Opinión

Las revueltas egipcias: Crónica desde la calle Mohamed Mahmud

Desde hace casi dos años, Egipto no conoce reposo político. La plaza Tahir ha visto manifestarse allí a muchas tendencias y grupos. Nuevas agrupaciones juveniles se destacan en los últimos episodios

Redacción Central |

Mayssoun Sukarieh
Counter Punch

“No somos matones, no somos criminales”. Es la frase que todos y cada uno de los manifestantes de la calle Mohamed Mahmud pronunciaban cuando empezaban a contarme las protestas que arrancaron el 19 de noviembre. Es una fecha significativa. Es el primer aniversario de los “Acontecimientos alrededor de Mohamed Mahmud”, cuando las familias y los amigos de los asesinados en los levantamientos de la Plaza Tahrir durante el pasado año se reunieron para exigir justicia mientras la policía se dedicaba a dispersar sus pacíficas concentraciones.

Los “acontecimientos” de este aniversario empezaron tres días antes de la declaración constitucional del Presidente Mohamed Morsi ordenando una serie de medidas: la inconstitucional eliminación de la fiscalía pública, la reducción de los poderes de la judicatura y del consejo de la Shura, así como nuevas investigaciones de la violencia contra los manifestantes en las revueltas del pasado año contra el régimen de Mubarak. Estas medidas han sido consideradas como un “golpe de estado blando”.

Los egipcios, tras haber saboreado los frutos de las posibilidades democráticas después de derrocar a Mubarak el 25 de enero de 2011, no estaban dispuestos a soportar tamañas prerrogativas políticas a la fuerza. Se unieron a las protestas que ya estaban en marcha en las calles de los alrededores de la Plaza Tahrir a lo largo de dos avenidas, la de Mohamed Mahmud y la de QasrEyni.

“Todo empezó el día 19” , declaró un manifestante de 17 años. “Los partidos y los diferentes grupos vinieron para conmemorar el aniversario y después marcharse. Uno de nuestros amigos fue golpeado por la policía. Respondimos. No hemos parado desde entonces”. Las fuerzas de seguridad reaccionaron ante estas nuevas protestas con extraordinaria violencia, atestando las camas de las salas de urgencia del Hospital Munira, del Hospital de la Universidad Hussein, del Hospital Qasr al-Aini y del Hospital Policial Agusa. En los primeros días resultaron gravemente heridos 50 manifestantes y uno de ellos, GaberSalh (Yica), miembro del Movimiento del 6 de Abril y de otros dos partidos, está clínicamente muerto. (Falleció el 26 de noviembre.)

“Los Hermanos Musulmanes tienen prohibida la entrada en esta calle”, reza una pancarta amarilla a la entrada de la destrozada calle Mohamed Mahmud. Los visitantes son también recibidos por una charca de aguas residuales donde se reúnen los niños y los adolescentes que se enfrentan a la policía.

La mayor parte de los manifestantes tienen menos de 18 años y hay un buen número que se sitúa entre los 8 y los 11 años, muchos de ellos niños de la calle. Se reúnen a la entrada de la calle y atacan en grupos las comisarías de policía que hay junto al Liceo al otro lado de la calle. La policía responde con gases lacrimógenos, balas de goma y munición real. Los jóvenes corren a enfrentarse con la policía y después se retiran velozmente, escondiéndose cuando la policía empieza a lanzar botes de gas lacrimógeno. Cuando escapan entre las calles Mohamed Mahmud y Qasr El-Aini, los muchachos sonríen abiertamente.

¿Quiénes son estos jóvenes? Los medios, incluso los medios de la izquierda, les llaman los jóvenes, como si fueran una categoría abstracta sin historia propia, sin nombre, sin esperanzas y sin sueños. Ya no son los míticos Jóvenes de la Revolución, solo jóvenes, un término un tanto despectivo que ahora parece querer significar infantiles e inmaduros en vez de esperanzados. A Al-Jazeera le fue muy fácil decir que los “jóvenes” son parte de una conspiración. Que los fulul (residuos del régimen de Mubarak) les enviaron para crear inseguridad; que estos no son jóvenes sino los matones de los fulul. “Para ellos es más fácil decir que son matones y criminales, ¿cómo quiere que nos llamen, revolucionarios? Si dicen que somos revolucionarios, significa que tenemos derechos, pero si nos llaman matones significa que nosotros, y no ellos, somos los culpables”, me respondió un niño de la calle de 15 años cuando le pregunté por el origen de esa etiqueta de matones.

