Opinión

La trampa de Barack Obama

En un día que se describe como lluvioso –el pasado viernes–, el presidente de Estados Unidos, acompañado de su jefe de gabinete, Denis Mc Donough, mandó a buscar a dos de sus asesores de seguridad nacional, Ben Rhodes y Tony Blinken. En la inminencia de una orden de ataque contra Siria, a los dos convocados les debió parecer insólita la comunicación: Obama había cambiado de idea y decidido someter al Congreso su propuesta de agredir a Siria.

La decisión final: escuchar al Congreso
Obama no debía emprender una acción bélica sin la aprobación del Congreso. | infobae

Redacción Central |

En un día que se describe como lluvioso –el pasado viernes–, el presidente de Estados Unidos, acompañado de su jefe de gabinete, Denis Mc Donough, mandó a buscar a dos de sus asesores de seguridad nacional, Ben Rhodes y Tony Blinken. En la inminencia de una orden de ataque contra Siria, a los dos convocados les debió parecer insólita la comunicación: Obama había cambiado de idea y decidido someter al Congreso su propuesta de agredir a Siria.

Por Joaquín R. Hernández

Los dos funcionarios aceptaron el giro con la rapidez que se espera de fieles burócratas. Poco tiempo después estaba redactada la propuesta de acuerdo con que el Congreso de Estados Unidos consagraría la acción criminal.

Su texto no es nada relevante. Luego de recordar en sus por cuantos las convenciones internacionales sobre el no uso de armas químicas, expone la intención de Estados Unidos de “disuadir, destruir y prevenir y degradar el potencial” para su uso futuro y el de cualquier otra arma de destrucción masiva. Propone que el Congreso autorice al Presidente, en el caso sirio, a utilizar las fuerzas armadas para cumplir este objetivo.

El anuncio de la posposición del ataque hasta que el legislativo lo pueda considerar –los republicanos, como se ha informado por la prensa mundial, se niegan a convocar al Congreso antes del día 9, fecha en que le corresponde normalmente reanudar sus actividades– fue y sigue siendo interpretado de diversas formas.

Para evitar una de ellas –un signo de debilidad por parte del Presidente– el secretario de Estado John Kerry, de gran protagonismo en este ya largo episodio, dijo que Obama podría actuar sin necesidad de consultar al Congreso.

Son noticias conocidas.

Pero lo cierto es que el presidente norteamericano se ha colocado a sí mismo en una situación peculiar: haga lo que haga, proceda como proceda lo único que conseguirá será quedar mal con todo el mundo.

Si hasta ahora el paralelo con Iraq marchaba casi al calco, lo cierto es que esta medida abre un rumbo inédito. Y es que se ha hecho evidente que Obama no puede seguir actuando como Bush, porque Obama es presidente después de la pesadilla en que se convirtió, para tirios y troyanos, para agredidos y cómplices, para el propio pueblo de Estados Unidos, la gestión de George W. Bush.

Las conclusiones las han sacado sus propios aliados. No se trata ya del derrumbe de la propuesta de David Cameron ante el parlamento inglés. Es que no hay apoyo en la OTAN para formar una de las rocambolescas coaliciones que armaba la administración Bush, que respalden una agresión, por muy incendiarias que resulten las declaraciones de su secretario general Anders Fogh Rasmussen o las de Angela Merkel.

La propia discusión en el Congreso es incierta y allí pudieran ocurrir acontecimientos inesperados. Paradójicamente, las críticas más fuertes provienen del Partido Republicano. El New York Times sentenció al respecto: “Obama se somete al veredicto de los republicanos en la Cámara de Representantes, de los cuales muchos siempre se oponen a él y ya han dejado entrever que no ven a la guerra civil siria como una amenaza para Estados Unidos”.

Entre tanto, los medios también subrayan el significativo silencio de los demócratas.

En la región, sus aliados no ocultan su disgusto, luego de que vieron finalmente la participación de Estados Unidos en la guerra siria al alcance de la mano. Por diversas vías, periodistas oficiosos de Arabia Saudita han criticado el aplazamiento de la acción.

Como en toda tragedia, en esta hay también un paso de comedia: el nonagenario presidente de Israel, desde su cargo decorativo y siempre ansioso de protagonismo, manifestó alegremente su apoyo a la decisión de Barack Obama.

Rompiendo el expectante silencio que el primer ministro Benjamin Netanyahu había orientado a su gabinete sobre el tema, su partido, el Likud Beiteinu, emitió un áspero comunicado criticando a Peres por expresar una opinión política que no refleja el criterio de Israel.

Ante este paisaje desolador, Barack Obama no podrá echar la responsabilidad a nadie por haberlo involucrado en un trance tan embarazoso. Fue él mismo quien se puso la soga al cuello cuando hace semanas dijo amenazadoramente que un ataque sirio con armas químicas sería “una línea roja”.

En una guerra que libra un gobierno constitucionalmente constituido contra bandas de irregulares y facinerosos, el pronunciamiento puede haber funcionado como una incitación para estos grupos a crear una crisis como la actual. Era muy previsible –como afirmaron en su momento y reiteraron recientemente los máximos diplomáticos rusos— que esos mismos insurgentes provocaran un incidente, utilizando armas químicas, que lo obligaría a involucrarse directamente en un conflicto del que no saldrá con la imagen ilesa.

Abocado a un desenlace incierto, sin apoyo internacional ni de sus propios aliados, sin asidero en la opinión pública de su país, que rechaza verse envuelta, una vez más, en contiendas costosas y crueles como las que promovió George W. Bush y su corte neoconservadora, y de destapar con su acción asesina, la caja de Pandora de una réplica que podría provenir no solamente de la propia Siria, sino de múltiples actores regionales, el presidente Barack Obama ya es hoy presa de su propia y peligrosa trampa.

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