Opinión

El discurso de Obama: recuento y reflexión

Lo imprevisible ya había sucedido. Anoche el presidente Barack Obama se presentó ante las cámaras de la televisión de su país para explicar sus intenciones contra Siria pero su discurso había perdido las expectativas de sólo cuarenta y ocho horas atrás. De haber escrito esta nota antes, anticipando el discurso, este comentarista hubiera hablado de la muy difícil situación en que el presidente norteamericano se había puesto a sí mismo.

Barack Obama
| AFP

Redacción Central |

Lo imprevisible ya había sucedido. Anoche el presidente Barack Obama se presentó ante las cámaras de la televisión de su país para explicar sus intenciones contra Siria pero su discurso había perdido las expectativas de sólo cuarenta y ocho horas atrás.  De haber escrito esta nota antes, anticipando el discurso, este comentarista hubiera hablado de la muy difícil situación en que el presidente norteamericano se había puesto a sí mismo.

Por Joaquín R. Hernández

Semanas atrás, sin valorar adecuadamente las consecuencias que tendría su afirmación, Obama marcó la raya roja que el gobierno sirio no podría pasar: el uso de armas químicas. 

Todavía hoy siguen saliendo a la luz contradicciones en la información que se ha dado sobre el supuesto uso de esas armas por las tropas gubernamentales sirias. Fotos falsas, grupos insurrectos que se atribuyen la acción, indefiniciones por parte de los expertos de las Naciones Unidas. Sin embargo, sin muchas explicaciones y sin evidencias concluyentes, los dirigentes estadounidenses y franceses culpan sin apelación al gobierno del presidente Bachar el Assad.

Obligado por su propia retórica, Barack Obama, en compañía de sus colaboradores principales, entre ellos un incomprensible y vociferante John Kerry, se empeñó en promover un golpe quirúrgico misilístico contra numerosos objetivos militares y políticos sirios.

Como en ciertas películas cómicas, el presidente caminó tan rápidamente en su euforia bélica que, al mirar hacia atrás, advirtió sorprendido que nadie lo seguía. Europa no lo acompañaría, el parlamento británico negó el permiso al gobierno de David Cameron para sumarse a la aventura, Israel hizo gala de una elocuente discreción. 

La población de Estados Unidos se manifestó decididamente en contra, en cuanta encuesta se realizó. El propio Obama, en una entrevista televisada, reconoció su soledad extrema: “No estoy seguro de que vaya a contar con la mayoría del pueblo norteamericano, después de una década de guerra, después de lo ocurrido en Iraq, en ausencia de alguna amenaza directa o de un ataque contra nosotros. Es comprensible.  Si usted habla con los miembros de mi propia familia, o de Michelle (su esposa), los encontrará muy preocupados y sospechosos ante cualquier acción”.

Entonces ejecutó una jugada extrema: sometería su decisión al Congreso. 

Este lunes, Barack Obama no tenía respaldo internacional, no tenía apoyo del pueblo de su país y, para acabar de complicarle su vida, la discusión en el Congreso, que se había anunciado reñida en los Comités de Relaciones Exteriores de ambas cámaras, amenazaba con darle el puntillazo final a su empeño guerrerista y a su prestigio personal.

Al borde del cataclismo que suponía una derrota congresional –de los 218 votos que necesitaba en la Cámara de Representantes solo contaba con unos pocos seguros y una considerable oposición–  ocurrió lo que parece inesperado. 

La tabla de salvación vino de quien ha sido un alter ego complicado para el presidente de Estados Unidos: Vladimir Putin, por boca de su canciller, Serguei Lavrov, dio a conocer la iniciativa que haría respirar no solamente a Barack Obama, sino a toda la clase política estadounidense.

La respuesta siria fue tan rápida que se apreció que el “gambito de Putin”, como lo ha llamado la prensa, había sido silenciosamente negociado. De hecho, la propuesta se parecía mucho, quizás demasiado, a una declaración de Kerry, horas antes, cuando  preguntado por la prensa respondió que si algo podía paralizar el ataque norteamericano era la entrega por parte de Siria de su arsenal de armas químicas a la comunidad internacional. En política, decía José Martí, el Héroe Nacional cubano, lo real es lo que no se ve.

Todo el mundo debió revisar sus libretos. Los redactores del discurso de Obama de anoche, ya acostumbrados a las marchas y contramarchas del presidente en los últimos días, emprendieron su profunda revisión. El líder de la mayoría demócrata en el Senado, Harry Reid, suspendió la votación prevista para el miércoles.

Los belicosos franceses tuvieron que remendar su discurso. Ahora presentarían una resolución al Consejo de Seguridad que, aceptando la iniciativa, incriminaría al gobierno sirio por el uso de armas químicas.

De repente, la pretendida oposición siria, que hasta entonces ya no sabía cómo mostrar su entusiasmo por una acción guerrerista que golpearía sobre todo a su propio pueblo, vio cómo sus patrocinadores le volvían la espalda. Roma, una vez más, le pagaba a los traidores, sin prodigarles ningún aprecio.

En definitiva, el discurso de Obama, ahora más relajado, fue solo un texto de explicaciones y justificaciones sobre su postura, de reiteración de lo ya dicho. Un intento por persuadir a un pueblo escéptico y lleno de prevenciones, de que su proyecto era asestar un golpe limitado, que no volvería a enviar soldados a un conflicto en un país lejano, en resumen, que nadie, salvo los sirios, debían preocuparse.

Por supuesto, respaldó el uso de la vía diplomática.

El peligro no ha desaparecido. Las negociaciones que ahora se inician están llenas de trampas y de presiones. Los proyectos de resolución del Consejo de Seguridad que harían firme la iniciativa, serán fuertemente discutidos. Algunos de quienes alentaban al presidente estadounidense a lanzarse a la agresión, en el exterior y dentro del establishment norteamericano, pondrán un obstáculo tras otro para impedir que la iniciativa rusa prospere. En definitiva, el gran objetivo, derrocar al gobierno legítimo de Siria, no está conseguido.

Las agresiones, de un tipo o de otro, las que se han desarrollado durante dos años, o incluso esta misma, en una nueva edición para la que seguramente ya algunos estarán trabajando, seguirán golpeando las maltratadas espaldas, el ingrato destino, del sufrido y sin embargo firme pueblo de Siria.

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