Opinión

El mandato del infierno: cómo no cambiar el mundo

¿Qué significa realmente la pasada elección de 2012 para Estados Unidos? ¿Y para el mundo?

Redacción Central |

Tom Engelhardt(*)

TomDispatch

En el otoño de 1948, Harry Truman politiqueó por el país en tren, criticando repetidamente a un “Congreso que no hace nada”, y así ganó cuando todo parecía perdido en la campaña presidencial de ese año. Este año, ninguno de los candidatos a presidente se concentró en atacar a un Congreso que no hace nada o, en el caso de Obama, en “el obstruccionismo republicano”, exigiendo que los votantes les otorgaran un cuerpo legislativo que significara un verdadero mandato para el cambio.

Ahora conocemos los resultados de esa campaña y, después de todo el tumulto y tras la primera elección de 6.000 millones de dólares, no podrían ser más familiares. Solo unos días después, se puede ver un elenco totalmente reconocible que va de los reelegidos, el presidente del país y el presidente de la Cámara de Representantes John Boehner, al conjunto de los eruditos de los medios dominantes que recuperan las páginas de un guión bastante usado.

¿Será bipartidismo o el precipicio fiscal? ¿Vamos a conseguir nuevos ingresos mediante la reforma tributaria o aumentarán los impuestos para los estadounidenses más ricos? ¿Hará las paces el presidente con el primer ministro israelí Binyamin Netanyahu o no? ¿Habrá guerra o algo menos con Irán? Y así suma y sigue. Es el momento para el cual se creó la frase déjà vu, una y otra vez.

Un infierno creado por nosotros mismos

Cuando una nueva dinastía china llegaba al poder, se decía que había recibido “el mandato del cielo”. Acabamos de pasar una campaña electoral que, aunque fue la más ruidosa que recordamos, estuvo envuelta en el más profundo de los silencios sobre los temas de real importancia para el futuro de EE.UU.

En ella, no cabe duda de que se ha conferido un “mandato” no solo a Barack Obama, sino a Washington, donde una Cámara de Representantes republicana, mucho menos triunfante pero no menos establecida que el presidente, se enfrenta informes de que pasó su hora, que sus miembros forman parte del “mayor perdedor demográfico de la elección” y que su partido –carente del apoyo de los jóvenes, de mujeres solteras, de los que no tienen afiliación religiosa, de los latinos, afroestadounidenses y asiáticos-estadounidenses– se dirige hacia el cubo de la basura de la historia.

EE.UU. se prepara para la ‘supertormenta’ Sandy

Si fuera así, suena como un mandato para algo, tarde o temprano, suponiendo que tenéis años de paciencia demográfica. En el intertanto, se hablará mucho más de que los republicanos tienen que reorientar su partido y de una posible “guerra civil” por su futuro.

Y mientras tanto, apostad a una cosa: vamos a oír hablar mucho más de cuán profundamente los estadounidenses descontentos –los mismos que acaban de recolocar a un gobierno que es casi lo mismo que la versión anterior– quieren de verdad, realmente, que todos se lleven bien y trabajen juntos.

¿Pero no es hora de dejarse de sandeces, apagar a esos parlanchines y preguntarnos: ¿Qué significa realmente la elección de 2012 para nosotros y para este país?

Comencemos por una realidad básica: acabamos de presenciar una elección que no movió ni un dedo, que representa un mandato de un tipo especial de infierno estadounidense. (Hay que admitir que la elección de MittRomney, que hubiera llevado a la Cámara de Representantes y a la Gran Energía en el Despacho Oval, representaba indudablemente un círculo más venal de ese fogoso establishment)

Eso, por su parte, asegura dos resultados diferentes pero relacionados, ambos poco discutidos durante la campaña: la continuación de la parálisis total respecto a casi cualquier tema de verdadera importancia en el interior y un estado permanente de guerra a toda velocidad, con misiles Hellfire, en el exterior (junto a más militarización, todavía, de la “patria”).

Los únicos ganadores –y no hay que creer las protestas que se escuchan sobre una “condena” por embargo de los militares– serán probablemente el complejo nacional de seguridad, el Pentágono y en un país en el cual la desigualdad de ingresos aumenta desde hace tiempo, los acaudalados. Sí, en el círculo infernal particular al que nos han consignado, es probable que siga siendo primavera para los multimillonarios y gigantescos fabricantes de armas de 2012 a 2016.

