Opinión

LA NUEVA HISTORIA PATRIA

Son, pues, los movimientos sociales profundos, las revoluciones, los que permiten la relectura de la historia patria; los que hacen posible replantearla en función de las contradicciones sociales, los que permiten rectificarla

Redacción Central |

Todos los pueblos tienen su propia historia, más o menos rica, dependiendo de sus luchas por su liberación; luchas que a su vez dependen de la frecuencia y de la brutalidad de la agresión extranjera para mantenerlo oprimido, o del apoyo que el agresor extranjero da al poder local para hacer en su nombre el trabajo de la opresión.

Por la misma razón, sin embargo, la mayoría de los pueblos no conocen su propia historia, porque de esta ignorancia depende la eficacia y la permanencia de la opresión. Ocultar la historia, escamotearla, tratar de borrarla de la memoria colectiva, persigue en efecto liquidar la identidad nacional, desnaturalizarla hasta la humillación; trastocando así el orgullo nacional en vergüenza nacional, y obligando de esta manera al oprimido a agradecer la opresión como una dádiva para su propia subsistencia como pueblo, su tabla de salvación.

Por eso, la primera medida del opresor o de los gobiernos locales que actúan en su nombre es orientar el currículo escolar y universitario a favor del opresor, en todas las materias que tienen que ver con la identidad nacional; es decir, con la historia y más ampliamente con la cultura. O suprimir estas materias como lo hizo el neoliberalismo durante diecisiete años, en el caso de Nicaragua, y casi treinta para el resto de los países americanos, excepto Cuba. Y en el caso de África, durante siglos.

Pero a pesar de la opresión, y sus consecuencias sobre la historia y la cultura propias, no hay fuerza humana capaz de liquidar el inconsciente colectivo de cada pueblo. La imborrable impronta de cada uno almacenada en lo más profundo de su ser, sobre todo su quehacer humano, desde el momento mismo de cobrar conciencia de su existencia colectiva, desde su nacimiento a la historia.

Es el inconsciente colectivo el que orienta las luchas contra el opresor, el que percibe el momento oportuno de la lucha para reivindicarse y permite la emergencia de liderazgos que las llevan adelante, hasta su éxito. Una nueva afloración a la conciencia de la identidad propia, cada con un salto cualitativo cada vez mayor, y con mayor amplitud regional en el ámbito geográfico al cual pertenecen los pueblos en lucha. Una explosión identitaria que todo lo arrolla.

Una lucha recurrente a lo largo de la historia, porque todavía los pueblos no han logrado conquistar el poder pleno frente al opresor extranjero. Casi siempre una explosión social. Una revolución, hasta hace muy poco de naturaleza militar y recientemente a través de la participación masiva del pueblo en procesos referendarios democráticos.

Pero igualmente una escalada de las contradicciones con el opresor extranjero, también a un nivel cualitativo superior, en todos los frentes. Un nuevo ciclo de lucha que sólo puede confrontarse en forma sostenida y exitosa mediante el conocimiento de la historia patria y la reivindicación plena de la cultura nacional. Única forma de mantener incólume y en ascenso la voluntad popular para continuar la lucha por su propia identidad.

Historia y revolución

Son, pues, los movimientos sociales profundos, las revoluciones, los que permiten la relectura de la historia patria; los que hacen posible replantearla en función de las contradicciones sociales, los que permiten rectificarla. Son las revoluciones, en efecto, las que permiten hacer la lectura de la historia en función de su orientación natural hacia la liberación de los pueblos, las que permiten revalorar la participación de los movimientos socio-político-militares y de su respectivo ligerazo en las luchas por la liberación nacional.

La Revolución Popular Sandinista, por ejemplo, permitió un gran salto en ese sentido. No sólo por la reivindicación plena de la lucha de liberación nacional, contra la invasión militar norteamericana, y de su dirigente nato, Augusto C. Sandino, reivindicándolo para siempre como héroe nacional, sino en todos los órdenes de la historia y la cultura, y en todos los sectores del país. Con la revolución sandinista nacieron verdaderas instituciones dedicadas a la relectura de la historia patria y de la cultura nacional, gubernamentales, partidarias, e independientes. Las universidades nacionales e incluso de carácter privado también hicieron lo propio. Una reivindicación integral, de raíces profundas, que no pudieron ser arrancadas por la contrarrevolución neoliberal.

Una reivindicación que literalmente empalma con la Revolución Cubana, la primera revolución nuestramericana del siglo veinte que inició el proceso de la relectura y reescritura de su propia historia, que a estas alturas lo ha logrado con creces. En La Habana, en efecto, más concretamente en Casa de Las Américas, el máximo líder de la Revolución Sandinista, Carlos Fonseca, tomó el ejemplo e inició y desarrolló su preocupación por la historia de Nicaragua, especializándose en Augusto C. Sandino. Ahí, también, Carlos conformó un grupo de cuadros dedicados a la misma tarea que posteriormente serían los líderes de la revolución triunfante.

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