Opinión

La globalización y la expansión capitalista sobre los océanos

Gracias a las condiciones de globalización neoliberal, dos acuerdos avanzan desde Estados Unidos sobre el Atlántico y el Pacífico

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Planeta Tierra |

Joaquín R. Hernández |

La globalización se ha estudiado de tantas formas, que ya puede darse por agotado el momento de las grandes definiciones. Vivimos, desde hace rato, en condiciones de globalización de nuestra economía, de nuestras comunicaciones, y de cierto modo, de las relaciones políticas. Y lo que corresponde ahora es aprender a vivir en la situación que este fenómeno de nuestros tiempos ha creado, aprovechar sus ventajas y enfrentar sus peligros. 

Los beneficios son extraordinarios y pueden serlo más. Las tecnologías de comunicación que soportan la interconexión entre casi todos los países permite aportes insospechados: una operación delicada de un paciente en un país latinoamericano puede contar con el concurso, en tiempo real, de un cirujano francés o japonés. Nos conocemos mejor: quizás en lugares intrincados de China hubo siempre inundaciones y no lo sabíamos en América. Hoy compartimos las angustias de aquel pueblo ante los efectos devastadores de las aguas.

Y muchos ejemplos proseguirían mostrándonos la cara noble  de la globalización.

Pero como todos sabemos, existe la otra cara, y no oculta, por cierto.  La globalización al servicio de las políticas neoliberales ha hecho estragos, al nivel de la economía -todavía sentimos los efectos de la crisis originada en un país que rebotó, como una bola de billar enloquecida, en casi todos los confines del planeta-, de la política y, quizás lo más peligroso, de la cultura. Y ha creado posibilidades para la expansión sobre los océanos de los intereses oligárquicos de los países más desarrollados.

Solo en condiciones de globalización puede avanzarse hacia dos peligrosos acuerdos: el Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión, que conecta las economías estadounidenses y de la Unión Europea, y el Acuerdo de Asociación Transpacífico, que crea una zona de intercambio entre un surtido de naciones latinoamericanas y asiáticas.

El mercado europeo es una extraordinaria atracción para los capitales estadounidenses. Si bien Estados Unidos en tanto que país es la primera economía del mundo, la Unión Europea -todos sus países sumados-  presenta cifras mayores: quinientos millones de habitantes componen el mayor mercado y el principal importador de bienes y servicios del planeta.

Es también el origen de las mayores inversiones en Estados Unidos y el segundo destino de las exportaciones del país norteño: en el comercio bilateral, la Unión Europea presenta un superávit de 76 mil 300 millones de euros en el caso de los bienes y un déficit de 3 mil 400 millones en el de los servicios.

El proyecto data de la década del 90, pero ha tomado velocidad desde el pasado año y la intención es firmarlo durante la administración de Barack Obama. 

En la más pura tradición liberal, ambas partes desean eliminar aranceles y abrir sus mercados. “Acercarse lo más posible a una eliminación total de todos los aranceles del comercio transatlántico en bienes industriales y agrícolas”, afirman sus promotores, y “abrir el sector servicios, como mínimo, tanto como se ha logrado en otros acuerdos comerciales hasta la fecha”.

Comienzan las alertas

Las negociaciones marchan con una absoluta opacidad sobre sus interioridades y con el apoyo –era inevitable— de la gran prensa.

Pero también ha disparado las alarmas de los sectores más conscientes a un lado y a otro del océano.

Tras la falta de transparencia con que se manejan sus interioridades, aparecen peligros realmente alarmantes. Entre ellos se cita la libre introducción en Europa de alimentos transgénicos o tratados con sustancias químicas de efectos no estudiados.

Igualmente, la expansión aun mayor del modelo estadounidense, a través de la educación y la cultura.  Francia ya ha impuesto una excepción para los derechos intelectuales, cuya vulneración abriría paso a la avasalladora industria audiovisual norteamericana.

Y la posibilidad segura de que con el acuerdo se refuercen los males clásicos del neoliberalismo: recortes sociales, afectación a los salarios, disminución del empleo, destrucción del medio ambiente -la nueva amenaza del fracking- y, sobre todo, la protección de las inversiones, que permitiría que los intereses transnacionales pasaran por encima de la soberanía de los estados integrados al acuerdo.

El interés de las partes negociadoras es firmar el pacto a más tardar en el 2015.

Para ello acaba de concluir una ronda donde se encararon temas como el comercio de los servicios, las licitaciones públicas, las barreras al comercio, la agricultura y las aduanas y las facilidades para el comercio.

Aunque apoyadas por una propaganda que promete solo ventajas, la iniciativa debe vencer los obstáculos que hoy oponen algunos senadores estadounidenses.

Y en el Parlamento Europeo han aparecido ruidos inesperados. 

La desconfianza creada por las revelaciones de Edward Snowden, es decir, las evidencias del franco irrespeto de Estados Unidos a países relevantes de la Unión Europea, han hecho surgir serios reparos en la cámara legislativa, cuya aprobación es imprescindible para la firma del acuerdo.

Una resolución que se acaba de aprobar –544 votos a favor y 78 en contra- establece que en caso de que el servicio secreto estadounidense no detenga por completo su “vigilancia masiva global”, estará en riesgo esta aprobación. 

Ignacio Ramonet, a quien otras veces hemos citado, y uno de los más conocidos estudiosos del fenómeno globalizador, se une a las alertas y señala: “El desafío es inmenso. Y la voluntad cívica de parar el Acuerdo no debe ser menor”.

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