¿Cómo sabemos que la parálisis y el estado permanente de guerra son los únicos dos caminos abiertos a los representantes del pueblo, que Washington está tan restringido? Porque acabamos de votar por una casi repetición de los años 2009-2012, lo que significa que el poder para realizar una política interior (excepto en los márgenes) se seguirá escurriendo lentamente de la Casa Blanca, mientras el poder del presidente y del Estado nacional de seguridad de seguir limitando las libertades dentro del país y hacer la guerra afuera, solo serán realzados.

Es probable que el resultado sea el estancamiento de la última superpotencia del globo en días en los que el mundo –y el propio planeta– están en un proceso de tumultuosa transformación.

Las cosas que no hay que esperar son: una acción importante para reconstruir la destrozada infraestructura del país; la verdadera reducción de la misión militar global de EE.UU.; algún intento significativo de enfrentarse a un planeta cambiante y al calentamiento global; y la movilización de una generación más joven que, como mostró el Huracán Sandy, está dispuesta a dar mucho y hacer mucho para ayudar a los demás.

En otras palabras, este país está atrapado en un infierno creado por él mismo que pasa por ser la vida de todos los días cuando el mundo, para mejor o para peor, se va a pique de muchas formas distintas.

Tocando el violín mientras el planeta arde

EE.UU. sigue siendo un país grande, poderoso, rico, que lentamente se ahueca, se desajusta. Mientras tanto, en el planeta Tierra, la economía global está a disposición del que la quiera. Otra catástrofe es posible, mientras las economías europea, china, japonesa e india están todas afectadas.

Las relaciones de poder cambian rápidamente, del ascenso de Brasil en lo que otrora fue el “patio trasero” de Washington al milagro chino (y la fuerza militar que lo acompaña). Un sistema en gran parte estadounidense que desde hace tiempo ayudó a mantener al Gran Medio Oriente, el corazón energético del globo, bajo un sombrío control autocrático que se deshace con consecuencias desconocidas.

Sobre todo, desde las aguas cada vez más desheladas del Ártico a un clima cada vez más extremo, los niveles del mar en aumento y la acidificación de los océanos, este planeta está sufriendo una transformación notablemente rápida basada en gran parte en la liberación de dióxido de carbono a la atmósfera procedente de la combustión de combustibles fósiles.

Fuera de unas pocas curiosas comparaciones republicanas de una economía estadounidense bajo los demócratas con “Grecia”, un enfoque casi obsesivo en la muerte del embajador J. Christopher Stephens y otros tres estadounidenses en Libia, y de diversas denuncias de China como manipulador de divisas, ni uno solo de estos temas apareció de algún modo significativo en la campaña electoral.

Contando el coste. El coste del cambio climático

En otras palabras, la elección en 2012 se limitó a poco más que un caso masivo de negación al estilo de Washington. Y no penséis ni un segundo que se trata solo de un artilugio de año electoral.

Tomemos el cambio climático, que como la Primavera Árabe se abrió camino en nuestro medio desprevenido en 2011-2012. Fue la estación de fuegos descontrolados de todas las estaciones en un sudoeste y un oeste abrasados, una sequía devastadora que todavía no ha desaparecido de la fértil región agrícola del medio oeste, y un verano aparentemente interminable que puede convertir este año en el más cálido en EE.UU. continental.

Fue asombroso y, si hemos de creer los sondeos de opinión, percibido por cantidades crecientes de estadounidenses preocupados que sintieron literalmente que el mundo cambiaba a su alrededor.

Y, no obstante, nada de esto convirtió el calentamiento global en un tema electoral. Mes tras mes fue El Gran Silenciado. El mutismo de los republicanos envalentonados que aportaban sus políticas de perforación y colocación de oleoductos, y de los atemorizados demócratas que se convencieron de que el tema era un asunto en el que el presidente no podía ganar, fue ensordecedor hasta los últimos días de la campaña.

Y fue entonces, claro está, cuando el Huracán Sandy, la “Frankentormenta”, pasó por mi ciudad y devastó Nueva Jersey. Dio el golpe de gracia del clima extremo en 2012. (Y sí, caben pocas dudas de que el aumento de los niveles del mar inducidos por el cambio climático contribuyó a su furia). La supertormenta Sandy también reveló lo desprevenida que está la infraestructura estadounidense frente a los anunciados sucesos producidos por el cambio climático.

El extremo al que llegó Sandy y su oleada de 4 metros fue suficientemente abrumador para que el calentamiento global saliera repentinamente del armario. Llegó a las portadas de las revistas y a las conferencias de prensa del gobierno.

