Nicaragua

La complejidad del llanto

Llorar no es signo de debilidad, sino de espontaneidad

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Llanto |

B. García |

Llorar es un acto infinitamente complejo y también infinitamente conmovedor. De hecho, la ciencia todavía nos ofrece una respuesta incompleta cuando intenta explicar por qué se produce el llanto.

Además, en el ser humano es una reacción asociada con estados emocionales fuertes, bien sea de felicidad o desdicha; en algunos animales que también dejan caer lágrimas de sus ojos, si funcionan las mismas motivaciones.

El llanto es prácticamente la primera forma que tenemos de manifestarnos frente al mundo. Es la base de nuestra comunicación durante los primeros meses de vida. Una manera de decir “estoy aquí” y “necesito de otros”. Precede al lenguaje y a la vez lo trasciende.

Todo ser humano saludable sabe lo que es llorar. A veces por un sufrimiento para el que ya no hay palabras y a veces porque la risa cruza un umbral que la convierte en llanto. A veces de emoción. Y también a veces, cuando hay emociones encontradas, sin saber por qué.

El llanto es un símbolo de afectación y por eso es rechazado en los entornos machistas o demasiado autoritarios. Se asocia con lo femenino y por eso puede ser objeto de desprecio. Pero hasta el más machista de los guerreros comenzó su vida llorando. Y si no se permite llorar durante su vida es por un acto de represión y no por falta de ganas.

Hay momentos en los que nos sentimos cargados de lágrimas; pero a la vez hay una fuerza que no podemos identificar y que se opone a que esas lágrimas abrillanten nuestros ojos y tracen caminos sobre nuestras mejillas. En muchas de estas ocasiones en el que nos sentimos encapotados, como el cielo repleto de nubes grises, no sabemos muy bien por qué. En otras, la fuerza que frena nuestro llanto tiene que ver con el miedo que nos suscitan nuestras propias emociones. El miedo a empezar y a no poder parar.

Llorar siempre es un acto saludable. En primer lugar, porque convierte a una presión en una ex–presión de nuestro mundo interior. Es bueno porque libera una fuerza interna, la deja salir y produce una sensación de liberación y hasta cierto punto, de consuelo. El llanto lleva aparejada una descarga emocional y en esa medida origina una sensación de bienestar.

Quienes se vanaglorian de no llorar sufren de algo que puede definirse como analfabetismo emocional. El psicoanalista Jean Allouch habla de un tiempo del “duelo seco”. Refiere que en nuestros tiempos la gente no quiere llorar, incluso cuando hay motivos evidentes y suficientes para hacerlo. También sugiere que esa limitación podría estar en la base de muchas formas de depresión. Llorar no es signo de debilidad, sino de espontaneidad.

Por eso, sin temor alguno, se puede decir: ¡qué viva el llanto!

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