Opinión

Francia: Cinco mujeres relatan la islamofobia cotidiana

En Europa, la cuna de la inquisición y de la persecución a los judíos, la xenofobia y el racismo se ensañan ahora con los islámicos

Redacción Central |

Carine Fouteau

Mediapart

Una sanguinolenta cabeza de cerdo en un carrito, excrementos a la puerta de una mezquita, una mujer tapada agredida a bastonazos: no pasa una semana sin que alguna institución representante del Islam o personas de confesión musulmana sean objeto de agresiones. Estos actos, perseguibles ante los tribunales, son cuantificados por el Colectivo contra la islamofobia (CCIF). Creado en 2003, reúne denuncias en paralelo a la recogida oficial de datos que realiza la Comisión nacional consultiva de derechos humanos (CNCDH).

Ocurren en todo el territorio, tanto en el campo como en las ciudades. El número de agresiones, en constante alza, unas 300 en 2012, supera desde hace dos años al de actos anti-magrebíes catalogados por el Ministerio del Interior.

Aunque estas actuaciones contra el Islam y sus fieles se reflejan en las llamadas webs “comunitarias”, están ausentes en las redes mediáticas. Tienen lugar con una cierta invisibilidad, cuando no con una indiferencia total. Para comprender lo que significa ser víctima de la islamofobia, Mediapart se ha dirigido a musulmanes y a personas consideradas, con razón o sin ella, como tales. Más que los ataques frontales, hemos querido conocer las formas, insidiosas e impalpables, que toma en lo cotidiano el rechazo a esta religión, y más en concreto a su visibilidad. Pues lo que suele suscitar la inventiva es la presencia de signos religiosos, como el velo.

Sin pretender ninguna representatividad, hemos buscado testimonios de hombres y de mujeres, de todas las edades y distintos niveles socio-profesionales. Las mujeres, más que los hombres, han aceptado tomar la palabra. No es una casualidad, ya que ellas representan la gran mayoría de personas señaladas: el 85% de los casos contabilizados, y más en particular, el 94% de las agresiones, según el informe anual del CCIF.

La encuesta TeO del Ined y del Insee, realizada a unos 22.000 individuos, señala que las discriminaciones relacionadas con el origen predominan sobre las que tienen una base religiosa. Pero la encuesta muestra también que las mujeres se ven afectadas con más frecuencia que los hombres por las desigualdades basadas en una pertenencia religiosa, real o supuesta. Les hemos dedicado por tanto esta encuesta.

Ismahane vive en Chatou, en las Yvelines, y Djamila en Nanterre, en Hauts-de-Seine. Ambas llevanhijab, un velo que cubre los cabellos y deja a la vista el rostro. Con frecuencia son atacadas por su forma de vestir. Rebecca, de origen tunecino, vive en Île-de-France y trabaja en París. No es musulmana, lo que no le impide ser reprendida por su supuesta pertenencia religiosa. Fatima es practicante, no lleva velo. Se siente agredida cotidianamente por el deletéreo clima mediático-político con respecto al Islam. Por último Samira, vive en la capital y se define atea. Vive como un acoso el hecho de tener que dar a conocer su identidad y ya no soporta las continuas amalgamas entre árabe, magrebí, inmigrante y musulmán.

Estas mujeres, de nacionalidad francesa, mantienen vínculos más o menos relajados con los países de origen de sus padres. Todas ellas, a su manera, están marcadas por lo que perciben como una hostilidad en su contra, desde prejuicios aparentemente anodinos hasta discriminaciones lesivas.

“En las calles, el velo cristaliza el odio”

Es un lugar de paso obligado, y sin embargo un sitio de violencias repetidas. La calle, un espacio para todos, se convierte para algunas mujeres en un terreno inhóspito. Las miradas se vuelven hacia los velos. Y quienes los llevan ven retahilas de ojos que se fijan en ellas. Miradas reprobadoras, sistemáticamente. A veces insultos. De vez en cuando, golpes.

Ismahane se instaló en Chatou, en el suburbio oeste, en 2001. “Cuando llegué a esta ciudad, era la única mujer con velo, tal vez la primera. La gente del barrio me miraba como una curiosidad“. Después empezaron a conocerla, “ahora va mejor, han llegado otras, con lo que se ha democratizado el velo y me siento menos sola. Los comerciantes se han acostumbrado y me saludan“.

