Opinión

Las viudas de Guantánamo

Familias que esperan a presos jamás juzgados ni condenados Victoria Brittain Le Monde Diplomatique Shaker Aamer, residente en el Reino Unido, es uno de los prisioneros absueltos de Guantánamo que sigue sin ser liberado. Su mujer, Zinnira, lleva esperándole más de una década. Zinnira Aamer estaba sentada en el sofá del piso de sus padres, […]

Redacción Central |

Familias que esperan a presos jamás juzgados ni condenados

Victoria Brittain

Le Monde Diplomatique

Shaker Aamer, residente en el Reino Unido, es uno de los prisioneros absueltos de Guantánamo que sigue sin ser liberado. Su mujer, Zinnira, lleva esperándole más de una década.

Zinnira Aamer estaba sentada en el sofá del piso de sus padres, hablaba con tanta suavidad que me resultaba difícil oírla y decía palabras tan tristes que sentía dolor al escucharlas. Habló de sus sueños y de las voces en su cabeza que en ocasiones le decían que su marido se había divorciado de ella mientras estaba en Guantánamo o que había muerto; mensajes que no representaban más que sus más profundos temores. Cuando todos sus esfuerzos para acallar esas voces fracasaron, se encontró inmersa en una profunda depresión. La medicación la dejaba adormilada y los días transcurrían entre el sueño y la duermevela. Algunos días pedía que le aseguraran que las palabras que decían las voces no eran verdad y las seguridades la aliviaban a veces durante un momento y le hacían esbozar una tímida sonrisa. Su madre estaba sentada al otro lado de la habitación, una pequeña y cálida presencia vestida con un sari blanco que leía el Corán. Algunas veces Zinnira tenía que quedarse en el hospital, pero en casa, con sus padres, se sentía más reconfortada, a pesar de lo estresante que la situación era para una pareja anciana con escasa salud.

Pero había otra Zinnira, que aprendió a conducir, que mantenía su casa, que llevaba al colegio a sus cuatro hijos, cocinaba y limpiaba, daba clases extra y pasó horas en el hospital junto a su madre tras una operación grave. Zinnira aprendió árabe en la red para que cuando su marido saudí regresara se sintiera orgulloso de ella. Hizo planes para aprender a coser con su cuñada y cuidó a otros niños de la familia. A través de la Cruz Roja, le envió a su marido cartas y fotos de los niños.

El padre de Zinnira había llegado de la India para convertirse en el imán de una mezquita situada en el sur de Londres, donde había sido predicador invitado durante el Ramadán, y Zinnira fue traída a Londres cuando era el bebé de una familia de once personas. Fue en peregrinación a La Meca con su padre cuando tenía 21 años para que su sueño romántico se hiciese realidad; rezó para que Alá le permitiera casarse con un hombre vestido de blanco como los que vio durante la intensa experiencia. Nunca dudó de que su plegaría recibiría respuesta.

De regreso en Londres, un joven de Medina llegó hasta la mezquita de su padre y le habló a su madre de que quería contraer matrimonio. Shaker Aamer visitó a la familia, habló con los padres y hermanos de Zinnira acerca de sus planes para quedarse en Gran Bretaña y de su trabajo en aquellos momentos como intérprete de abogados. Era un hombre atractivo, seguro, extravertido, que le gustó a todo el mundo. A Zinnira también, aunque se sentía abrumada ante él. Era muy diferente a todos los de su propio círculo comunitario: parecía “demasiado grande”.

Pero la amabilidad de Shaker consiguió que la joven se enamorara de él y pronto se casaron. Eran muy diferentes: él tenía mucho mundo, se había educado en EEUU y en Arabia Saudí; ella era tímida, una muchacha protegida que vivía al sur de Londres y procedía de la India recóndita; él era extravertido, hablador, siempre haciendo amigos a su alrededor. Durante su boda, estuvo charlando tan espontáneamente con el juez de paz del registro civil que ella pensó que eran amigos. “Él es grande y fuerte… la gente siempre le quiere”.

Sueños alrededor de un Estado islámico

La pareja tenía ya tres niños pequeños cuando Shaker, como varios de sus amigos, empezó a pensar en trasladarse a Afganistán, en formar parte de la construcción de un Estado islámico puro y dejar detrás de él para siempre Gran Bretaña y la cultura occidental. Tras la derrota y retirada del ejército soviético en 1989, después de que los talibanes derrocaran a los señores de la guerra, vieron en Afganistán una oportunidad de conseguir que sus sueños islámicos se hicieran realidad. Shaker discutió su plan con su suegro, quien le aconsejó que siguiera adelante y viera la forma de conseguirlo. No hubo angustias, sólo cuestiones prácticas. Su suegro ya había emprendido con anterioridad un cambio de vida, desarraigándose de la India para trasladarse a Gran Bretaña.

