Opinión

La sociedad cubana

Bajo la conducción de Fidel Castro, la Revolución Cubana asumió el pluralismo y la unidad como filosofías, excluyó el sectarismo, logrando que las luchas internas fueran mínimas y moderadas y, sin grandes traumas se conjuran las desviaciones

Redacción Central |

En los preparativos y las definiciones que acompañan a las revoluciones, las luchas políticas transcurren en dos planos: las confrontaciones al interior de las vanguardias y las que tienen lugar contra el enemigo principal. Las primeras pueden ser intensas aunque no antagónicas mientras las segunda son irreconciliables, violentas y letales.

En la Francia revolucionaria donde los jacobinos pasaron por la guillotina a los girondinos, para caer ellos bajo la cuchilla termidoriana, surgió la idea, atribuida a Pierre Vergniaud: “Como Saturno, la revolución terminará devorando a sus hijos”, apotegma incorporado a la cultura política universal e inmortalizado por Rubens y Goya.

De todos los grandes procesos políticos, en ninguno los debates al interior de la vanguardia fueron tan vehementes como en la Revolución Bolchevique donde sirvieron para esclarecer no sólo cuestiones teóricas y organizativas, sino también la táctica, la estrategia, el carácter de la organización, los fines de la propia revolución y decisiones cruciales, entre ellas el Tratado de Paz de Brest-Litovsk.

Por no haberse realizado por un partido o una clase ni en nombre de ellos, porque su programa no intentaba hacer prevalecer una ideología ni la idea del cambio se afiliaba a ninguna doctrina exótica, sino a la necesidad de liberar a la Nación de una oprobiosa tiranía, abrir caminos al progreso y establecer la justicia social, bajo la conducción de Fidel Castro, la Revolución Cubana asumió el pluralismo y la unidad como filosofías, excluyó el sectarismo, logrando que las luchas internas fueran mínimas y moderadas y, sin grandes traumas se conjuran las desviaciones.

El hecho de que al triunfo revolucionario los restos de los cuerpos represivos de la tiranía huyeran y con ellos se exiliara la alta burguesía y la oligarquía, así como parte importante de las clases medias y que Estados Unidos tomara para sí la tarea de derrocar a la Revolución como si Fidel Castro fuera un separatista, al estilo de los sureños del siglo XIX, unido a la derrota de la contrarrevolución interna y a la invasión por Bahía de Cochinos, confirieron a la confrontación política en Cuba un perfil esencialmente externo, contribuyendo a reforzar la unidad de los cubanos que, durante mucho tiempo, se constituyó en unanimidad.

Ciertos procesos que en parte pueden haber estado asociados a la copia del modelo del socialismo real que condujo a excesos, sobre todo en el ámbito cultural, ideológico y respecto a las políticas informativas, el retorno de los emigrados a partir de 1979, los sucesos de la embajada del Perú y el éxodo por Mariel en 1980, revelaron elementos que pusieron en tela de juicio la cohesión absoluta.

Aunque no recuerdo quien tiró la primera piedra, por aquella época desde las propias filas revolucionarias, con cierto nivel de abstracción, comenzó a hablarse de “unanimidad ficticia” y de “simulación”, términos que todavía hoy se utilizan sin que frente a ellos hubiera una reacción política consecuente por parte del activo revolucionario.

Desde entonces, es decir desde hace casi treinta años, la critica oficial cubana y el discurso de las organizaciones políticas y de masas, bordea el asunto, lo evade, lo atribuye en abstracto a “elementos antisociales”, a la “perdida de valores”, inventa eufemismos como “indisciplina social”, “reblandecimiento” y otros que suele atribuir a la actividad enemiga o a debilidades en el “trabajo ideológico”.

En mí opinión pudiera tratarse de una actitud evasiva que mira para otro lado y elude el reconocimiento de que al interior de la sociedad cubana han surgido circunstancias que conducen a una lucha política no antagónica que es preciso encarar con los métodos, los argumentos y las consecuencias de la actividad política y también con medidas de tipo social. No hace falta recordar que evadir un problema no es resolverlo y que cuando asuntos de esta naturaleza no son atendidos, la tendencia es a agravarse.

Quiero creer y creo que las acciones emprendidas por Fidel Castro, que él mismo calificó como una “batalla de ideas” y las medidas relacionadas con el trabajo social, acciones inclusivas para sumar a jóvenes desvinculados del estudio, promoviendo la universalización de la enseñanza, creando sedes universitarias municipales, incluso tratando de ayudar económicamente a los jóvenes sin empleo, fueron un modo de, en el mejor estilo fidelista, abordar esta problemática.

En cualquier caso tenga yo razón o no, lo cual carece de importancia, el problema está planteado, es visible para quien lo quiera ver y la Revolución cuenta con recursos y experiencia para enfrentar tareas de este orden. La lucha política no antagónica no es una maldición, sino un recurso del Partido y su activo revolucionario y sus resultados no tienen por que ser necesariamente negativos.

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