Pero en otros sitios, la cosa continúa. En el metro, en el tren, nos describe miradas “de cólera, de desprecio, inquisidoras“, que se multiplican tras la emisión de un programa de televisión metiéndose con el Islam. “El velo cristaliza el odio“, constata. “Para ellos, soy una alienada que no lo sabe“. Es paradójico, “la gente se focaliza en el velo, y no ven más que eso, pero yo no quiero que sea un estandarte, me gustaría que fuera invisible“. Los más virulentos son los hombres, destaca, “yo les sostengo la mirada, sonrío y les digo buenos días, eso les crispa“.

Militante, feminista, coautora del libroHablan las chicas tapadas, editada porLa Fabriqueen 2008, no es del tipo de personas que se dejan avasallar. Pero observa con amargura las repercusiones en su vida diaria de leyes como las de 2004, prohibiendo el velo en la escuela, y 2011, sobre elniqaben los espacios públicos.

Nacida en Tarascon, en Bouches-du-Rhône, Ismahane tiene la energía de su abuela y la seguridad de sus padres. Recuerda una infancia “feliz y protegida“, una educación “abierta hacia los demás” y vacaciones “en autocaravana“. Su padre era albañil, su madre se ocupaba de personas mayores. El había viajado desde Argelia ya adulto, ella había llegado de pequeña a Francia. “Nos educaron, a mis hermanas, a mis hermanos y a mí, para no exacerbar en nosotros el sentimiento de ser discriminados. No querían que viviéramos como víctimas“, recuerda.

Pero llegaron las advertencias, sin embargo, “por parte de las mujeres“. “Mi abuela era un personaje en Tarascon. Había sido resistente en Argelia, era feminista, divorciada, solía llevar varios pañuelos superpuestos. Me dijo: ‘Ten cuidado, hija mía, en este país no nos quieren’. Quería decir que no les gusta nuestro velo, nuestra visibilidad“. Su madre, que había regresado de forma tardía a la religión, tuvo un “conflicto” cuando Ismahane le anunció que iba a llevar velo. “Su frase favorita era: ¿Qué vas a hacer con el título de bachiller si llevas un pañuelo sobre la cabeza?“. No era ningún rechazo al Islam, sino una incomprensión, o más bien una aprensión ante la decisión de su hija y las consecuencias tendría para su vida.

“Mi hijo es un auténtico niño francés, pero cuando se pone unqamistodo el mundo le mira de arriba abajo”

Cuidadora infantil, con tres niños a su cargo, Djamila vive en Nanterre en un edificio nuevo, con vistas a La Défense, al pie del RER A [suburbano]. Ya en la cincuentena, hace diecisiete años decidió llevar el velo, “tras una evolución espiritual“. También conoce las miradas desagradables. Una anécdota, entre otras muchas: “Era un día de mercadillo, yo estaba haciendo mis pequeñas compras y de pronto un hombre me suelta: ‘vaya con esa mujer, debe tener calor con ese velo’. Y añadió: ‘Vuélvete allí de donde vengas’ Yo respondí que era francesa, pero mi marido me dijo: déjalo, porque si no se volvería contra nosotros y la gente diría que los musulmanes somos agresivos. Otra vez iba conduciendo. Un automovilista le gritó: “Ah, ¿sabes conducir? ¿Dónde has sacado el carnet, en tu país?

La cuestión de la visibilidad está también en el centro de su experiencia. “No se puede considerar que mi marido sea un musulmán. Pero para la gente se convierte en musulmán cuando pasea conmigo, a causa de mi velo. Con mi hijo, es parecido. Es un auténtico niño francés. Pelo castaño claro con ojos azules. Visto desde fuera, no se puede decir que sea musulmán. Pero en cuanto se pone unqamiso unadjellaba en el centro comercial, ya todo el mundo le mira de arriba abajo.”

“Cuando digo que mi madre es una “verdadera francesa”, la gente suelta un “¡Ah!” de alivio”

Samira no lleva ningún signo de pertenencia religiosa. Y con razón: es atea. Pero su “punto de enganche“, como ella misma lo llama, es su apellido, que le ocasiona continuas e insistentes preguntas. “Basta con que extienda mi tarjeta sanitaria en la farmacia para que me pregunten: ‘¿De dónde viene ese nombre, cuál es su origen?’ Es molesto. Por lo general, respondo que es un nombre árabe o incluso que soy de origen magrebí. Para ganar tiempo, se me ocurre ir directamente al centro del asunto y digo que soy de Argelia, o argelina, aunque sea francesa.

