Opinión

Nuevos rostros para nuevas políticas (I): Israel

Franklin D. Roosevelt falleció en 1945; su defunción cambió el curso de la historia. De no haber ocurrido así, tal vez no se hubieran lanzado bombas atómicas sobre ciudades habitadas, no se hubiera desatado la Guerra Fría e Israel no habría nacido. Esos elementos dictaron la política mundial en los últimos sesenta años

Redacción Central |

El Estado de Israel es resultado de dilatados procesos geopolíticos asociados a la diáspora judía, a dos guerras mundiales y a la Guerra Fría, involucrando a comunidades de toda Europa, Estados Unidos, el Tercer Mundo y naturalmente Palestina.

En su tramo más reciente, esos acontecimientos tienen nombres y apellidos: Woodrow Wilson, un presidente norteamericano que finalizada la Primera Guerra Mundial entregó el Levante a la voracidad colonial de Inglaterra y Francia, David Lloyd George y Arthur James Balfour, políticos británicos, un mecenas llamado Edmond James Rosthschild, un sionista como Theodor Herzel y combatientes como David Ben Gurión y Golda Meir.

Antiquísimos conflictos lanzaron a los hebreos sobre Europa donde vivieron desde los tiempos bíblicos y fueron víctimas de las mayores humillaciones que pueblo o raza alguna haya soportado. Generaciones tras generaciones, los judíos fueron alemanes, austriacos, belgas, rusos, holandeses o ingleses, países que hicieron suyos, a cuyo desarrollo contribuyeron y en los cuales conquistaron bienestar y respetabilidad. Einstein, Freud, Carlos Marx, Stefan Zwig y León Trotski, para mencionar algunos fueron judíos.

No es verdad que en el siglo XX los judíos europeos y norteamericanos, ciudadanos de los países más ricos y desarrollados del mundo, empleados como empresarios, comerciantes, orfebres, artesanos, banqueros, prestamistas, joyeros, médicos, científicos y otras tantas excelentes profesiones, suspiraran por colonizar a Palestina, un lugar del que la mayoría no había oído hablar.

Con la derrota del imperio Otomano en La Primera Guerra Mundial, los vastos territorios del Oriente Medio quedaron “sin dueños” y, como entonces era usual, los vencedores se los adjudicaron. Así Palestina cayó en manos de Gran Bretaña y se crearon condiciones para ejecutar el proyecto de enviar los judíos al Medio Oriente, propósito favorecido por el holocausto.

Hitler, una criatura ideológicamente contrahecha que no era liberal ni socialista y necesitaba una ideología, se apegó de modo fanático y brutal al antisemitismo, opción que le aseguraba la simpatía de parte de las elites económicas y políticas y la opinión pública de Alemania y, en parte de Europa. Las “Leyes de Nuremberg” revocaron la ciudadanía de los judíos en Alemania y luego en todo el III Reich. El dictador nazi que no inventó el antisemitismo, lo aprovechó, lo cultivo y lo llevó al extremo de concebir la idea de una “solución final”: exterminar a los judíos.

Para entonces, existía el socialismo, el movimiento de liberación nacional y el nacionalismo habían registrado avances y se había nucleado una vanguardia política judía que desde su propia experiencia, marcada por el holocausto se convenció de que jamás Europa aceptaría a los hebreos y aceptó el plan británico de crear un Estado en Palestina.

Aquella elite encabezada entre otros por Abba Eban, David Ben Gurión y Golda Meir, integraron la Agencia Judía, conspiraron para introducir judíos en Palestina y con la anuencia de las grandes potencias, lograron la partición y fundaron del Estado de Israel.

En esa época, cuando los norteamericanos eran todavía el primer productor mundial de petróleo, la Guerra Fría apenas comenzaba y Estados Unidos apostaba por controlar a Irán y atraer a Egipto, Israel no era tan importante; incluso tal vez lo fuera más para los soviéticos que creyeron que los judíos, víctimas del holocausto, podían desempeñar un papel positivo en la región.

El hecho de que los líderes israelíes compartieran con los aliados y con los soviéticos la perspectiva antifascista y que algunos, entre ellos David Ben Gurión y Begin, fueran de origen ruso y Golda Meir ucraniana, no debe haber pasado inadvertido para Stalin que, de buena fe y sin tener nada contra los palestinos o los árabes en general, votó junto a Estados Unidos y las potencias europeas por la partición de Palestina.

Después vino la Guerra Fría y Estados Unidos necesitó de Israel para confrontar la influencia soviética en la región. Sin embargo, el hecho de que el conflicto Este-Oeste haya terminado no significa que las acciones de Israel como aliado estratégico de Washington hayan perdido todo su valor, aunque el riesgo existe.

Sin importarle que se acojan o no a los preceptos democráticos occidentales, observen las costumbres islámicas, incluso que sus ciudadanos actuando de modo individual se involucren en actividades anti norteamericanas, Estados Unidos ha logrado relaciones seguras y compromisos políticos y militares con Arabia Saudita, Egipto, Líbano y los principados petroleros del Golfo que sumados a la alianza con Turquía, la neutralización de los aprestos de Libia y la capacidad para interactuar con otros estados le permiten manejar ese frente sin necesidad de un intermediario tan problemático como es Israel.

En la presente coyuntura política, el riesgo no es precisamente para los árabes, sino para Israel. De ocurrir que mediante una diplomacia inteligente como la que al parecer quisiera practicar Obama, Estados Unidos logre mantener lo alcanzado, avance hasta la creación de un Estado palestino, progrese en los esfuerzos por desactivar el conflicto con Irán, se acomode con Siria y de pasos consistentes en la pacificación de Irak, el panorama político en la zona se modificaría sustancialmente.

Obama conoce las ventajas que un resultado así traería para sus proyectos hegemónicos de nuevo formato. Benjamín Nethanyahu lo sabe. El enigma sería averiguar hasta qué punto el líder sirio, el recién reelecto Ahmadineyad y los ayatolas iraníes comprenden una maniobra que aunque no es contra Israel, lo implica e inevitablemente disminuye su papel como gendarme.

Para quienes quieran verla, la política de Obama en el Medio Oriente esbozada en El Cairo entraña una paradoja más: por primera vez en 60 años los intereses de Estados Unidos e Israel no son los mismos. Recordemos que los imperios tienen intereses no aliados.

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