Opinión

El peligroso camino de las sanciones

El camino entre la retórica de las sanciones a Rusia y su aplicación práctica está lleno de complicaciones

Vladimir Putin y Barack Obama
Vladimir Putin y Barack Obama | EFE

Joaquín R. Hernández |

El recurso occidental a las sanciones contra Rusia es, por lo menos, muy complicado. Y nadie garantiza que obtenga algún resultado: es un castigo que pone en peligro algo tan vital para Europa como sus relaciones con el gran país euroasiático.

Ya no vale la pena hablar de cómo se ha llegado hasta aquí.  Está bien claro el origen real de la arremetida contra el gobierno legítimo de Ucrania, y la ralea de los más activos golpistas, los herederos de la gran mácula de la historia ucraniana ante la propia Europa, ante Estados Unidos y ante Rusia: la corriente pronazi de Stepan Bandera, cuando la Alemania facista invadía territorios europeos y masacraba sus poblaciones .

Nadie apuesta un centavo por el futuro del gobierno espurio que ocupa el poder hoy en Kíev y que no ha logrado imponerse en el extenso país. 

La decisión del pueblo crimeo ha corrido, sin embargo, todo el expediente legal necesario para ratificar su validez: al acuerdo parlamentario siguió el referéndum, con una aprobación casi total  –incluyendo los votantes de la minoría tártara, esperanza vana de Occidente, que los anunciaba como opuestos al proyecto de incorporación a Rusia.

Y ahora, el mundo entero ha visto a Vladimir Putin firmando la incorporación de Crimea y Sebastopol a Rusia, ante el aplauso unánime del parlamento ruso.

Por lo tanto, las sanciones, aunque puedan causar dificultades, incomodidades y pérdidas económicas, están quedando ante la mirada mundial como un gesto sin futuro.  Y para Europa occidental, como una fuente de problemas cuyas consecuencias no es posible todavía precisar.

Sucede que la Unión Europea tiene como principal socio económico…  a Rusia, con la cual mantiene un intercambio comercial que, según cifras aportadas por la BBC, es un 50 por ciento superior a la suma de sus otros nueve principales socios.

El intercambio comercial tiene un alto componente de recursos energéticos.  Europa es un gran mercado para el petróleo y el gas ruso: el 84 por ciento del primero, y el 76 por ciento del segundo producto, exportados por Rusia, encuentran en ella un ávido mercado.

Los capitales rusos tienen una alta participación en negocios europeos, y los europeos tienen una significativa presencia en la actividad económica rusa.

BBC es explícita en el caso británico.  En el año 2011, las inversiones rusas en Reino Unido fueron de 11 mil millones de dólares, mientras que la British Petroleum (BP) es propietaria del 20 por ciento del coloso petrolero ruso Rosneft y, en 2012, más de 600 empresas británicas trabajaban en el interior de Rusia.

Estados Unidos no es ajeno tampoco al intercambio con Rusia.  Si bien importa solamente un 5 por ciento del petróleo ruso, su balanza comercial con este país es altamente deficitaria.  Importa desde Rusia más del doble de lo que le exporta: 26 mil 900 millones de dólares.

La dependencia energética europea de Rusia puede desaparecer, dicen los entusiastas de las sanciones.

Pero sus soluciones no contagian precisamente su entusiasmo. 

Una alternativa, como se ha hecho durante crisis puntuales y breves en un país concreto, es importar gas licuado.  Otra sería comenzar una gran producción propia de gas y petróleo de esquisto.

La primera bordea la ciencia ficción: cordilleras de buques tanqueros  –que por cierto hoy están ocupados transportando gas para otros destinos–  acarreando permanentemente el combustible para los países europeos.  La segunda es risible.  El público europeo tiene una sensibilidad considerablemente mayor hacia los peligros del daño ecológico que el estadounidense.

Y ninguna de estas dos soluciones u otras son de implementación inmediata.  De ahí que en el corto plazo la amarga crisis energética, que quita y pone gobiernos, sería inevitable.  Y en el largo plazo, el mundo será otro.

Rafael Poch, en el diario español La Vanguardia, amplía:

“En los últimos días se ha registrado una retirada de capital de los fondos de Estados Unidos sin precedentes (100.000 millones) que se atribuye a fondos rusos. Llevada a su extremo la respuesta rusa a las sanciones europeas precipitaría a Alemania (y con ella a Europa) definitivamente a la recesión. En el peor de los escenarios, Moscú prepara represalias que incluyen la incautación de los bienes de las 6 000 empresas alemanas allá presentes.”

El escenario para la Unión Europea  — “con el maltrato de su periferia y las ínfulas hegemónicas y autoritarias de su centro”, dice Poch–  tras la lamentable aventura ucraniana y pese a la altanería alemana, se torna extraordinariamente complejo.  Amenazada por la desintegración, agobiada por una crisis sin fin y con una unión monetaria acosada por la desconfianza,  la Unión Europea tiene conciencia de su fragilidad ante una sacudida violenta en sus relaciones económicas con Rusia.

De ahí que sus sanciones no rebasen las prohibiciones migratorias a una treintena de personalidades de ese país, en paralelo a las adoptadas por Estados Unidos.

Vladimir Putin ha debido poner freno a las iniciativas de contrarréplica locales.  No hay que apresurarse buscando simetrías, ha dicho.  Su mirada es más larga.

Quien mejor ha reflejado el ecuánime estado de ánimo de la dirigencia rusa ha sido su asesor personal, el “sancionado” Vladislav Surkov:   “Es como si me hubieran dado un Oscar político a mejor actor de reparto”. 

Para el impertérrito Surkov, las sanciones son un gran honor y un reconocimiento a sus servicios a Rusia.

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