Opinión

La mano invisible del mercado y los juegos de azar en el mundo

Un recorrido por una dimensión poco conocida de la economía en el mundo. La crisis, la conveniencia y juicios éticos se alternan según el país

Casino Foxwoods
Las Vegas es el ejemplo paradigmático de legalización en enclaves, pero ya no monopoliza el mercado del juego en Estados Unidos. De hecho, el casino más grande del país, el Foxwood Resort, no se encuentra en la Ciudad del Pecado sino en otro tipo de enclave: una "Reserva India". | deljuego.com.ar

Redacción Central |

Ignacio Portes
Debate

El siglo XX tuvo como marco legal general la prohibición de las apuestas en los países del bloque socialista y la legalización regulada -limitada a enclaves dentro del territorio nacional o monopolizada por el Estado- en las potencias capitalistas. Pero las fuerzas del mercado vienen ejerciendo una fuerte transformación sobre el área en los últimos veinte años. Hoy la prohibición total sólo persiste en el mundo islámico en el que, a
diferencia de los países católicos de la periferia, la tradición religiosa contra los juegos de azar tiene mucho mayor arraigo.

Las Vegas es el ejemplo paradigmático de legalización en enclaves, pero ya no monopoliza el mercado del juego en Estados Unidos. De hecho, el casino más grande del país, el Foxwood Resort, no se encuentra en la Ciudad del Pecado sino en otro tipo de enclave: una “Reserva India”.

Es en este tipo de territorios, donde subsisten con soberanía limitada y un status legal especial las tribus nativas norteamericanas sobrevivientes del genocidio colonial, que comenzó la expansión de los casinos en la década del ochenta. Ocurrió luego de una larga disputa legal que culminó con la decisión de la Suprema Corte de que las leyes estatales contra los juegos de azar no aplicaban en estas Reservas, lo que le permitió a la población nativa encontrar un negocio rentable por primera vez en siglos.

Los propios nativos, sin embargo, insisten en que si bien la actividad trajo algunos beneficios, éstos sólo se concentraron en algunas pocas tribus ubicadas en zonas comercialmente favorables. Así se explica el éxito del Foxwood Resort Casino, equidistante de los apetecibles mercados de Nueva York y Boston, o de su vecino casi tan popular, el Mohegan Sun.

Pero hoy les surge una competencia cada vez mayor: como en las provincias argentinas, los estados en problemas financieros de Estados Unidos suelen encontrar en el otorgamiento de permisos una forma de oxigenar sus cuentas, por lo que Las Vegas y los territorios nativos ya no son la excepción y ya más de la mitad de ellos los legalizaron. El razonamiento de los dirigentes para otorgar nuevas licencias es que, si no lo hacen, las jurisdicciones vecinas se llevarán el negocio y los impuestos que éste deja consigo. Hoy, el estado que menos porcentaje de las ganancias del juego se lleva es Nevada, con un 6,75 por ciento, seguido de Nueva Jersey (cuna de Atlantic City).

Pero en otros estados la tasa supera el veinte y llega hasta el setenta por ciento para los casinos con mayores ganancias en Illinois. Sin embargo, la competencia es feroz, y por eso la propuesta que se escuchó en Nevada de subir la tasa al nueve por ciento fue rechazada de plano por la industria, de la que Las Vegas (afectada por una desocupación más alta que el promedio del país) es fuertemente dependiente en cuanto a puestos de trabajo.

Algo similar ocurre en Europa. España y Grecia peleaban los puestos más altos del ranking de gasto per cápita en apuestas, pero éste se redujo a causa de la crisis. Lo mismo ocurrió con los ingresos de los Estados en materia de impuestos al juego. Allí está una de las claves para entender las licencias que el gobierno de Mariano Rajoy entregó el 2 de junio pasado a 53 empresas para incursionar en el hasta ahora cerrado
negocio de las apuestas online.

En el Reino Unido la explosión fue previa: el gobierno laborista flexibilizó las leyes de juego en su último mandato, eximiendo de impuestos a los apostadores, permitiendo nuevas máquinas que generan altos ingresos a bajo costo y en poco tiempo (como las ruletas electrónicas) y autorizando su colocación fuera de los casinos, en cualquier agencia de cualquier zona comercial. Hoy, ya en la oposición, se muestran arrepentidos. “Cometimos un error”, expresó una de las más altas dirigentes del Laborismo, Harriet Hartman, lamentándose ante el creciente número de cartas de familiares de adictos que le llegan.

