Opinión

Obama en el Cairo: Vivir para ver

Salvando las distancias y el modo en que operan distintas fuerzas políticas, la caída de la Unión Soviética fue una debacle para la izquierda como la llegada al poder de Barack Obama pudiera serlo para la derecha

Redacción Central |

El discurso del actual presidente norteamericano en El Cairo me recordó la “Carta del Atlántico” de Roosevelt y me permitió especular acerca de que, tal vez, más que un renovador Obama sea un restaurador. En ambos casos se trata de plataformas políticas mediante las cuales, uno y el otro afrontan coyunturas excepcionales, no con histéricos paliativos, como hizo Bush ante el 11/ S, sino con estrategias coherentes.

En buena lid, el perfil internacional de la actual administración no debiera sorprender tanto. Lo anómalo fue el viraje experimentado por la política exterior norteamericana a la muerte de Franklin D. Roosevelt, proceso asociado a la Guerra Fría y que se prolongó desde Truman hasta Bush.

La Gran Depresión de los años treinta coincidió con la llegada de Roosevelt a la presidencia en 1933, cargo que mantuvo hasta 1945. No sólo por las medidas del New Ideal y la laboriosidad del pueblo norteamericano, sino también por el rearme europeo que incluyó el renacer industrial, la generación de empleos y la elevación del nivel de vida en el Viejo Continente, Estados Unidos remontó la crisis.

Adversario del nazi fascismo, Roosevelt maniobró para organizar la asistencia en gran escala a Inglaterra y a la Unión Soviética y el día después del ataque a Pearl Harbor, entró en guerra contra Japón y Alemania. Cinco meses antes, en agosto de 1941, en reunión con Churchill, había propuesto la Carta del Atlántico a la que luego se sumó la Unión Soviética.

Por primera y única vez, antes de entrar en una guerra que duraría cuatro años más y costaría la vida de unos cincuenta millones de personas, varios estadistas tomaron un acuerdo no para repartirse el botín de los vencidos, sino para no hacerlo, como había ocurrido al concluir la Primera Guerra Mundial.

Según la carta del Atlántico, los aliados no buscaban conquistas territoriales, respetaban el derecho de todos los pueblos a elegir su forma de gobierno y prometían respetar las fronteras. En aquel compromiso se reconoció el derecho de vencedores y vencidos al acceso a los recursos naturales de la tierra, se auspiciaba la cooperación internacional, se reconocía el derecho a la libertad de los mares y se proponía el desarme como meta.

En otra época y en otros contextos, con otros actores internacionales y en medio del desastre económico y político ocasionados por la administración Bush y su desastrosa respuesta a los sucesos del 11/S, Obama declara sus intenciones de acometer una rectificación de la política exterior norteamericana, cuyos contornos fueron delineados en su discurso en la universidad Al-Azhar en El Cairo, comentado favorablemente, entre otros, por Fidel Castro.

Es cierto que los objetivos de la Carta del Atlántico no fueron alcanzados completamente, incluso se puede decir que muerto Roosevelt, con la Guerra Fría, la división de Alemania, la modificación de las fronteras en Europa Oriental, los intentos de reconquista en Indochina y Corea, entre otros acontecimientos, aquella declaración fue traicionada; no obstante por medio de las Naciones Unidas, su espíritu contribuyó a evitar una nueva guerra.

Nada asegura que Barack Obama pueda lograr los propósitos expresados en Egipto. Frente a él se levanta la poderosa reacción norteamericana, la oposición de la derecha mundial e incluso la incomprensión de la izquierda. Es posible que como escuché decir, Obama sea un cínico o un farsante que trata de engañar a la humanidad. Ninguno de esos argumentos es valido para rechazar sus metas.

Los que creemos en la fuerza de las ideas y las alimentamos cotidianamente, las saludamos cuando son avanzadas o correctas y deseamos que sean realizadas. Si Obama fracasa, fracasarán con él las fuerzas progresistas.

No hay dudas. Se trata de un viraje tan imprevisto como la caída de la Unión Soviética y de una coyuntura política que nadie había imaginado y que algunos no pueden digerir.

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