Opinión

Egipto: la “Opción Sansón” de los Hermanos Musulmanes

En su intento febril de hacerse con Egipto, los Hermanos Musulmanes están empujando a la milenaria nación al abismo. El criterio del director de un importante periódico egipcio Hanni Sukrallah Al Ahram Aunque las creaciones culturales occidentales que el presidente Morsi parece preferir son”Good Morning America” y la versión original deEl planeta de los simios(1968), […]

Redacción Central |

En su intento febril de hacerse con Egipto, los Hermanos Musulmanes están empujando a la milenaria nación al abismo. El criterio del director de un importante periódico egipcio

Hanni Sukrallah

Al Ahram

Aunque las creaciones culturales occidentales que el presidente Morsi parece preferir son”Good Morning America” y la versión original deEl planeta de los simios(1968), al observar la conducta de la Hermandad Musulmana desde la revolución no se puede por menos que recordar al propio Shakespeare: “Nosotros en la cúspide estamos expuestos al reflujo. Existe una marea en los asuntos humanos que, tomada en pleamar, conduce a la fortuna; pero, omitida, todo el viaje de la vida queda atravesado de escollos y desgracias”.

Es Bruto quien habla con Casio, pero bien podríamos imaginar, aunque con menor elocuencia, a Mohamed Badei o Khayrat El-Shater susurrarle algo parecido al oído de Morsi: todos son “hombres de honor “.

La dirección de los Hermanos Musulmanes, carente de visión, incompetente y con una grave escasez de cuadros inteligentes –han expulsado a los mejores y políticamente más sofisticados—, se agitan frenética y febrilmente para “aprovechar el momento”, para hacerse con el Estado y la sociedad egipcias ahora, a sabiendas de que no habrá mañana: sus décadas de anhelos se pueden perder para siempre, en un futuro atravesado “de escollos y desgracias”.

Más que cualquier otra cosa, es este afán febril el que mejor explica los avances y las retiradas fallidos, las mentiras descaradas, los innumerables asesinatos, la tortura, el voraz afán de poder, los intentos siempre fallidos de intimidación y terror y el despilfarro casi indiferentes en pocos meses de un apoyo popular que le había costado construir durante muchas décadas.

Nada más, ni incompetencia, ni falta de visión, ni tampoco falta de cuadros, sino una compulsión frenética, irracional, rayana en la psicosis, puede explicar el comportamiento político que – como un Sansón – empujan a esta organización de 84 años y a la nación a la ruina. 


Desde una perspectiva histórica amplia, la Primavera Árabe es el anuncio del otoño del llamado “renacimiento islámico”, como lo hemos conocido desde los años 70 del siglo pasado, (ver mi: “La decadencia y caída de la Hermandad Musulmana).

Para la representación simbólica solo hay que referirse a las recientes elecciones sindicales estudiantiles en universidades egipcias en todo el país. La toma de los sindicatos de estudiantes universitarios por la Hermandad Musulmana y la Gamaa Islamiya en los últimos años de la década de 1970 había anunciado el ascenso del islamismo fundamentalista en el país. Y durante más de tres décadas, su control abrumador de estos sindicatos fue impugnada sólo de vez en cuando, y sólo mediante flagrante intervención policial. Este año, bajo el gobierno de la Hermandad, han perdido abrumadoramente las elecciones, conservando sólo un 5% de los consejos estudiantiles. Por sí solos, estos resultados pueden no decir mucho, pero en términos simbólicos, son tan portentosos como los de los años 70: cierran un ciclo.

El cambio sísmico provocado por las revoluciones egipcia y árabe ha puesto a la región en una nueva trayectoria histórica, no menos decisiva en su ruptura con el pasado y no menos crucial en su delineación del futuro que los dos momentos definitorios previos de nuestra historia moderna: el post-napoleónico, caracterizado por la aparición de Mohammed Ali y la post-independencia, marcada por el surgimiento de Gamal Abdel-Nasser. 


