Nicaragua

¿Una Premonición del General Sandino?

“Con Sandino en Nicaragua”, escrito por Ramón de Belausteguigoitia, describe la Managua de entonces y presenta, en este capítulo, parte de un relato donde el General de Hombres y Mujeres Libres habría dicho a un jefe negociador de la Guardia Nacional : “Hoy me he levantado romántico y trágico. Voy a Managua a hacer la paz, y si no la hago, mi vida ha terminado.”

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General de Hombres y Mujeres Libres, Augusto César Sandino |

Redacción Central |

Sandino quiere la paz

…”Pesan mucho sobre Managua todavía las consecuencias del tremendo terremoto de 1931 y del incendio que siguió después, obra de casualidad, según algunos, o de manos criminales o descuidados, los más.

Hay en cada población un sello especial, un ambiente determinado. Nos impresiona primero como una sensación apenas intelectualizada que, como todas las impresiones primarias, casi se desvanece cuando empezamos a encontrar en nuestras observaciones motivos de análisis para una crítica. Diríase que es como una cara desconocida, que nos sorprende, pasando rápidamente ante nosotros, dejándonos una vaga inquietud y un interés que luego desaparece con el trato y la monotonía de las imágenes repetidas. Al cabo de mucho tiempo de tratar a una persona nos preguntamos qué nos dijo su primera impresión, a la que acostumbramos a dar una fuerza definitiva, quizá porque nuestros sentidos vírgenes, que no han recibido mandato alguno del intelecto, graban en un principio las impresiones sin ninguna clase de prejuicio. ” Luchamos en nosotros por recordar la primera impresión de sopor, casi de angustia, que sentimos al descender rápidamente de la altura en que volábamos a esta ciudad adormecida, recalentada por el sol tropical. Una ciudad que se nos asemeja al arrabal de un gran pueblo, con sus calles largas y sinuosas y recortadas a veces, con su pequeño trajín de peatones, con su tráfico variado, donde se cruzan el automóvil, el coche de caballos y la i simbólica carreta de bueyes.
Managua sale dolorosamente de la ruina casi completa producida por el terremoto. En el centro de la ciudad se alzan todavía los negruzcos paredones de los edificios incendiados, que aguardan el levantamiento económico del país, después de siete años de guerras civiles, para su reconstrucción.

Tiene a un lado esta ciudad un lago de aguas grises, que a veces, en las puestas del sol, tibias y anaranjadas, toma unas tonalidades verdes. En sus aguas flotan unos barcos de vela muy pequeños, que aguardan unos pasajeros que rara vez llegan y que se balancean al oleaje pequeño y movido de este lago de aguas inquietas. Y en los días de fuerte viento se mueve con un descarado oleaje, que hace peligrar los barquitos de las orillas.

Este lago es el pulmón de la ciudad, y gracias a él penetra por estas calles, caldeadas por el sol de fuego, un aire bienhechor, que refresca y hace posible la vida callejera de quien no esté muy acostumbrado al ajetreo de la vida tropical. Por lo demás, la ciudad lo tiene en un abandono casi completo.

No se ven ni bañistas, ni barcos de recreo, ni las típicas redes de los pescadores. Eso sí, en el rincón de su parque, las bellas managuas, muchas de ellas rubias, que demuestran la mezcla de sangre europea, hacen resaltar los encantos de sus líneas y de su gracia.

Pero en medio del sopor de su cálido ambiente, Managua se distingue por una viveza manifiesta dentro de su vida de tráfico callejero. Y es que esta ciudad, como León, como Granada, como todo el litoral del Pacífico, tiene un aspecto, en medio de su cosmopolitismo y de la variedad de sus influencias, muy marcadamente andaluz. Quizá nos recuerde también a Cuba.

Pasando por este país, donde campea la chispa del ingenio, la exuberante verbosidad y un individualismo exacerbado, pensamos en la trascendencia de las características que la colonización primitiva le impuso.

