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Por Consuelo Sandoval

Los fracasos de Arias

Se imaginaba radiante. Como un pavo real, mostrando el esplendor de sus exóticas y bellas alas. Sus deseos quedarán frustrados. Fracasó antes de empezar su cacaraqueada mediación en la crisis institucional de Honduras, hizo fracasar anticipadamente la labor pacificadora el presidente de Costa Rica Oscar Arias

17 de julio de 2009 | 19:55:04

Arias se convirtió en juez y parte del conflicto hondureño, al aceptar que Estados Unidos lo designara como mediador, país que a todas luces fue el autor intelectual del golpe de Estado contra el presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya.

Estados Unidos conoció desde un inicio, los planes macabros de los golpistas, encabezados por el gorila Roberto Michelleti, a quién respaldan furtivamente, aunque en público hayan censurado la expatriación del gobernante hondureño.

El presidente tico no debió aceptar la propuesta gringa, porque de hecho se convierte  en cómplice de la conspiración fraguada contra Zelaya.

Arias, que siempre ha rechazado la integración del istmo, asistió a la cumbre de presidentes que integran el Sistema de integración Centroamericana (SICA) realizada en Managua, a recibir la presidencia pro témpore del organismo subregional.

El evento fue aprovechado por el mandatario tico, para repudiar muy diligentemente el zarpazo de los gorilas catrachos.

No obstante, su actuación se torna contradictoria, pues convoca a Manuel Zelaya y al gorila Roberto Micheletti, a quienes les dio el mismo tratamiento, al recibirlos por separado en su residencia, como si se tratase de dos gobernantes electos por los hondureños,  y llegó al extremo de pretender sentar juntos a Zelaya y Michelleti.

Con justa razón, la canciller hondureña, Patricia Rodas, manifestó sus dudas sobre la mediación de Arias, quién habría dado respiro al régimen de facto, para continuar usurpando el poder político en la vecina del norte.

La correlación de fuerzas en América Latina ha variado radicalmente desde los años ochenta.

En esa época, los únicos países que contaban con regímenes de izquierda eran Cuba y Nicaragua. Nuestro país se vio envuelto en una guerra de agresión alentada, organizada, financiada por la ultraderecha de Estados Unidos y ejecutada por la contrarrevolución nicaragüense, en un intento por destruir la Revolución Popular Sandinista.

Costa Rica prestó su territorio para que operara contra nuestra nación, es decir, que la imparcialidad de Arias estaba sumamente cuestionada.

Se habían perdido miles de vidas nicaragüenses. El Congreso norteamericano se opuso a continuar financiando a la Contra, y éstos se vieron obligados a ceder a un cese al fuego, para iniciar pláticas para la pacificación de nuestro país.

Oscar Arias se había postulado a las elecciones  presidenciales en su país y aprovechó que la región protagonizaba varios conflictos armados y que se experimentaba una efervescencia revolucionaria, para autoproclamarse como “el candidato de la paz”.

Arias  se alzó con la victoria en 1986, y se presentó en el istmo como el gran salvador, aunque mantuvo la mano dentro del bolsillo.

Como presidente, se opuso consecuentemente a la opción militar y apoyó una solución política. Pero con su propuesta buscaba la rendición política del sandinismo.

Claro, era el presidente de una nación que se ufana de ser la Suiza centroamericana y de no contar con un Ejército, aunque su guardia “civil” está armada y entrenada como cualquier fuerza militar.

En su toma de posesión, ante varios presidentes de los grupos Contadora y Apoyo que promovían la pacificación en Centroamérica en los años ochenta, Arias intentó infructuosamente que éstos firmaran un documento que contenía prácticamente las mismas exigencias planteadas a Nicaragua por el gobernante norteamericano Ronald Reagan en 1985: disolución de la Asamblea Nacional, nuevas e inmediatas elecciones, etc.

Arias cambió de posición y presentó un nuevo plan de paz centroamericano, hasta que observó el declive inminente de la contrarrevolución, y que Reagan estaba abrumado por el escándalo Irán/Contras, cuya operación consistió en que Estados Unidos vendía armas ilegalmente a la nación asiática y las ganancias destinadas a financiar a la contrarrevolución nicaragüense.

En la actualidad, las condiciones latinoamericanas son más favorables a los gobiernos progresistas, excepto Colombia, Perú, Panamá y la misma Costa Rica.

La imparcialidad y transparencia de Arias quedó en entredicho, cuando aceptó reunirse en su residencia y por separado, con Zelaya y el usurpador del cargo presidencial, además de pretender juntarlos para que dialogaran.

¿Qué tienen que dialogar?

Ahora resulta que Micheletti, el usurpador, condiciona su salida a que el presidente Zelaya no retome el poder.

¿Quién se cree este delincuente para poner condiciones a un mandatario legítimamente electo en su país?

Arias se ha convertido en cómplice de los golpistas, al proponer amnistía para Mel Zelaya, en todo caso, debió hacerlo para los golpistas que transgredieron el orden institucional hondureño.

Esperemos que Zelaya se agarre los pantalones e ingrese a como sea a su patria, para recobrar el poder que le fue arrebatado con el respaldo de sus seguidores.

Le fallaron los cálculos al presidente tico. Oscar Arias creía que obtendría otro Nóbel de la Paz, ahora a  costa de los hondureños, al suponer que alcanzaría una nueva victoria política por su “mediación” para solucionar la crisis institucional promovida por los gringos y ejecutada por la oligarquía golpista hondureña, en contra de Manuel Zelaya.

Arias presumía que su carrera política llegaría a la cúspide y su ego se habría ensanchado aún más. Suponía que además de lograr una salida pacífica en Honduras,  propinaría una contundente derrota a Nicaragua ante la demanda que interpuso en el máximo Tribunal Internacional de Justicia de la Haya.

Su principal reclamo por su desmedida e histórica ambición de apropiarse del río San Juan, era que su guardia recorriera armada por el manto acuífero.

En caso que Arias quiera realmente ganarse el respeto y el reconocimiento internacional, estaría obligado a no dejarse utilizar por Estados Unidos, actuar con transparencia y honestidad y presionar al gobierno de facto a que abandone el poder en Honduras y restituya en el cargo al presidente Zelaya.   En caso contrario, quedará desprestigiado y perderá la poca credibilidad que aún le queda.

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