Su madre, nacida en la Ardèche, no tiene origen extranjero, mientras que su padre es un ex-nativo [procedente de las colonias], convertido en argelino después de haber sido francés musulmán. Samira nació antes de la independencia en 1962.

Yo he nacido en Francia, de padres franceses“, resume. A veces se siente obligada a dar a conocer la identidad de sus padres, “y cuando digo que mi madre es una ‘verdadera francesa’, la gente suelta un ‘¡ah!’ de alivio“. Entonces llega la última pregunta: “No en la farmacia, sino en conversaciones corrientes con conocidos, me suelen preguntar si hago el ramadán y si como carne de cerdo. No me preguntan en cambio si rezo la oración.

“Hacer estas preguntas no es en sí islamofobia, pero son tan frecuentes que lo vivo como si me empujaran a posicionarme, para saber de qué lado estoy. ¿Estoy del lado francés o del otro? En el fondo, me siento en la frontera. Para los franceses, haga lo que haga, sigo siendo extranjera, y para los otros pasa algo parecido, porque tampoco soy como ellos. No consigo acostumbrarme, lo vivo como una fluctuación de identidades. Lo que yo soy no se encuentra en el imaginario de la gente, se queja esta profesora de historia, que admite preferir la compañía de “extranjeros[metecos]como yo, antillanos y expatriados“.

“Como no bebo, deducen que soy musulmana”

Rebecca, unos veinte años, es de origen tunecino. Tampoco es musulmana, pero se exaspera con algunos “pequeños comentarios“. “Ojo, no es islamofobia, no se niegan derechos, no hay que confundir. Son prejuicios, es desagradable, pero eso no tiene nada que ver con que te golpeen por llevar un velo. A diferencia de Samira, no es su nombre lo que suscita curiosidad: “Cuando salgo, como no bebo alcohol, algunas personas se dicen: ‘¡ah!, lo que yo pensaba, es musulmana“.

Recuerda otra situación que la incomodó: “En una ocasión iba por la calle, llovía y me cubrí la cabeza con un pañuelo. Un hombre me paró y me leyó la cartilla, me preguntó por qué me cubría así, de dónde venía. Yo no quería responderle, pero insistió. “Esta infantilización de las mujeres tapadas es insoportable“, insiste. “Todo el mundo se siente autorizado para decirles lo que piensan de ellas, que si están sometidas a su marido, que si su práctica es retrógrada”.

Tener que justificarse por su propia emancipación, Djamila e Ismahane lo sienten como una intrusión en su vida íntima, tanto más intolerable porque su decisión de llevar velo es el resultado de un recorrido personal de lectura y de reflexión. Sin embargo, tienen que asumir esta decisión en cada momento, hasta en su vida profesional.

“Con mi velo, podía ser cuidadora de niños o nada”

Cuando su último hijo se hizo “grande“, Djamila quiso trabajar. No tiene muchos estudios, “eso no era para mí, llegué hasta segundo año de CAP[Certificado de Aptitud Profesional]en costura, nada más“, pero ella sospechaba que el problema vendría de otra parte.

“Yo sabía que con mi velo podría ser cuidadora de niños o nada. O tal vez limpiadora. Para nosotras, no hay más que eso. Pero estaba contenta, porque la idea de cuidar niños me gustaba. Tenía amigas que habían conseguido la autorización sin problemas, nos cuenta.

El primer contratiempo vino con la puericultora que debía defenderla para obtener la autorización ante los servicios de Protección Maternal e Infantil (PMI). Djamila le reprocha haber utilizado un subterfugio para identificar su religión.