A pesar de la algarabía que le ha acompañado, el “renacimiento islámico” ha demostrado ser más un síntoma de decadencia histórica de la etapa post-independencia en la historia egipcia/árabe, que el presagio de una nueva. 


Sin embargo la historia – como se dice de Dios – se mueve de maneras misteriosas. En su resolución de apoderarse del país antes de que sea demasiado tarde, los Hermanos Musulmanes lo están llevando a la ruina. 


El terror policial y la institucionalización de la ilegalidad

Una imagen vale más que mil palabras, dice el bien conocido adagio periodístico. No siempre, es cierto, pero lo suficiente a menudo. En mi escritorio he guardado esa imagen. Muestra una de las muchas manifestaciones contra la Hermandad, convocada para conmemorar el segundo aniversario de la revolución egipcia, y al frente hay una mujer joven, con un velo blanco, enarbolando una pancarta artesanal que dice: “En el nombre del Sagrado Corán, hemos dejado de tener miedo”.

El presidente de la Hermandad y sus compinches han restaurado el terror de la época de Mubarak, y además han añadido por su cuenta: el uso regular de munición real contra los manifestantes pacíficos, lo que ha provocado decenas de muertos y cientos de heridos, ataques de las milicias, detenciones ilegales, la tortura rutinaria y sádica (incluyendo la tortura de niños), que a menudo provoca la muerte, los centros ilegales de detención (incluyendo los campos de las Fuerzas Centrales de Seguridad), falsas acusaciones inventadas, ridículas y escandalosas de conspiración, un fiscal general cómplice y mentiroso, ilegalmente nombrado, así como cómplices y mendaces médicos forenses. La lista no tiene nada que envidiar a la del régimen de Mubarak durante los primeros días de la revolución, y los intentos de represión violenta llevadas a cabo por la Junta Militar (SCAF) durante su largo año-y-medio de intentar poner de rodillas a la revolución. 


Y tal como había con el ataque para provocar miedo y sumisión del 25 de enero de 2011, el terror policial – desplegado por Mubarak, la SCAF o Mohamed Morsi – no ha funcionado. Juren por el Corán, la Biblia o El Capital, muchos egipcios simplemente ya no tiene miedo; el terror policial no los manda de vuelta a casa, los enoja aún más, los empuja a seguir luchando. Ciertamente, el precio es alto, pagado con preciosa sangre y lágrimas, pero se trata de un precio que cientos de miles de ciudadanos de la nación han demostrado estar dispuestos a pagar – una y otra vez. 


Hay más, sin embargo. Si de algún modo fuese posible aislar el acicate mayor de la revolución egipcia – una revolución, hay que recordar, que eligió el Día de la Policía para entrar en erupción-, ese sería el terror policial. En un artículo que escribí en el diarioAl-Shorouken 2009 sugerí que, bajo el anterior régimen, el pueblo egipcio podía dividirse en tres categorías: los bajás y beys, que estaban por encima de la ley, los efendis, que yacían caprichosamente dentro de los límites de una ley muy restrictiva y represiva, y la “chusma”, la gran mayoría de la gente, que estaban totalmente fuera de la ley, una población sometida, gobernada mediante una milicia ilegal y salvaje que se hacía llamar policía.

Pero el dique se rompió, el estado policial quebró, y el gigantesco aparato policial que había ejercido el dominio supremo y brutal sobre el Estado y la sociedad quedó tendido ensangrentado y humillado.

Y no hubo reforma de la policía ni justicia de transición. No bajo la SCAF y no con la Hermandad, confirmando ante todo que la revolución de Egipto había sido bloqueada y secuestrada. La reforma del aparato policial de un estado policial y la creación de un verdadero mecanismo de justicia transicional nunca fue una cuestión de simple venganza, sino el elemento clave para el desmantelamiento del estado policial contra el que se alzó la revolución.