Ningún partido político les ha adoptado. El Movimiento de los Jóvenes del 6 de Abril, que se formó en 2008 para apoyar a los obreros del textil de Mahala y tuvo un papel principal en las primeras concentraciones en Tahrir, declaró que no conocen a esos jóvenes. Pero ellos no les denuncian. Dicen “comprender” por qué están luchando contra la policía. La misma reacción ofreció un recién formado partido político integrado por jóvenes. “Nadie sabe quiénes son”. Un miembro de esos partidos dijo durante la marcha del viernes: “Son los jóvenes de las barriadas de clases trabajadoras de los alrededores de Tahrir”. Abstracciones, esos muchachos no son de interés para los canales establecidos de la vida política.

Al bajar por la calle, encuentro a un chico joven. Lleva un pañuelo palestino alrededor del rostro y estaba arrojando piedras en dirección a la policía. Parecía uno de aquellos muchachos de la segunda Intifada. Al principio no quería hablar conmigo. Después vino y dijo: “Hablaré contigo si me compras algo de comer. Pero no des mi nombre a nadie”, me advirtió. Se hizo un poco el interesante, diciendo, antes de que le preguntara nada, que solo quería asegurarme que ellos no atacan las casas o tiendas de la gente; que solo atacan a la policía y la propiedad estatal. ¿Por qué atacáis a la policía? le pregunté. “Porque quiero vengarme por la muerte de los amigos que murieron el año pasado”, dijo. Ambos murieron en la calle Mahmud. “Estábamos todos sentados, los que somos de Al-Haram, cuando alguien nos dijo que tuviéramos cuidado con el ejército, que iba a atacarnos. Mientras estaba diciéndonos eso, le dispararon y cayó. Uno de sus amigos vino a rescatarle y también le alcanzaron y murió. Estoy aquí para decirle a la policía que no olvidaremos a nuestros amigos”, me dijo. “La policía tiene que tener cuidado; no vamos a olvidar cuáles son nuestros derechos. Todavía podemos recordarlos. Todavía podemos atacar”.

Tiene 17 años. Hace tiempo que dejó el colegio y no puede encontrar empleo. Procede de Al-Haram, uno de los barrios de clases trabajadoras de esta parte de El Cairo. Su familia vive en una casa pequeña, sin servicio municipal alguno. Ha participado en los ataques en la calle Mohamed Mahmud desde el primer día.
Le pregunté cómo son los otros jóvenes que están en la calle. Recitó una lista de barrios pobres: Manatiq Al-Sahabiya. Ninguno tiene dinero para comer, ni futuro adónde mirar. Matariyya, Al-Giza, Bulaq, SayyidaSaynab, Bulaq Al-Dakrur, Al-Amiriya. Nos hemos hechos amigos, dice, porque nos protegemos y nos ayudamos los unos a los otros.

Nos vimos interrumpidos por algo parecido a una conmoción. Había personas corriendo desde Tahrir en dirección al Tribunal Supremo. Los enfrentamientos habían estallado allí cuando un grupo perteneciente a los Hermanos Musulmanes atacó el Tribunal disparando. La gente de Tahrir se había reunido cerca del Tribunal para gritar contra los Hermanos Musulmanes y la usurpación del poder por parte de Morsi. Los jueces salieron afuera. La policía acordonó el Tribunal intentando dispersar a la gente. Regresamos a la calle Mahmud.

