Opinión

La web a veinticinco años de distancia

La “red de redes”, en veinticinco años, ha planteado nuevas e inesperadas posibilidades, y también grandes desafíos

Tim Berners-Lee
El inventor de la World Wide Web,Tim Berners-Lee | ABC

Joaquín R. Hernández |

Un artículo del diario español El País destacó el hecho: sin darnos cuenta, hemos llegado a los veinticinco años de la creación de la “red de redes” o la “web”, más familiar por el prefijo inevitable, www.

En efecto, tras un proceso relativamente largo de acercamiento a la idea, el investigador británico Tim Berners había enviado el 12 de marzo de 1989 al organismo donde trabajaba, el famoso Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), en Suiza -más conocido hoy por albergar al acelerador de partículas más largo e importante del mundo-, un protocolo para las transferencias de hipertextos.

Era el nacimiento de lo que él mismo llamó la web.

Internet propiamente dicho, es decir, el enjambre de computadoras y servidores entrelazados a nivel mundial, no es la web. 

La originalidad de la creación de Berners es haber utilizado ese soporte, en sus inicios un proyecto únicamente militar  para el intercambio de informaciones digitalizadas, para interconectar también a escala planetaria una cantidad enorme de textos, imágenes y sonidos, a un nivel tal, que ya sus dimensiones se miden con unidades de nombres impronunciables. 

El País lo expresa de manera gráfica: “Se estima que su volumen puede estar por los 1.5 zettabytes. Y aumentando, de minuto en minuto. El prefijo zetta implica un uno seguido de 21 ceros… Por encima de él solo queda definido el prefijo yotta (24 ceros). Después, habrá que inventar nuevas palabras”.

Berners no podía imaginar el impacto que su invención tendría sobre la sociedad humana.

Primera página web de la historia

Primera página web de la historia

Han pasado solamente veinticinco años, es decir, un pestañazo de la historia.  Pero la incidencia de la red en la vida cotidiana de un número creciente de personas ha supuesto un auténtico parteaguas respecto a épocas pasadas, sobre todo cuando se le asocia a otro proceso paralelo: los también incontenibles avances en las tecnologías digitales, aplicadas a los aparatos de cómputo y de comunicación.

Tampoco podía imaginar Berners los dolores de cabeza que su invención causaría a algunos de sus principales usuarios: los sociólogos, que desde hace algunas décadas reflexionan sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la vida social.

No es tarea nada fácil. Cuando se habían consensuado algunas ideas sobre el uso inicial de la web -digamos la utilización de los sitios web-, la aparición de los blogs, personales y democráticos, superaron tales consideraciones. Y cuando al fin nos hemos puesto de acuerdo sobre lo que de malo o de bueno pueda haber en la nueva modalidad, se desencadenan las redes sociales: hoy conocemos al instante vía Twitter las últimas opiniones de los líderes políticos o del equipo que los rodea, y al menos al parecer, por esa misma vía podemos hacerles llegar nuestras opiniones.

Además, el frenesí paralelo del desarrollo tecnológico  alcanza niveles inimaginables: del ordenador pasamos al ordenador portátil y de este al Smartphone o a la tableta y quizás, en poco tiempo, a nuestras muñecas, donde hoy solo llevamos un simple reloj de pulsera.

El mercado ataca de nuevo

Un medio así no podía pasar inadvertido para el otro frenesí: el de la búsqueda de beneficios materiales donde quiera que se abra una brecha. En este caso tan grande que varios de los asociados a la red o a las tecnologías vinculadas a ellas, han ingresado en estas dos décadas y media, en las listas de los mayores multimillonarios del mundo.

Lo cual nos conduce al aspecto quizás menos divulgado sobre la red: su impacto ético.

De hecho, la mercantilización de la red y el abandono creciente de su función pública inicial, no lucrativa, plantea ya un reto moral: la subordinación de las extraordinarias capacidades del medio para expandir las oportunidades de conocimiento del ser humano, al afán de provecho material. 

El mismo fenómeno que ya ha sucedido, digamos, en la radio y en la televisión europeas, cuya tradicional vocación de servicio público se ha visto agredida y en algunos casos sustituida por quienes ven estos medios como lo que, realmente, pueden ser: máquinas de hacer dinero.

En la red también se han repetido algunos de los mayores males de las sociedades actuales. Ha establecido otra línea divisoria entre los ciudadanos con acceso a ella y los que por razones económicas, no pueden lograrlo. 

El abaratamiento de las tecnologías ayuda a compensar paulatinamente esta separación. Pero también las políticas de interés público de los gobiernos: son los casos en marcha de la extensión del servicio gratuito de internet en Ecuador y, más recientemente, en Bolivia, tras el lanzamiento de un satélite que permitirá llevarlo a sitios recónditos del paisaje boliviano.

El dilema ético se plantea también con algunos contenidos, como los llamados al racismo, de resonancias nazis, al extremismo o la pornografía infantil. 

Y la desregulación característica de la red, en la que sólo tienen efecto las normas que impone el mercado, plantea desafíos éticos sobre su utilización individual, a una escala desconocida.

Sin embargo, supone también beneficios que no serán publicitados por El País: pese a sus retos, la red, la web, www, como queramos llamarla, ha permitido a los olvidados por los grandes consorcios mediáticos, disponer de medios alternativos donde librar, con nuevos recursos, la batalla por difundir en gran escala las realidades de nuestros pueblos, aquellas que la gran prensa olvida, oculta o falsea sistemáticamente.

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