Para la SCAF, empeñada en salvaguardar la mayor cantidad de estructuras del Estado Mubarak como fuera posible, el desmantelamiento del estado policial equivalía a desmantelar el Estado mismo. Simplemente no podían imaginar otro tipo de Estado. Para la Hermandad, es inconcebible la construcción de un nuevo régimen autoritario en ausencia de un aparato policial represivo, especialmente en las nuevas circunstancias de un pueblo rebelde empeñado en conseguir la libertad y la dignidad, todo lo cual es anatema para los nuevos gobernantes de la nación, cuyo valor supremo es la obediencia.

Fue una muy amarga ironía, de hecho, que la Hermandad intentase culpar al poder judicial de la falta escandalosa de una justicia de transición, incluso cuando desistía cada vez más de perseguir a los verdaderos culpables, la policía. Después de todo, la gran broma consistió en responsabilizar en el Egipto post-revolucionario a los criminales no de sus crímenes, sino de la investigación de los mismos en las instituciones que debían ejercer la justicia de transición.

Las consecuencias tenían, necesariamente, que ser graves. La primera y más importante de todas a las que nos hemos referido se resume en la pancarta que lleva en alto esa mujer joven con velo: “en el nombre del Sagrado Corán, hemos dejado de tener miedo”. El persistente terror policial no envió la gente a casa; les sacó a las calles.

Pero no sólo. Para un gran número de jóvenes que, desde hacía más de dos años, había visto a sus amigos y compañeros caer asesinados, mutilados, arrancados los ojos, en medio de continuas falsas promesas de investigación y castigo, la consigna más popular se convirtió en “adiós tíaselmiya“. Ya no era “selmiya” (protesta pacífica) lo que se quería, sino “sangre por sangre.” Como hemos visto en Port Said y en otros lugares, los disparos podían hacerse desde ambos lados.

No es sólo la juventud revolucionaria la que responde a la persistente incapacidad para reformar el aparato policial de un Estado policial destrozado y ensangrentado. La población entera está contra él. Una policía sin ley que ha perdido su poder para asustar e intimidar es como una capa roja que se agita ante un toro furioso. El incendio de comisarías y vehículos de policía se ha convertido en un pasatiempo nacional, y no sólo para los revolucionarios, para casi todo el mundo. Y también el corte de carreteras y de líneas de ferrocarril, las erupciones de violencia a la menor provocación, y no sólo en las grandes ciudades “revolucionarios”, sino en el corazón mismo del conservadurismo y la reacción, las provincias, en el Alto Egipto y en otros lugares, que había quedado en gran medida al margen de la insurrección revolucionaria y con los que tanto la SCAF como los Hermanos Musulmanes contaban como reservas de la contrarrevolución.

Por último, pero no menos importante, el mismo aparato de policía no reformado. Ensangrentados, humillados, con dudas sobre su futuro y bajo constante ataque, los antiguos dueños de la nación buscar vengarse de los suyos, de todo el pueblo. Incapaces de investigar el más leve de los crímenes sin el beneficio de la tortura, su propia imagen, su propia percepción de su status y su papel en la sociedad es el dominio y el terror. Simplemente, no pueden concebir hacer su trabajo sin enseñar a la gente que les ensangrentó y humilló – desarbolando físicamente en tres días su enorme aparato, armado hasta los dientes – quién manda de verdad. Y saben que solo hay una manera de hacerlo: más asesinatos, más tortura, más acusaciones falsas y orquestadas, más violencia arbitraria, en una palabra, más anarquía.

Al fracasar, solo les quedó la huelga. Las huelgas policiales que han tenido lugar en muchas partes del país en las últimas semanas, de hecho, no son algo nuevo. La policía egipcia ha sido un poco pícara y esta en una huelga parcial, encubierta y no declarada desde el 28 de enero de 2011. El mensaje es fácil de comprender: poder arbitrario o caos social. 


Durante los 18 días de la revolución, la falta de seguridad era claramente parte de una estrategia de tierra arrasada adoptada por el régimen de Mubarak, cuyo objetivo era obligar a la gente a elegir entre la policía estatal y el caos. Y desde entonces continua de diferentes formas. No funcionó entonces ni ahora. Los egipcios no están dispuestos a volver a un estado policial. 


