Opinión

Ucrania, el Oriente Medio y la mala memoria

Todas las miradas de la prensa internacional están enfocadas en la crisis ucraniana.  ¿Y los otros conflictos?

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Ucrania-Rusia |

Joaquín R. Hernández |

Que la crisis en torno al golpe de connotaciones facistas en Kíev y la decisión posterior del pueblo de Crimea son uno de los mayores acontecimientos en la política mundial desde los años 90, es una afirmación obvia.

Los cambios en el escenario internacional son todavía imprevisibles, y mientras Occidente  –la Unión Europea y su regente mayor, Estados Unidos–  buscan formas de recuperarse del contragolpe ruso, las autoridades moscovitas no pierden la cordura.

Desde ahora puede inferirse un primer resultado: si en meses anteriores hablábamos de la recuperación de Rusia como protagonista esencial en el escenario geopolítico, los acontecimientos recientes acaban de rematar la veracidad de esta apreciación.

Estos acontecimientos han desbordado las primeras planas y los espacios principales de periódicos y noticieros de televisión.

¿Dónde han quedado entonces los dos conflictos y los dos procesos de difíciles y decisivas negociaciones que tenían como sede a Ginebra: sobre la situación siria y los entendimientos con Irán sobre su programa nuclear?

Hoy es difícil recordar en qué punto abandonó la información pública internacional el tema sirio, por ejemplo.

O las negociaciones de Irán con los miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania.
Sin embargo, los sucesos que pivotean sobre la situación en Ucrania y en la Crimea incorporada a la Federación Rusa, tendrán efectos inevitables sobre el Oriente Medio.

Siempre ha ocurrido así.  El Oriente Medio ha sido desde hace mucho tiempo particularmente sensible hacia los desenvolvimientos de la política europea, aun antes del protagonismo estadounidense.

Si hurgáramos en el origen de la inestabilidad en esta región, tropezaríamos con el tratado Sykes-Picot de 1916.  Su huella, muestra del eterno doblez de los imperios hacia los países y regiones del sur, aparece en las profundidades de cada uno de los conflictos de esta zona.

En la época, mientras ingleses y franceses alentaban a los árabes a luchar contra el imperio otomano, entonces ocupante del Oriente Medio, tramaban en secreto una distribución de las tierras que arrebatarían a ese imperio en la primera guerra mundial.

La distribución de los despojos imperiales dejaba además abierta la puerta para la solución de un problema que los trastornaba desde hacía mucho tiempo: qué hacer con la población judía, asentada en Europa desde hacía siglos, que se organizaba en torno a movimientos y consignas sionistas.  Influidos por los poderosos capitales judíos, Francia e Inglaterra veían en los territorios del actual Oriente Medio una vía de solución para el viejo problema.

Todavía hoy el dilema entre el estado israelí promovido por Occidente y los países árabes e Irán, constituye el foco principal de inestabilidad de la región y, por la repercusión que la zona tiene en un planeta siempre sediento de petróleo, del mundo entero.

En la vieja Persia, rica en petróleo, Estados Unidos mostraría por primera vez sus garras en la región, cuando su recién estrenada CIA ejecutó en 1953 el golpe de estado contra el primer ministro Mossadegh, un viejo político nacionalista, acusado de pérfido comunista por la propaganda occidental de la época.  El Sha de Irán recuperó enteramente su condición de pelele del nuevo imperio, que acababa de ejecutar su primera y gran hazaña en territorio del Oriente Medio.

Inglaterra y Francia volvieron a las andadas en 1956, cuando arremetieron, aliadas con Israel, contra la nacionalización del canal de Suez por el gobierno nacionalista egipcio de Gamal Abdel Nasser.  Como parte de las tensiones del momento, el Pacto de Varsovia, que reunía a las fuerzas armadas de los países del campo socialista europeo y la Unión Soviética, se pronunció a favor de Nasser.

La Unión Soviética apoyó regímenes diversos, como el de Nasser y el de Siria, y contribuyó a balancear y a frustrar los planes de Occidente, ya en alianza absoluta con el sionismo israelí, respecto a la región.
Su desaparición significó el inicio de una violenta ofensiva yanqui, respaldada por sus aliados. Iraq vale como ejemplo.  Invadido dos veces, y en la última ocasión con apoyo de tropas de la OTAN, los cien mil muertos resultantes de la ocupación, la destrucción de su invaluable  patrimonio cultural, fueron víctimas de agresiones ante las cuales la legalidad internacional se doblegó, ineficaz.

Hasta que el imperio comenzó a recoger lo sembrado. El fundamentalismo islámico que Estados Unidos fomentó contra la Unión Soviética,  convertido ahora en terrorismo, atacó en pleno corazón al imperio.
Y el regreso de Rusia como actor inevitable en los conflictos de la región, han trastornado la hegemonía estadounidense.

El mundo ha cambiado en poco más de una década, y los acontecimientos en Ucrania testimonian el punto en que se encuentra ese cambio.

Es lo que Occidente ha intentado refrenar utilizando fuerzas de conocido pasado facista que,  no olvidemos, algún día se le convertirán en un problema mayor.  Mientras Rusia, en una serena interpretación de los acontecimientos y de su historia, se fortalece internamente  –la popularidad de Putin en su país alcanza cotas muy altas–  y devuelve el golpe admitiendo los legítimos deseos de la población de Crimea.

Pronto regresarán al mundo mediático Siria, donde el conflicto sigue cobrando víctimas inocentes, e Irán, que no renuncia a su programa nuclear.  Veremos entonces nuevas y más fuertes evidencias del nuevo escenario que se va construyendo ante nuestra vista.

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