En Suecia, el Estado cuenta con el monopolio legal del área a través de su empresa Svenska Spel (“Juegos Suecos”), y ofrece modalidades que van desde bingos hasta carreras de caballos, además de haberse adaptado a los tiempos 2.0 incorporando un servicio de póker online. Así, logra quedarse con el total de las ganancias, ofreciendo además ayuda a quienes padecen ludopatía, aunque no por eso salvándose de ser criticado por asociaciones de apoyo a adictos por seguir emitiendo publicidades. Este mercado cerrado legalmente a los capitales tienta a compañías como Ladbrokes, que ven allí la posibilidad de obtener ganancias millonarias y apuntan a él mediante sitios localizados en el extranjero pero cuyas páginas web tienen al sueco como idioma. Pero no es allí donde se cifran las mayores esperanzas de estas compañías contra el control estatal, sino en las leyes de la Comunidad Europea que reclaman libertad de establecimiento comercial para compañías de países miembros, y en el triunfo del partido de centroderecha en las últimas elecciones.

Esto se repite a nivel continental. Si bien las loterías estatales se asociaron entre sí creando competencias como los “Euromillones”, en las que se puede apostar desde cualquier estado participante y las ganancias se reparten entre todos, el camino “unificador” en la mayoría de las ramas fue obligar a los países a liberalizarse. Portugal, Francia y Alemania se vieron compelidos por la legislación continental a eliminar el
monopolio estatal del juego online dado que según la Comisión Europea “dificulta demasiado la exitosa instalación” de filiales de casas de apuestas radicadas en la Comunidad.

Holanda, en la que todo el juego está en manos públicas, se defendió de amenazas similares alegando que sólo en poder del Estado pueden controlarse los aspectos sociales del juego, pues como no necesita maximizar las ganancias no es indispensable obtener el mayor dinero posible de los apostadores. Pero la coalición liberal-cristiana gobernante afirma: “No es un tabú: estamos buscando privatizar los casinos”.

Sólo en un puñado de países se observa una tendencia inversa. En Ecuador, una de las preguntas de la consulta popular de 2011 impulsada por Rafael Correa proponía la prohibición de los juegos de azar en todo el territorio nacional. En los días previos, los medios de comunicación (cuya regulación también era objeto de dos de las preguntas del referendum constitucional realizado el mismo día) abundaron en notas y spots televisivos hablando sobre la pérdida de puestos de trabajo, competitividad en el mercado del turismo e ingresos impositivos que el voto afirmativo podía traer al país.

Sin embargo, el 52 por ciento de los electores se pronunció a favor de la prohibición, que terminó ejecutándose este año, una vez pasado el período de reconversión ofrecido a las salas de juego, y en medio de promesas de reinserción laboral a los empleados afectados.

En Brasil, la histórica prohibición hacia los casinos se mantiene, aunque el gobierno del PT ha considerado abrir un puñado de ellos en los estados más pobres del Norte para aumentar sus ingresos fiscales, y ha habido idas y vueltas con respecto al status legal de los bingos. El resto de Latinoamérica acompaña la tendencia mundial, con más de tres mil casas de juego en Colombia; ningún límite legal a la creación de casinos o bingos en Perú; el sector privado lentamente incorporándose al área casi exclusivamente estatal en Uruguay; y la multiplicación de la cantidad de casinos en
Chile en la última década, que pasaron de 6 a 24.

Inclusive China cuenta, desde la incorporación de la próspera Macao a su territorio como Región Administrativa Especial en 1999, con su propio enclave estilo Las Vegas, en la que el juego legalizado atrae a millones de turistas locales y de dólares negros buscando ser lavados. Como Mao Tse Tung en 1949, el PC soviético también había prohibido el juego en la URSS en la década de 1920, y los apostadores debieron conformarse con las populares carreras de caballos. Con la caída del Muro vino la liberalización total, pero la resaca de los agitados noventa llevó a Vladimir Putin a decidir el cierre de todos los casinos (excepto en cuatro regiones poco pobladas especialmente designadas para tal fin). Probablemente, esta medida les devolverá popularidad a los decaídos hipódromos.

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