Opinión

OBAMA: NOBEL INMERECIDO O FINAL ADELANTADA

El caso de Barack Obama es totalmente diferente porque se trata del único que, con el galardón, recibe un mandato y encaja una sanción al país y al sistema que representa

Redacción Central |

En términos de estrategia política la decisión del Comité Nóbel del Parlamento Noruego que concedió el Premio Nóbel de la Paz 2009 a Barack Obama y los argumentos con que justifican la decisión, son de finísima sutileza y revelan algunas de las complejidades y alternativas de la actual coyuntura política en la sociedad global.

Con un gesto de apariencia ceremonial, sin palabras, debates ni alardes de poder, casi con humildad, cinco hombres pertenecientes a una institución legislativa de un pequeño país, muestran una inédita capacidad para condicionar a alguien tan poderoso como el presidente de los Estados Unidos y, en cierta medida, poner en solfa al mayor imperio que la humanidad haya conocido nunca.

De ahora en adelante, cada mañana y cada noche, al rezar sus oraciones o abrir los ojos, cuando comparezca ante sus compatriotas, hable a otros líderes mundiales o tome difíciles decisiones, Barack Obama recordará su condición de Premio Nóbel de la Paz, galardón que puede convertir en herramienta de las mejores causas o arrastrar como a una cruz. No habrá que esperar demasiado para conocer si el primer presidente negro de los Estados Unidos, el tercero más joven y el único que ha vivido en el Tercer Mundo le suma o le resta al Nóbel.

De los 108 años en que ha estado vigente, el Nóbel de la Paz se declaró desierto en 20 oportunidades y en otras 18 fue entregado a instituciones. Esas circunstancias fueron compensadas porque en 20 ocasiones se entregó a dos personas, incluso en 1994 a tres. De los 91 distinguidos, 20 fueron norteamericanos, entre ellos: 4 presidentes (Roosevelt, Wilson, Carter y Obama; Al Gore, vicepresidente y cinco secretarios de Estado (Eliu Root, Frank Kellogg, Cordell Hull, George Marshall y Henri Kissinger). Les puedo asegurar que, excepto Obama, cuya historia está por hacer, ninguno tuvo ni pizca de pacifista.

Con la mejor buena fe del mundo el Nóbel de la Paz, único premio no ligado a una obra científica o literaria y por tanto susceptible de ambigüedades, se ha utilizado para premiar el sacrificio de quienes han sufrido cárcel o exclusión, homenajear actitudes heroicas o piadosas, desde Yasser Arafat a Desmont Tutu o Teresa de Calcuta, distinguir a hombres que maniobraron inteligentemente en coyunturas complejas como Kissinger o Le Duc Tho e incluso cumplir compromisos políticos. En algunos casos el premio fue concedido a personas anodinas usadas para ocupar espacios y evadir decisiones difíciles.

El Premio Nóbel de la Paz ha sido a veces como un Jordán donde a los ojos del mundo se han lavado culpas irredimibles y se han juntado bajo una misma cobija actitudes tan dispares como la de Nelson Mandela y Frederik de Klerk, Henry Kissinger y Le Duc Tho (que no lo aceptó), Yaser Arafat y mandatarios israelíes y otras no menos paradójicas.

Hasta Obama, el Nóbel de la Paz se conjugaba en pasado y se entregaba a personas e instituciones que desearon, abogaron, trabajaron por la paz, independientemente de los resultados obtenidos y siempre sin poder cambiar decisivamente el estado de cosas. Teodoro Roosevelt lo obtuvo por su participación en la guerra contra España, que por cierto no se libró en España sino en Cuba, Woodrow Wilson por la intervención en la Primera Guerra Mundial y Carter, por los acuerdos de Camp David. Ninguno de los presidentes o secretarios de estado norteamericanos nominados y ninguna de las personas distinguidas tuvieron nunca oportunidades reales de influir en la paz mundial.

El caso de Barack Obama es totalmente diferente porque se trata del único que. con el galardón, recibe un mandato y encaja una sanción al país y al sistema que representa. El homenaje al actual mandatario es también la condena al anterior y a otros que hicieron de la guerra y la hegemonía una filosofía. Hasta hoy, Obama había expresado la voluntad de hacer del mundo un lugar más pacifico y habitable, los legisladores noruegos han puesto en sus manos un instrumento para avanzar en esa dirección.

Esta vez el Comité Nóbel de Noruega ha reivindicado el premio tratando de convertirlo en lo que su creador estimó que debía ser: una palanca para construir la paz. De elemento ceremonial la distinción puede transformarse en factor activo a favor de la convivencia, el desarrollo y el progreso, dimensiones inversamente proporcionales a la guerra, el armamentismo y el militarismo.

Con la designación, para muchos prematura, hereje para otros y atinada para alguien que entiende tanto de política como Fidel Castro, desde Estocolmo y Oslo, dos de las capitales más comedidas del planeta, sitios donde de la mano de las conquistas obreras y de los avances de la socialdemocracia el capitalismo evolucionó hacía un socialismo reformista, aunque socialismo al fin, en memoria de Nóbel llega una vibrante aunque contradictoria apelación por la paz y una exhortación al talento y la buena fe de la persona que más puede hacer por ella.

Cuando en la efeméride de la muerte de Alfredo Nóbel, simultáneamente en Estocolmo y Oslo se abran los salones para entregar los premios, habrá discursos, cenas y bailes de gala a los que, por esta vez, nadie prestará atención. El mundo, especialmente los hombres y mujeres que viven y sufren a causa de las guerras, los pobres cuya hambre compite con los gastos militares y los pueblos que sufren de asedios y bloqueos, estarán pendientes de lo que diga y haga Barack Obama, para quien el Nóbel será un vademécum y un acicate. Me encantaría que probara que está listo para el empeño. Para él, se trata de una final adelantada: el juicio final, al menos en términos históricos, es ahora.

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