Incluso hubo un anuncio de último minuto en la web de Romney contra Sandy (“Decid a MittRomney: el cambio climático no es un chiste”), y en su declaración de victoria en la noche de la elección, el presidente Obama se las arregló para reconocer el cambio después de Sandy, diciendo: “Queremos que nuestros hijos vivan en un EE.UU. que no esté… amenazado por el poder destructivo de un planeta en calentamiento”.

A pesar de todo, en casi cualquier sentido importante en Washington, es probable que la verdadera planificación para el cambio climático permanezca fuera de la mesa en la que se encuentran siempre todas las “opciones”. Podéis contar con que el presidente ofrezca a Shell más apoyo para perforar en aguas árticas, con un nuevo impulso al oleoductoKeystone CL, que transportará una de las energías “más sucias” de Canadá al Golfo de México, etc.

No contéis con que alguien haga lo obvio: lanzar la especie de programa de investigación y desarrollo al estilo Apolo que otrora nos llevó a la luna y que podría acelerar a EE.UU. y al planeta hacia una economía de energía alternativa, o que se invierta dinero de verdad en el tipo de proyectos de mitigación para el nuevo paradigma climático que pueda impedir que una ciudad costera como Nueva York –o incluso Washington– se convierta en una zona de desastre inhabitable en un futuro no demasiado lejano.

La ciencia climatológica ciertamente es compleja y está llena de enigmas. Lo que pasa es que muchos de esos enigmas parecen concentrarse crecientemente en dos temas: ¿Cuán extremo y con qué rapidez? Se sugiere que los niveles del mar ya aumentan más rápidamente de lo predicho y algunos estudios científicos recientes indican que, para finales del siglo, la temperatura promedio del planeta podría aumentar hasta 8 grados Fahrenheit, un desastre casi inimaginable para la humanidad.

Sean cuales sean los factores desconocidos, algunas cosas son bastante obvias. Aquí, por ejemplo, estamos ante una simple realidad: es seguro que cualquier conjunto de intentos, que ya tienen lugar, de convertir Norteamérica en la “Arabia Saudí” del Siglo XXI en la producción de energía constituyan un desastre climático. Por desgracia, esta elección asegura de nuevo que, no importa cuáles sean las realidades planetarias o las verdaderas necesidades del país, no habrá suficiente dinero para proyectos de alteración o mitigación.

Entre los aspectos verdaderamente extraños de esta situación destaca uno: en parte gracias a una campaña de larga data de negación del cambio climático, bien financiada por las gigantes compañías energéticas, el tema se ha vuelto “político”. La idea de que se trata de un “tema” liberal o izquierdista, en lugar de una realidad global que hay que encarar, ya está profundamente grabada. Y sin embargo es posible que nunca haya sido un tema conservador más básico (por lo menos en el antiguo sentido del término): la preservación, sobre todo lo demás, de lo que más valioso de nuestras vidas. ¿Y qué hay más cualificado para ese título que la salud del planeta en el que “creció” la humanidad?

La frase “tocar el violín mientras arde Roma” parece resumir algo de la esencia de este momento postelectoral y tiene un sentido especial cuando resulta que los violinistas entregan fósforos a los incendiarios.

Movilizaos

Solo una semana después de la elección, el Partido Republicano ya se prepara para producir una nueva versión de sí mismo mejor parecida, más “diversa”, mejor preparada para los “mercados” latino y asiático-estadounidense en 2014 y 2016. Sin duda el Partido Demócrata hará lo mismo.

En la política estadounidense actual, las elecciones presidenciales duran por lo menos cuatro años. Ya apareció el primer sondeo para Iowa 2016. (Hillary gana de lejos). Las elecciones son el gran negocio, a veces la única actividad política significativa en la que Washington se concentra con algún éxito, con la ayuda e instigación de los medios. Por lo tanto preparaos para futuras elecciones de 7.000, 8.000 o 9.000 millones de dólares y para una barahúnda todavía mayor que las rodee.

Pero no sigáis esperando un cambio, “grande” o de otro tamaño, que provenga de Washington. No lo habrá. No me entendáis mal: como saben muy bien los residentes de la zona de sequía del Medio Oeste y las costas de Jersey, el cambio viene, nos guste o no.

Pero si queréis que este país sea otra cosa que su instigador y su víctima, si queréis que EE.UU. se enfrente a un mundo de peligro (y también de oportunidad), más vale que os alistéis, junto a vuestros amigos y vecinos. No esperéis a un Washington concentrado en su propio bienestar en 2014 o 2016. Movilizaos. Es hora de ocupar este país, antes que se lo lleve una tormenta.

(*) Tom Engelhardt, es cofundador del American Empire Project y autor de “The End of Victory Culture”, una historia sobre la Guerra Fría y otros aspectos

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