“Antes, las puericultores venían a casa. Cuando recibo mujeres en mi casa, no llevo velo. Ahora, ellas nos convocan. Al tener que salir, y por tanto ponerse el velo, ellas mismas comprueban si somos musulmanas. Después, me hizo preguntas que nada tienen que ver cuidar niños. Me preguntó qué iba a hacer en las horas de oración, como si fuera a dejar al bebé en medio de un cuidado. Tuve que responderle que no, yo no rezaba la oración durante el trabajo. Me preguntó si daría para comer carne de cerdo, y tuve que responderle que no la compraría, pero que si los padres la traían yo la serviría. Quiso saber si aceptaría hablar con los padres [hombres] y le respondí que por supuesto, etc. ¿Acaso se hacen este tipo de preguntas a los demás, a los ateos, a los católicos, a los budistas?

Como la relación de poder le era desfavorable, Djamila se contentó con responder a las preguntas sin recordar que es derecho está de su parte, porque el contrato que la vincula con los padres empleadores es de derecho privado.

En su apartamento, que nos hace visitar, enseña la puerta tras la que ha “escondido” sus libros y cuadros sobre el Islam. “Por si hay una inspección sorpresa, no quiero que me traiga problemas“, dice. Con los padres, nunca ha tenido dificultades especiales. Aunque ella ha cambiado sin embargo su estrategia de aproximación:

“Al principio, en el primer contacto telefónico, les decía: ‘¿Soy practicante, tapada normal?’, precisaba que no era un velo integral. Pero notaba que muchos ya no venían por eso. Ahora ya no digo nada por teléfono, lo hablamos durante la entrevista, es más fácil discutir cara a cara, los padres pueden ver que no hablan con monstruos”.

“La gente te discrimina con la mejor conciencia”

Catedrática, doctora en varias disciplinas, habilitada para dirigir investigaciones, sólo tardíamente ha admitido Samira que su trayectoria profesional ha estado jalonada de discriminaciones ligadas a su origen y a su supuesta religión, al encontrarse uno y otra muy imbricados en la mentalidad de sus interlocutores.

“Durante mucho tiempo me dije que mi carrera avanzaba lentamente porque era demasiado clásica, porque no publicaba demasiado, por esto o por lo otro. A los 40 años, cuando ya había intentado todo, comprendí que mi evolución en el medio universitario nunca dependería de mis competencias. Recuerdo en particular una inspección. Estaba haciendo un curso sobre la Revolución. Durante la entrevista, que tuvo lugar sin testigos, el inspector me reprochó primero faltas en francés. Después me preguntó sin transición cuál era mi posición sobre el ‘pañuelo islámico’. Evidentemente no entendía qué relación tenía eso con mi curso. No tenía ninguna.

Becas de investigación, puestos, publicaciones: enumera una serie de puertas que se cierran unas tras otras. “Vivimos en una falaz mitología de la República. Lo peor es que la gente te discrimina con la mejor conciencia. Algunos comportamientos son racistas, xenófobos o islamófobos, pero nunca son reconocidos, tan arraigados están los prejuicios. Aunque muchas veces me han dicho que exagero, yo no lo creo. Nunca he llegado a acostumbrarme a ser siempre señalada.

“Se nos hace pasar por incultas sumisas”

Muy diplomada también, a Isamahane no le gusta hablar de su situación personal. Presidenta del Colectivo de feministas para la igualdad y cofundadora de la asociaciónMamans toutes égales[Todas las madres iguales], está más acostumbrada a ser portavoz de las mujeres que representa. Sin embargo, durante la entrevista, cuenta cómo su vida profesional también está sembrada de “acusaciones virulentas“. Estas han ocurrido en sus intervenciones públicas.

Recuerda el caso de una responsable del Planning familiar que, durante un coloquio organizado por su colectivo, le reprochó con severidad no haber anunciado que el acontecimiento estaba “organizado por mujeres tapadas“. Una situación similar se produjo durante una sesión de formación en la sección Roubaix-Tourcoing de la Liga de derechos humanos.

Se acuerda también de un anfiteatro en Reims, donde se sintió como “ante un pelotón de ejecución“: “Una persona me había preguntado por qué llevaba el velo. Esta cuestión es íntima, indecible. Aquel día, yo no tenía ganas de responder. La persona insistió, insistió. Yo estaba en la tribuna, toda la sala me observaba. Lo viví como una violencia, una violación. No comprendía por qué tenía que justificarme una vez más por ser lo que soy. Pero sabía que no me libraría de ello y que además tenía interés en responder ‘bien’, porque si no mis palabras se volverían contra mí, y contra nosotras en general, contra las mujeres con velo“.