Zinnira se fue pronto, con los niños. Adoraba a su marido, nunca dudó de su decisión y se instaló en Kabul cuidando de sus niños en una casa que compartían con otra joven pareja conocida que procedía de Birmingham, Moazzam Begg, su mujer Zeynab y sus niños. Mientras su marido se consagraba a una nueva vida construyendo escuelas y cavando pozos, Zinnira se sentía muy alejada de su familia. Pero su marido cuidaba de ella; le compró una lavadora, con la que se sintió encantada y eran felices juntos, con sus dos niños y una niña.

Zeynab recordaba el buen ambiente que había en la casa: “Mi marido encontró la mejor casa, una casa grande, grande, yo estaba en el piso de abajo y ella en el de arriba. Fue muy, muy feliz allí, y Shaker estaba encantado de que ella hubiera querido irse allí con la familia; hizo muchos esfuerzos para hacerle la vida agradable, siempre tenían invitados, eran una persona muy generosa”. Esa vida, y su felicidad, se acabaron tras el 11-S y el bombardeo estadounidense de Afganistán.

Lo más duro para Zinnira llegó a finales de año, cuando recuerda la traumática situación de finales de 2001 y la salida de Afganistán. Se culpa a sí misma de que Shaker haya acabado en Guantánamo. Por motivos de seguridad, cuando empezaron a bombardear Kabul, la envió a ella y a los niños a Pakistán. Ella le había escrito diciéndole que allí estaban muy bien y que no debería preocuparse por ella ni salir corriendo de Kabul, donde él cuidaba de su casa. Pero no se sentía en absoluto bien, estaba aterrada por él, aterrada de ver cómo su vida con los niños discurría en un territorio desconocido en el que ella no podía defenderse bien sin Shaker. Pero quería tranquilizarle, quería ser una buena esposa.

Esta preocupación inundó toda la vida de Zinnira a lo largo de diez años una vez que su marido desapareció en Afganistán. Había estado siempre a su lado durante ocho años. La gente le sugería que se divorciara, como hicieron otras mujeres, a las que colocaron a la fuerza en el limbo y, en ocasiones, a iniciativa de sus maridos. Pero la vida sin Shaker era inconcebible. Incluso ausente, él era su vida, tanto en los tiempos de pesar como en los momentos de optimismo cuando ella se preparaba para una vida futura con él. ¿Vivirían en Londres o en Arabia Saudí? Dejaba que Shaker tomara todas las decisiones.

Sin ella saberlo, Shaker fue capturado en 2001 por unos cazadores de recompensas; consiguieron los 5.000 dólares que los panfletos repartidos por EEUU en Afganistán y Pakistán prometían por cada árabe u otro extranjero que les llevaran. Le canjearon con dos grupos armados que deambulaban por el país en el caos que se produjo tras los bombardeos estadounidenses. Finalmente, Shaker fue entregado a los estadounidenses acabando en Guantánamo, tras las humillaciones, interrogatorios y torturas a que fue sometido en Kandahar y Bagram. Pasó mucho tiempo antes de que Zinnira llegara a conocer todo eso, y el trauma de la separación, cuando se encontraba embarazada y especialmente vulnerable, la destrozó. Volvió a Londres en 2002 y el nacimiento de su tercer hijo, Faris, en febrero de 2002, marcó el comienzo de sus años duros en Londres como madre sola con la responsabilidad de cuatro niños, incluido el que nunca había visto a su padre.

En estos momentos, hay 166 hombres en el agujero negro legal de la prisión de la Bahía de Guantánamo; no se ha presentado cargo alguno contra 157 de ellos y, de éstos, 87, incluido Shaker Aamer, fueron absueltos y debía habérseles liberado hace años. El Congreso estadounidense, sin que el Presidente Barack Obama haya presentado resistencia alguna, ha promulgado leyes que hacen imposible su liberación. Sus mujeres y niños viven con el conocimiento del prolongado aislamiento y las torturas físicas que sus hombres han sufrido, saben de las huelgas de hambre y de la indiferencia oficial ante su terrible experiencia. Son símbolos de la devastación provocada por la guerra del terror en vidas inocentes y de la pérdida de valores humanos en Occidente.

Victoria Brittain, periodista y ex editora del Guardian, es autora o co-autora de dos obras de teatro y cuatro libros, incluido “Enemy Combatant” con Moazzam Begg. Acaba de ver la luz su último libro Shadow Lives: The Forgotten Women of the War on Terror (Palgrave/Macmillan 2013).

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