Opinión

El creciente aislamiento y el boicot a Israel atraviesa el núcleo de los gobiernos

¿Debería preocuparse Israel? La reciente decisión sudafricana podría ser continuada por gobiernos europeos

Redacción Central |

Ramzy Baroud
Palestinechronicle

Las voces críticas de la ocupación israelí y el maltrato a los palestinos están aumentando, no sólo en los círculos de la sociedad civil, sino también entre los gobiernos del mundo.

El panorama puede parecer desalentador si se ve a través de los prismas de las recientes convenciones nacionales de los partidos republicano y demócrata en los EE. UU. Pero el mundo no es el gobierno de los Estados Unidos, que se define por políticas egoístas y traidores medios de comunicación corporativos, que a menudo pone los intereses de Israel sobre los de los propios EE. UU. Ahora, con la decadencia de los EE. UU. como una superpotencia económica, y mientras otros países y bloques regionales pugnan por un puesto de avanzada en el nuevo orden mundial, es seguro que Israel sufrirá un mayor aislamiento en los próximos años.

Nuevas evidencias se perfilan diariamente para demostrar esta realidad cada vez más dura. Los amigos de Israel son plenamente conscientes de ello, igual que los políticos israelíes. La nueva conciencia emergente es que el dinero y el poder son cada vez menos suficientes para comprar su legitimidad. Como era de esperar, Sudáfrica está liderando el camino hacia ese cambio de paradigma global, y otros países están siguiendo su ejemplo.

Recientemente, el gabinete sudafricano aprobó una decisión que obliga a Israel a distinguir entre los productos fabricados en Israel y los procedentes de las colonias judías ilegales en Cisjordania. La decisión fue tanto política como moralmente sólida y consistente con el legado antiapartheid del país. También fue una progresión natural de las políticas de Sudáfrica, que han reflejado impaciencia con Israel a través de los años.

Está claro que Israel ha elegido la opción del apartheid, no sólo como resultado concreto de sus políticas militares, sino a través de un decidido patrón jurídico y político. La decisión de Sudáfrica, sin embargo, no fue motivada sólo por necesidad política. Los veteranos de la lucha antiapartheid han tenido gran influencia sobre la sociedad civil del país. Inclusive la nueva generación se entona con un discurso de libertad que lo une a la mayoría de los sectores de la sociedad.

“Libertad para Palestina” fue un arrebato natural en aquel poderoso discurso y toda la propaganda israelí no ha sido suficiente para disuadir a los sudafricanos de ser solidarios con los palestinos. Por supuesto, el sentimiento es mutuo.

La producción total del comercio de Israel con Sudáfrica fue modesta, para empezar. Desde 2009, el volumen del comercio cayó significativamente, y los lazos políticos se hicieron más fríos que nunca. Esto tuvo mucho que ver con la guerra de Israel en Gaza (2008-09) y lo que se vio como un acto de piratería israelí contra el buque turco Mavi Marmara el 31 de mayo 2011. Sudáfrica, junto con algunos otros países, retiró a su embajador de Israel en protesta por el ataque mortal en el que murieron nueve activistas por la paz.

La cuestión es de mayor importancia que dólares y centavos. Los montos se convertirán en un factor importante cuando el boicot global alcance una masa crítica. El verdadero peligro es el precedente que Sudáfrica sigue marcando, que servirá a otros países como referentes legales y políticos.

Poco después de la decisión de Sudáfrica -que siguió a las observaciones hechas por varios funcionarios desalentando a sus colegas a visitar Israel-, y fue seguida de otra votación en una importante universidad sobre desinversión y boicot, se trató de movilizar a funcionarios pro israelíes.

Denis McShane, diputado británico y del Consejo de Políticas, miembro de “Amigos Laboristas de Israel”, reaccionó haciendo paralelismos lamentables e inconsistentes históricamente entre Sudáfrica y la Alemania nazi. En el Jewish Chronicle el 6 de septiembre, Moira Schneider dijo que MacShane “comparó el boicot a los productos israelíes al imperativo Kauf nicht bei Juden –no compre a los judíos, N del T- de la Alemania nazi”.

“La crítica a Israel es perfectamente legítima, tenemos que tener claro que el mote de antisemita está más allá de los límites de la crítica legítima”, dijo, citado por el diario. “La idea de Israel como un Estado de apartheid se promueve deliberadamente porque no puede existir un Estado de apartheid”.

En tanto que la lógica defectuosa se ha pronunciado en numerosas ocasiones en el pasado, ahora la voz de alarma de MacShane se puede explicar fuera del contexto político de Sudáfrica y mejor en términos de lo que está ocurriendo en su propio país. De hecho, ha habido una serie de declaraciones que apuntan a los actuales esfuerzos que hacen varios países europeos para promulgar las leyes pertinentes a la ilegalidad de los asentamientos judíos.

Algunas declaraciones recientes incluyen al Ministro de Asuntos Exteriores británico, Alistair Burt “muestran el más fuerte indicio hasta ahora de que el Reino Unido puede estar avanzando hacia una prohibición de los productos procedentes de los asentamientos ilegales israelíes”. (The Electronic Intifada, 5 de julio de 2012). A finales del año pasado, el ministro irlandés de Asuntos Exteriores y Comercio renovó el compromiso de su país de la exclusión de productos de los asentamientos. Más recientemente, el 5 de septiembre, el diario israelí Haaretz informó de los comentarios del ministro de Relaciones Exteriores de Noruega con respecto a la importación de bienes producidos en los asentamientos “que consideramos ilegal según el derecho internacional”.

Más aún, el 7 de septiembre, The Jerusalem Post informó de que “la Unión Europea está considerando instituir una prohibición de las importaciones de productos fabricados en los asentamientos israelíes, citando los dichos de un funcionario de la cancillería griega, a un grupo de periodistas israelíes y palestinos en Atenas”.

Este cambio en el lenguaje no habría sido posible sin la movilización de la sociedad civil que se produjo en varios países. Igual que en Sudáfrica, los gobiernos deben rendir cuentas a los grupos incansables de vigilancia que impulsan colectivamente el Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS). Ellos no cejarán en sus esfuerzos hasta que Israel cambie de rumbo, respete el derecho internacional y libere a los palestinos de décadas de esclavitud militar.

Incapaces de asimilar el cambio de paradigma global, los políticos israelíes están respondiendo con una estrategia incoherente. El portavoz de la cancillería israelí, Yigal Palmor, acusó al Gobierno de Sudáfrica de “exclusión y discriminación”. El gobierno israelí denunció la “flagrante discriminación”, afirmando que estaba “basada en la distinción nacional y política”. El viceministro de Relaciones Exteriores Danny Ayalon fue aún más lejos, acusando a Sudáfrica exactamente de lo mismo que se había acusado a Israel. “Por desgracia, resulta que los cambios que tuvieron lugar en Sudáfrica en los últimos años no han producido cambios fundamentales en el país y sigue siendo un Estado de apartheid”, dijo Ayalon(Jerusalem Post, 23 de agosto).

Pero dejando las palabras airadas a un lado, el mundo está cambiando. Israel, sin embargo, está divagando en un rincón oscuro donde aún se aplican el racismo y el apartheid con impunidad. Muchos israelíes se niegan a dar fe de la caída de su país al abismo. Una llamada de atención sólo puede llegar cuando el mundo trate al gobierno de Israel de la misma manera que trató en el pasado al régimen del apartheid de Sudáfrica.

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