“Todas las maestras tienen el detalle de los pastelitos”

También en la escuela saltan las preguntas de los padres de alumnos. No malvadas, pero sí agotadoras. Las maestras tienen sus prejuicios y tampoco escapan a ellos los compañeros de clase, añade Ismahane, que reconoce haberse mudado a Chatou, un “barrio acomodado“, para acceder a establecimientos escolares “correctos“. “Me adelanté al riesgo de que mis hijos fueran víctimas de discriminación en su vida profesional, quise compensar así este posible inconveniente“.

No puede olvidarse del primer inicio de curso de su hijo: “Era en 2001, acabábamos de llegar a Chatou y mi hijo entraba en primer año de maternal. Había nacido en 1997. Le habíamos llamado Oussama. No te oculto que eso comenzó mal. Tuvimos que hablar mucho unos con otros para desactivarlo.

En maternal, una enseñante me pidió que preparase una comida en casa. Hice un plato deratatouille, pero ella me dijo que se esperaba un cus-cus“. Un poco enfadada, este tema crispa a Djamila. “Todas las maestras tienen el detalle de los pastelitos. Para elAid[fiesta árabe] les hace falta su plato. Los pastelitos, el té, la danza del vientre, ¡eso es lo que les gusta! Pero las salidas escolares, ah, eso ya es otra cosa. Cuenta cómo, un año, sus propuestas para acompañar al exterior a los niños de la clase de su hijo quedaron sistemáticamente sin respuesta.

“Sarkozy ha sido cinco años de sufrimiento”

Multiplica las anécdotas, con la policía, en el hospital, en la piscina, y cuando mira atrás observa que hace todavía algunos años los comentarios se referían más a su país de origen que a su religión. “Todo cambió con Sarkozy. Han sido cinco años de sufrimiento. Los musulmanes hemos sido denigrados, señalados con el dedo, menospreciados. Éramos la causa de todos los problemas. “En ese momento me di cuenta de que nunca sería francesa, que siempre seríamos magrebíes, musulmanes, incluso mis hijos. Sarkozy reavivó el odio. Después de la elección de Hollande me siento más tranquila, tengo menos rabia, me he normalizado, aunque no apruebo su política.

Fátima, 40 años, ha estudiado derecho en Aix-en-Provence. Trabaja como jurista en el CCIF y se dice preocupada por el gran aumento de actos islamófobos, sobre todo durante el quinquenio de Nicolas Sarkozy. Da algunos ejemplos: gestos de degüello dirigidos a mujeres tapadas, médicos que se niegan a atenderlas, policías que no recogen las denuncias, monitores de autoescuela que se oponen a su inscripción, agentes bancarios que exigen que se quiten el velo, etc. Dice no sentirse afectada ella misma por el rechazo y las discriminaciones, pero se acuerda de una compañera de clase de confesión musulmana a la que un profesor de derecho constitucional obligó a cantarLa Marsellesacuando comenzó a llevar el velo.

Nacida en Argelia, Fatima llegó a Francia en preparatoria y sólo conserva buenos recuerdos de su infancia en un pequeño municipio del Var. Ha vivido las agresiones a través de la pantalla. Para ella, todo comenzó con el 11 de setiembre. “Ese momento fue el desencadenante. En la tele, nosotros los musulmanes aparecimos como terroristas. Después, fuimos acusados como si tuviéramos que dar cuentas sobre lo que pasa en Afganistán, en Irak o en Egipto. Se ha vehiculizado una visión del Islam que es la de la mujer retrógrada y sumisa. Bajo Sarkozy, se ha llegado a la cúspide. Todos los días teníamos que justificar nuestra compatibilidad con la República“.

Para todas ellas, este período supone un traumatismo. El hijo de Djamila tuvo tanto miedo durante la campaña presidencial en 2012 que preguntó a su madre si se verían obligados a volver “al país” en caso de reelección. Samira, por su parte, se había jurado abandonar Francia. En todo lo demás, el cambio de mayoría las deja escépticas.

La islamofobia, insiste Fátima, no es ni de derecha ni de izquierda: “En la izquierda toma otras formas. Si os piden que os quitéis el pañuelo, es por vuestro bien, para emanciparos. Esta posición paternalista es igual de deplorable. Y los medios de comunicación les inspiran siempre el mismo recelo, cuando no una total desconfianza.

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