Opinión

Los recuerdos más sentidos de un niño de Niquinohomo

Al igual que Jesús, el niño adolescente se perdió de vista para los pobladores locales, reapareciendo en 1926, para interpretar y encarnar una de las gestas más significativas en la liberación nacional de los países latinoamericanos

Redacción Central |

En los alrededores de Niquinohomo, pueblito situado en la meseta de Carazo, un niño de 9 años corta café junto a su madre, la bruma y el frío le sirven de frazada.

Corría el año de 1903 y Nicaragua era gobernada por José Santos Zelaya, un liberal que inició la modernización capitalista.

León y Granada eran paulatinamente desplazadas administrativamente por la nueva capital, Managua. Sin embargo, la división del país expresada como una división política entre liberales y conservadores todavía provocaría profundas heridas al país.

Don Gregorio Sandino, un hombre casado y dueño de fincas de café sedujo a una muchacha humilde que trabajaba en una de aquellas propiedades, ella quedó embarazada y nació Augusto, hijo ilegítimo, según la moral de la época.

La ilegitimidad golpeaba más a los niños que a la madre y que al padre, generaba marginación social y un profundo resentimiento personal contra el mundo que lo vio nacer.

Un día de tantos, durante los inicios de la fiebre cafetalera, la madre del niño recibió un adelanto de pago por algunas jornadas, como era la costumbre de algunos patrones ante la escasez de mano de obra.

La joven cometió el desliz de ir a trabajar a otro lugar y aunque prometió pagarle al primer patrón, fue sancionada y enviada a la cárcel con su hijo de nueve años. Estaba embarazada y los vejámenes de las autoridades le provocaron un imprevisto aborto, sucesos relatados por el propio general Sandino un año antes de morir, en entrevista que le hiciera el periodista don José Román, la que fue publicada posteriormente en un libro titulado “Maldito país”.

Aquellos sucesos nunca se borraron de la mente del general Sandino. “El disgusto y el maltrato brutal, produjeron a mi madre un aborto que le ocasionó una copiosa hemorragia, casi mortal. Y a mi solo me tocó asistirla ¡Íngrimo! En aquella fría prisión antihigiénica del pueblo. Al mismo tiempo que se me revelaban secretos biológicos para mí ignorados hasta entonces, pues apenas había cumplido nueve años de edad, los lamentos y el estado mortal de mi madre rebalsaron mi indignación y aunque era un niño, ya dormida mi madre, insomne me acosté a su lado en aquel suelo sanguinolento y pensé en mil atrocidades y venganzas feroces, pero dándome cuenta de mi impotencia, recuerdo vívidamente la forma en que reflexioné con filosofía infantil”.

La penumbra de la cárcel no permitía diferenciar bien lo que pasaba en el cuerpo de aquella madre, dificultad agravada por el desconocimiento que tenía el niño de aquellas intimidades. Había que mirar y palpar a pesar del tabú, pues la madre rogaba asistencia a través de sus llantos y lamentos, una vergüenza mutua embargaba a madre e hijo.

Los dolores del parto eran de nuevo compartidos, esta vez con más conciencia, por sus naturales protagonistas. Sudor y lágrimas, pero sobre todo, sangre en abundancia. Sangre en las piernas y en la bata de la madre, sangre en las manos de un niño todavía inocente. Sangre que cubría los despojos de una criatura recién formada para una vida que la recibía muerta.

El resentimiento del niño siguió alimentándose de las vicisitudes de una infancia ingrata. El padre de Augusto, don Gregorio, vivía con su mujer oficial, con quien procreó otros hijos, entre ellos Sócrates, contemporáneo de Augusto. Duro era para este niño mirar a su hermano de padre gozar de muchas comodidades, mientras él padecía grandes dificultades.

Tercas reflexiones rondaban la cabeza de aquella infancia en pena, pena moral, interna, familiar y social, pena agravada por la conciencia de las injusticias que no escapaban al temple y carácter de aquel niño. Los celos alimentaban su infortunio y decidió encararlos uno a uno.

Primero decidió abandonar a su madre biológica, pues era demasiado para él verla con otros hombres y pasando las mismas dificultades. Después enrrumbó sus emociones internas contra las causas de su bastarda condición. “¿Por qué Dios será así? ¿Por qué dirán que la autoridad es el brazo de la ley? ¿Y qué es la tal ley? ¿Si la ley es la voz de Dios para proteger al pueblo, como dice el cura, entonces la autoridad, por qué en vez de ayudarnos a nosotros los pobres favorece a los zánganos? ¿Por qué Dios quiere más a Sócrates que a mí, si yo tengo que trabajar y él no?”.

Dos años después, al cumplir once años de edad, llegó la hora de pasar de los lamentos a la acción. El niño decidió encarar a su padre, quien lo reconoció y llevó consigo. Mejoró su suerte material, pero no los sufrimientos espirituales.

Pasarse a la casa de su padre tuvo ventajas materiales, pero también grandes frustraciones. Don Gregorio, su esposa doña América, y Sócrates, comían en el comedor, mientras Augusto comía con los empleados de la casa. Su madrastra nunca le permitió comer con ellos. El resentimiento y el tormento moral avanzaban. Prefirió ser hijo pródigo antes que continuar el martirio o mendigar justicia. Se fue de su casa, siendo todavía un niño, a buscar fortuna fuera de aquel pueblo.

Dejar a su padre y a su madre no le produjo tanto añoranza como dejar a su prima Merceditas, una niña gordita de quien el futuro General de Hombres Libres estuvo tierna y tempranamente enamorado. No resistía su ausencia, le escribía sin atreverse a enviarle aquellas cartas llenas de celos y deseos. Mientras más se alejaba de Niquinohomo más cerca la sentía y más proyectos dibujaba con la cara y el cuerpo de aquella niña que ni siquiera sabía que un niño enamorado la perseguía platónicamente. Deseaba regresar, pero había que hacerlo en mejores condiciones.

Fuera de la casa las cosas no estaban tan bien que digamos, ni para él ni para el resto del pueblo nicaragüense. Ser soberano no era más fácil que ser hijo de casa. La tierna república estaba a punto de ser defenestrada por las botas imperiales. El presidente Zelaya fue obligado a dejar la presidencia por veleidades autonómicas según el criterio del gobierno norteamericano.

La entrada a una vida adulta y madura tenía que defenderse con mayor coraje y sabiduría que hasta entonces. Nicaragua y el niño de Niquinohomo tendrían todavía que derramar mucha sangre hasta lograr la plena soberanía de Nicaragua y un poco más de bienestar.

Al igual que Jesús, el niño adolescente se perdió de vista para los pobladores locales, reapareciendo en 1926, para interpretar y encarnar una de las gestas más significativas en la liberación nacional de los países latinoamericanos. El resto de su vida, Sandino luchó acompañado solidariamente de su padre, don Gregorio, y de su hermano Sócrates.

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