Un auténtico pandemónium nos recibió. Los jóvenes corrían entre las calles, alrededor de la Plaza. Cuando la policía atacaba Mohamed Mahmud, los chicos corrían hacia la calle QasrEyni. Paramos a un joven y le preguntamos si le gustaría hablar con nosotros. Estuvo de acuerdo después de que le asegurara que no iba a dar su nombre. Tiene trece años. Es un niño de la calle, ha estado viviendo fuera y dentro de esa avenida durante los últimos cuatro años. Sus padres están divorciados. Solía vivir con su abuelo en Dar el Salam, el depauperado barrio en las afueras de Maadi, pero una vez que murió, volvió a las calles. Yo tenía 35 libras egipcias (5$) y en el puente bajo el Nilo donde yo dormía me encontré a otro niño de la calle que tenía también algo de dinero, así que formamos una compañía para vender galletas en un carrito. La policía nos lo destruyó y nos quedamos sin nada una vez más. Empezamos a limpiar las ventanillas de los coches en los semáforos, hasta que la policía llegó y nos dio una paliza un día… Después empezamos a vender cosas en el metro hasta que tampoco nos dejaron seguir.

El pasado enero, pensó que la Plaza Tahrir sería un buen lugar para vender cosas. Cigarrillos en un carrito, era la nueva moda. El 27 de enero, el ejército destruyó su carrito. Al día siguiente, se unió a un grupo de niños de otra calle para ejercer una nueva actividad: atacar las comisarías para liberar a los prisioneros. Había algo fantástico en ese muchacho, liberar a los prisioneros en una primera acción y a continuación escapar para proteger el museo en la siguiente. Su valentía procedía del deseo de vengarse de la policía y del ejército que no le dejaban vivir su vida. Tanto le habían quitado ya que le quedaba muy poco por perder. “¿Por qué los niños tienen que dormir en las calles y encima soportar el acoso y la humillación de la policía? ¿Por qué matan a los chicos antes incluso de que puedan empezar a vivir? ¿Por qué meten en la cárcel a gente que roba cosas pequeñas para poder comer?”. Esta fue la respuesta de un chico de 14 años a mi pregunta de por qué estaba atacando a la policía.

Se había unido a los recientes enfrentamientos dos días después de que empezaran. Estaba trabajando en un taller, vio los sucesos por la televisión y sintió que tenía que ir a defender a sus amigos. Dejó el trabajo y se enfrentó a la policía. “Queremos decirles que nosotros no olvidamos”, dijo.

Pasa por delante de nosotros otro niño. Tiene ocho años. Se dedica a rebuscar entre la basura alguna cosa que poder vender. El acoso de la policía es su moneda de cambio. Viene con sus amigos desde El Amiriyya. “Vengo aquí a acosar a la policía igual que ellos me acosan a mí cada día por las calles, dice, quizá cuando esto acabe se lo pensarán mejor antes de golpearme cada vez que me ven buscando algo para comer”. Su amigo, de 12 años, tiene otras razones para unirse y atacar a la policía. “Les estoy atacando porque quiero buenos colegios donde los profesores enseñen y no tener que quedarme sentado para que el portero me diga que les lleve té y bocadillos y que nos peguen si hablamos; estoy atacándoles porque quiero que construyan industrias y granjas para que los niños como yo podamos encontrar fácilmente trabajo y vivir con dignidad”.

Para todos estos niños, la policía representa lo peor del Estado. Atacan a la policía no solo por venganza. También piden reformas para poder vivir con dignidad. Este niño de 12 años es también un niño de la calle que está asustado ante la posibilidad de que en Egipto estalle una guerra civil. El año pasado, Egipto era un todo unido, dice, y ahora estamos divididos.

Al final de la noche de ayer, la policía levantaba barracas a la entrada de las calles de QasrEyni y Mohamed Mahmud. Los niños tenían en mente sus propias construcciones. Antes de trasladarse a atacar la barricada policial que protege la calle que lleva a la Embajada de EEUU, escribieron sobre las barracas “Abajo el Régimen de los Hermanos Musulmanes”.

Mayssoun Sukarieh es antropóloga y vive en El Cairo.

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