Opinión

El cambio de época

Acontecimientos recientes indican que ya Estados Unidos no puede utilizar impunemente a la OEA como instrumento de su injerencia en América Latina

OEA
John Kerry ante la Organización de Estados Americanos (OEA) en Washington |

Joaquín R. Hernández |

En la pared de la oficina de un diplomático mexicano amigo, hay una fotografía singular. Sentados alrededor de una gran mesa ovoidal, los cancilleres de América votan en San José, Costa Rica, a favor de la separación de la Cuba revolucionaria de la Organización de Estados Americanos, por considerar que la ideología marxista leninista era incompatible con los principios panamericanos.

Con decisión levantan su mano los representantes de los gobiernos de la época, 1962, Somoza, Duvalier y Stroessner incluidos.  De espaldas a la cámara, se ve al delegado mexicano.  Es el único que no alza su mano.

México salvó entonces la dignidad de América Latina, cuando, en concordancia con la doctrina Estrada, principio de su política exterior, se negó a acatar la orden imperial que buscaba el aislamiento de un proceso político cuyo único pecado era dar el poder, sobre su sociedad y su economía, y por primera vez en su historia, a su pueblo.

Lo que está ocurriendo en las sesiones de la Organización de Estados Americanos respecto al caso venezolano permite  apreciar cuánto ha cambiado nuestro continente desde entonces, y qué lejos va quedando el papel instrumental  –ministerio de colonias yanqui–  que durante décadas cumplió la institución creada a la sombra de los designios imperiales.

La OEA se creó en 1948, en los albores de la guerra fría, cuando se subscribió, en Bogotá, Colombia, su carta fundacional,  que entró en vigencia en diciembre de 1951.  Fue el final de un largo camino de creación de instrumentos que, con su fundación, generaron el llamado sistema interamericano.

Es decir, el sistema por medio del cual Estados Unidos se dotaba de un denso tramado de recursos para legitimar su dominio y, cuando hiciera falta, su intervención en los asuntos internos y en los territorios de los países latinoamericanos.

Así comenzó un tenebroso curso, del cual el caso cubano es solamente un ejemplo, resonante, pero que forma parte de una extensa historia injerencista secundada, siempre que fue necesario, por la OEA.

El recuento de las intervenciones  –me refiero a las militares–  es demasiado extenso para este comentario. No menos de 27 intervenciones directas, vistas o con apoyo o con complacencia por la tramitada organización.  Ninguna reacción ante las dictaduras militares en Brasil, Uruguay, Argentina o Chile, cuyos delegados tomaron asiento tranquilamente en las sesiones de la institución.

Los autores de la invasión a Santo Domingo o a Panamá, o de la guerra sucia en Nicaragua, o de la invasión a Granada  –todavía hoy es imposible explicar convincentemente las razones que tuvo Estados Unidos para invadir y proclamar como una gran victoria militar, a una islita con una población de poco más de 100 mil habitantes—, no tuvieron que preocuparse por su retaguardia diplomática: la OEA la cubrió plenamente.

Si algo en la OEA ha cambiado es América Latina, y la difícil supervivencia de su hoy anacrónico fundamento  –el sistema interamericano dominado por Estados Unidos—la coloca en una situación precaria.

¿Qué hubiera ocurrido hace solo veinte años si se hubiera intentado, como se hizo ahora, lograr un pronunciamiento de apoyo de la OEA a la escalada subversiva contra el gobierno bolivariano de Venezuela?

¿Qué imaginación sin límites hubiera pensado entonces que ocurriría exactamente lo contrario, que la organización, ante los representantes del imperio, sus amigos canadienses y Panamá , haya aprobado un “reconocimiento, pleno respaldo y aliento a las iniciativas y los esfuerzos del Gobierno democráticamente electo de Venezuela y de todos los sectores políticos, económicos y sociales para que continúen avanzando en el proceso de diálogo nacional, hacia la reconciliación”.

O que más recientemente haya votado mayoritariamente por discutir en privado, sin acceso a la prensa, la problemática venezolana y así evitar el show mediático. Además de negar a la diputada golpista María Corina Machado, devenida súbitamente representante de otro país, que pronunciara una alocución en ese foro, que hubiera legitimado a la contrarrevolución venezolana ante la organización interamericana.

Cosas veredes, Mio Cid

Pocos aplausos ganó John Kerry cuando afirmó hace algunas semanas, ante el Consejo Permanente de la OEA,  que la época de la doctrina Monroe había desaparecido.  ¿No se había dado cuenta?, pensaría un observador avispado.

José Martí había advertido tempranamente el peligro de una organización que tuviera como capitán a Estados Unidos.  Como periodista y como cónsul de repúblicas sudamericanas, asistió a la Conferencia Internacional Americana y a la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América, en 1889 y 1890, precursoras ambas de la OEA.

“El monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres”.  Al alertar sobre el peligro, Martí también llamó la atención sobre la fortaleza de una América unida, a la que llamó Nuestra América, para impedir el avance imperial sobre nuestras regiones.

Es la que se configura hoy, la que genera nuevos escenarios, la que promueve nuevas organizaciones que como la CELAC, permiten que nuestros asuntos se discutan sin la presencia del vigilante permanente que en el otro foro, la OEA, ve desde su creciente aislamiento cómo se desmorona ante sus ojos su antigua hegemonía.

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