Opinión

Noticias de Filipinas

Otro episodio confesional y territorial se dirimió en el archipiélago filipino este fin de semana. Una vez más, los conflictos entre el gobierno central y la población islámica –los llamados moros– estallaron en la ciudad sureña de Zamboanga, la sexta en importancia en este populoso país.

Bandera de Filipinas
| Wikipedia

Redacción Central |

Otro episodio confesional y territorial se dirimió en el archipiélago filipino este fin de semana. Una vez más, los conflictos entre el gobierno central y la población islámica –los llamados moros– estallaron en la ciudad sureña de Zamboanga, la sexta en importancia en este populoso país.

Por Joaquín R. Hernández

Las acciones antigubernamentales fueron protagonizadas por la organización más importante de esta minoría altamente combativa, el Frente Moro de Liberación Nacional y, aunque los datos son todavía confusos, ocasionaron la muerte de cerca de veinte personas y medio centenar resultaron heridas. Los insurgentes, en número de 300, tomaron entre 100 y 200 rehenes.

No es algo infrecuente en Filipinas. De hecho, a lo largo de su historia, se ha creado una tradición de enfrentamientos entre facciones y agrupaciones internas, entre sí y contra ocupantes externos.

El archipiélago, que comprende más de 7 000 islas –pobladas por 94 millones de habitantes– recibió desde tiempos prehistóricos la afluencia de etnias cercanas. Ya en nuestra era arribaron inmigrantes que habían abrazado la religión islámica, y cuyas primeras noticias son del siglo XV.

La colonización española llegó en el siglo siguiente. Al país se le nombró así en honor del monarca español Felipe II. Integrada a su imperio, las islas se unieron en la Capitanía General de las Filipinas, que fue gobernada como parte del Virreinato de la Nueva España y, a inicios del siglo XIX, se administró directamente desde Madrid. Era centro del control español sobre otros territorios del Pacífico.

Como en América, con la colonización llegó la religión católica. Los misioneros católicos convirtieron a la mayoría de los habitantes al cristianismo. Salvo en el sur: allí continuó predominando la religión musulmana.

El proceso posterior es muy similar al que se desarrolló en otras posesiones españolas: desarrollo local de una clase criolla rica, búsqueda infructuosa de una reforma de la condición colonial que le permitiera expandir sus ambiciones económicas y, finalmente, la insurrección.

Y como en Cuba y Puerto Rico, la lucha armada por la independencia de España, comenzada en 1896, se frustró dos años después con la intervención de los Estados Unidos, protagonistas ya entonces de una sangrienta historia de expansión. Los nuevos ocupantes, que habían pagado a España 20 millones de pesos por la posesión de las islas, desconocieron una República de Filipinas fundada meses antes por los patriotas de ese país. La insurrección entró en otra etapa. Los filipinos iniciaron una tenaz resistencia armada contra la ocupación de Estados Unidos, que fue finalmente contenida. En 1935 –otra similitud más con América– el nuevo imperio designó a Filipinas como “estado libre asociado”.

Esta condición fue alterada provisionalmente por la cruel invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. Los japoneses debieron enfrentar la respuesta del pueblo filipino, que perdió en la contienda un millón de sus hijos. A su regreso, los Estados Unidos proclamaron definitivamente la república independiente en 1946.

Viejos problemas, nuevas respuestas

Pero los problemas esenciales no estaban resueltos, y la herencia colonial se disfrazaba con el clásico ropaje neocolonial.

Filipinas se convirtió, hasta hoy, en un aliado firme de Estados Unidos. Los patriotas que enfrentaron con las armas a los japoneses continuaron su resistencia contra el poder central. El Hukbalahap, un auténtico ejército rebelde organizado por los comunistas filipinos de hasta 50 mil hombres, combatió fuertemente hasta 1954 en las zonas rurales.

La historia posterior de Filipinas es compleja, llena de altibajos y de episodios de resonancia local y a veces mundial. La deuda nacional, intentos de golpes de Estado, la corrupción, las grandes desigualdades económicas, de un lado, son el anverso de una medalla que ha tenido en su reverso la persistente insurgencia de diverso signo, entre ellas la islámica.

Los grupos armados mantienen su actividad. Los huks fueron seguidos por el Nuevo Ejército Popular. Los islámicos retomaron su lucha a fines de los 60, cuando se crearon sus organizaciones fundamentales, el Frente Moro de Liberación Nacional y varios desprendimientos, como el Frente Islámico Moro de Liberación o la organización de Abu Sayaf, que cobró notoriedad durante el clímax de la lucha contra el terrorismo de Estados Unidos.

Aunque los movimientos islámicos son de larga data –los españoles nunca los pudieron controlar; en su enfrentamiento con las tropas estadounidenses fueron tenaces combatientes–, a partir de la creación del FMLN adquirieron una relevancia nacional e internacional. Su líder natural, Nur Misauri, antiguo profesor de la Universidad de Filipinas de orientación izquierdista, se convirtió en una figura relevante en la política interna y de connotación mundial.

Tras décadas de enfrentamientos y de búsqueda de soluciones políticas, el gobierno filipino finalmente creó la Región Autónoma del Mindanao Musulmán.

Hasta el día de hoy, esta Región, reconocida en la Constitución filipina, sigue siendo controversial. Ni todas las provincias musulmanas la integran, ni la propuesta autonómica ha sustituido las ambiciones de independencia de muchas de las organizaciones moras.

Ninguna guerra popular, se proclama desde Sun Tzu, tiene solución militar. Como en otros Estados donde conviven etnias, religiones y, sobre todo, orientaciones políticas esencialmente diferentes con amplia base popular, mientras las demandas estén insatisfechas, el recurso a la rebelión estará siempre presente. Con toda seguridad, volveremos a escuchar nuevas noticias de Filipinas.

también te puede interesar