El resultado, si no el caos total, que es difícil de concebir en un país como Egipto, es la falta de ley, con más violencia, y con sectores cada vez mas amplios de la población que deciden tomar la ley en sus propias manos, venganzas, violencia individual y colectiva y el linchamiento convertido en algo frecuente.

La última ola de huelgas policiales “oficiales” han introducido un nuevo elemento en la ecuación. Los mandos de la policía y sus agentes se han negado a pagar el precio de la toma de poder de los Hermanos Musulmanes y han exigido la destitución del ministro del Interior nombrado por la Hermandad. ¿Hasta qué punto estas declaraciones revelan un sentimiento auténtico de la policía, que indique una voluntad de rehacer su imagen y, por tanto, de disposición a aceptar su reformas?. El núcleo de las protestas policiales, sin embargo, sigue siendo la exigencia de mayor libertad de acción a la hora de hacer uso de fuerza letal. Su actuación sobre el terreno, antes y después de la ola de huelgas, continúa revelando un placer sádico en el asesinato y el caos.

Y aunque la policía no siente ningún amor particular por la Hermandad, existe una alianza de conveniencia entre ambas. Al igual que sus antecesores de la SCAF, la Hermandad ha proporcionado a la policía lo que necesita más desesperadamente en el Egipto post-revolucionario: la seguridad de que no tendrá que rendir cuentas por los crímenes pasados y presentes.

Sin embargo, los nuevos gobernantes del país no están satisfechos con el nivel de ilegalidad y brutalidad que les proporciona las fuerzas de policía oficiales. Cada vez más aislados, odiados y cercados, Los Hermanos – junto con algunos de sus aliados salafistas yyihadistas-, han ido dejando correr la idea y proponiendo leyes que abrirían el camino para la creación de milicias islamistas en el país, una versión sunita de la “Guardia Revolucionaria Islámica” iraní, llevando así la ilegalidad y la violencia privada a su cenit.

Lo hacen en la manera típica de gobernar de la Hermandad, con ineptitud, engaño y en el patrón ya familiar de avances y retiradas fallidas, negaciones y mentiras. 


Sin embargo, incluso cuando abandonaron a toda prisa sus cabildeos sobre la nueva legislación de “arrestos ciudadanos” y “comités populares con funciones policiales”, sus miembros ya estaban creando milicias de matones en las provincias, especialmente en el Alto Egipto, y horribles linchamientos públicos – hasta ahora desconocidos – son cada vez más frecuentes. Mohamed Hassanein Heikal, el más importante escritor y analista político de Egipto, describió todo ello en una reciente entrevista televisiva como una receta para el desastre, el surgimiento de señores de la guerra, y la guerra civil. 


Puede que hablar de “somalización” de Egipto sea una exageración. En definitiva, es uno de los estados más antiguos y centralizados en el Sur, y uno de los primeros en unificarse. Sin embargo, la perspectiva parece lo bastante real y siniestra como para justificar toda la preocupación de la clase política de la nación. 


En una reciente nota en Facebook comparé la psique de los gobernantes egipcios de la Hermandad a la de un jugador compulsivo en un casino de Las Vegas (he estado en esa ciudad tan extraña sólo una vez, hace mucho tiempo, malgastando 10 dólares en las máquinas tragaperras, por lo que la metáfora se la debo a Hollywood más que a una experiencia personal).

Al igual que el jugador compulsivo, la Hermandad – fervientemente empeñada en hacerse con el estado y la sociedad egipcias de un solo golpe – es incapaz de retirarse a tiempo, sino que con constante y creciente desesperación vuelve a apostar de nuevo después de perder, vuelve a tirar los dados, esperando esa mano que le compense de todas sus pérdidas, y le “conceda la fortuna”.

Mientras tanto, las fichas disminuyen rápidamente, la deuda con la Casa crece, y los jefes del tugurio observan desde el fondo. Los jefes del tugurio en esta pequeña metáfora son, por supuesto, los militares.

Hani Shukrallahes el editor en jefe deAhram Online.

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