produce en un año decisivo: el del anunciado retiro de las tropas estadounidenses del país de Asia central.

Afganistán no tiene las riquezas de la India ni goza de la tradición eleccionaria de Costa Rica.  País eminentemente tribal, la mayoritaria etnia pashtún ha dominado sobre los otros pueblos que integran su población.

Las relaciones de Karzai con los estadounidenses se deterioraron a lo largo de los trece años que ha durado esta guerra.  En los últimos meses, Karzai ha sido un obstáculo insalvable para la firma de un acuerdo que permitiría la prolongación de la presencia militar estadounidense, con una fuerza de entre 8 mil y 12 mil soldados.

Para Karzai, la presencia estadounidense es inaceptable.  Si en el 2001 habían venido a derrocar el gobierno talibán, a desmovilizar a al Qaeda y a capturar a bin Laden, el gobierno talibán ya fue sustituido por el de Karzai, al Qaeda se mantiene operacional, pero desde otros países, y bin Laden fue asesinado en el vecino Pakistán.

Hoy cada ataque norteamericano tiene consecuencias colaterales: muerte de civiles, mujeres y niños inocentes incluidos, y Estados Unidos es un obstáculo para las inevitables conversaciones de paz con los talibanes.

Lo que se conoce hasta hoy sobre los comicios del pasado sábado indicarían que el candidato preferido de Karzai  –que le permitiría seguir gobernando entre bastidores– Zalmai Rasul, no prevalecerá sobre Abdullah Abdullah, antiguo ministro de relaciones exteriores, segundo en votación en las elecciones del 2009, o sobre Ghani Ahmadzai, de amplias relaciones internacionales, perteneciente a una prestigiosa familia pashtún.

Cualquiera de ellos admitiría la continuidad de la presencia estadounidense en el país.  No son solo preocupaciones por la seguridad de Afganistán.  Con un país en bancarrota, el gasto militar estadounidense incluye los pagos que financiarían tanto el presupuesto afgano, como los bolsillos corruptos de los viejos y nuevos gobernantes, afincados en sólidas estructuras que no cambian con ninguna elección.

Afganistán, convertido por obra y gracia de esta guerra sin sentido en el mayor productor de opio del mundo, atravesado por conflictos interétnicos y tribales que han sido exacerbados por los acontecimientos, con medio millón de refugiados que han huido de sus lugares de origen, no parece que encontrará tampoco, tras estas elecciones, la paz a la que aspiran sus pobladores, sometidos, desde el ingreso de las tropas soviéticas en los años 80, a un interminable estado de guerra.

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