Dos son los conquistadores más destacados de Nicaragua: Pedro Arias de Avila, Pedradas Dávila, como le llamaban sus coterráneos, y Fernández de Córdoba. Los dos representaban el tipo exageradamente individualista del español de la conquista, el afán personal, la ambición, la fe ardiente, un dinamismo prodigioso, la incapacidad para la colaboración. Y así los dos, cada uno por su lado, conquistaron y poblaron esta República, fundaron ciudades: León y Granada como las más destacadas, en recuerdo de ambos conquistadores, hasta que vino el inevitable choque, como pasó en Perú, y Pedradas, el de Avila, terminó cortando la cabeza de su contrario. El nombre de Córdoba dejó mejor recuerdo, sin embargo, en la historia de Nicaragua, y hoy, además de Granada, ha impuesto en este país su recuerdo en la moneda nacional, que lleva el nombre de Córdoba.

Hemos insinuado la semejanza de Andalucía y de Nicaragua, no sólo por su colonización, sino por sus especiales cualidades, donde campea el sentido hiperbólico de sus habitantes, la claridad de sus ideas, su gran simpatía y gracejo, su innata comprensión, lo mismo en la ciudad que en el campo; su sentido batallador y hasta su lenguaje, matizado de un acento típico y diferente al resto de las otras Repúblicas de Centroamérica.

Gente de la élite y pueblo muestran una viveza desconcertante y un chispeante ingenio retórico, del que las gentes hacen gala. Si se trata de un casino, casi se siente uno en un casino andaluz, donde flamea el chiste y la gracia repentista. Entre la gente del pueblo, salpicada de influencias raciales distintas, se observa una viveza mental, que es difícil encontrar en otras partes de América.

Yo recuerdo, después de mi estancia en el campamento de Sandino, mi paso por el pequeño pueblo del mismo, con motivo de la fiesta que allí se dio después de la paz a uno de sus deudos: su hermano Sócrates. Se podía apreciar el sentido personalista y el color individual de esta raza, donde cada habitante es un poeta nato o un orador en cierne.

No habíamos empezado a comer cuando se levantaban los distintos oradores a hacer la apología del huésped, cantando en los términos más elevados el amor a la libertad o las glorias del anfitrión, mezclando sus conceptos con poesías recitadas, en las que, como es natural, Rubén Darío andaba siempre de por medio.

Y si nos fijamos en la Prensa diaria, encontramos una espectacular riqueza imaginativa, donde con frecuencia la pluma de los editorialistas se desborda en un lirismo fogoso, lanzando los adjetivos de las imágenes como lluvia de estrellas sobre la diaria monotonía de la vida local.

Algunas veces hemos pensado que quizá sea esta, superioridad imaginativa la que mantiene a estos pueblos en el exagerado individualismo, que es la gran espina de su historia. La imaginación los hace, por una parte, descriptivos y no creadores, y por otro lado, desarrolla en las gentes el sentir de una superioridad personal contraria a la modestia de la aceptación de valores y de jerarquías, tan necesaria en las sociedades. El desarrollo imaginativo es fácil para quien lo tiene, y por sí solo, sin la inteligencia y la acción, se envuelve en la esterilidad, mientras que la acción del intelecto es dolorosa, pero da a quien la cultiva la proporción exacta de los valores. Por eso la vanidad suele acompañar de ordinario a la imaginación y la modestia al intelectualismo, por lo menos al intelectualismo serio. ¿No será por eso que en pueblos imaginativos domina este concepto hipertrofiado del individualismo, donde cada persona se siente un ser aparte, nada dispuesto a formar el círculo de otra persona superior, como no sea para disfrutar de sus mercedes. ¡Ah, los grandes imaginativos y los grandes individualistas del café!

Pero estamos divagando quizá más de lo debido. Nicaragua es un pueblo complejo, en medio de su pequeñez. Hay una Nicaragua imaginativa y andaluza, la del Pacífico. Pero hay otra, más fundamentalmente india, salpicada de una inmigración del Norte de España, en gran parte gallega, más grave y activa, y una zona del Atlántico, primitiva y abandonada, donde una población india se ha mezclado bastante con la negra y hasta con residuos europeos, y formando una extraña mezcolanza, tan pintoresca como su dialecto, donde campean palabras indias, españolas o inglesas o francesas, formando ese extraño potpurri de las costas americanas.

Y hemos olvidado, sobre todo, nuestro objetivo al trazar estas líneas, que no es otro que recoger la figura del gran rebelde Sandino, que se alza sobre el panorama de su pueblo, donde el espíritu público aceptó la dominación yanqui como la ley inevitable del destino.

Al llegar a la ciudad nos encontramos con el general Portocarrero, una especie de símbolo de luchas pasadas del país, con quien hace dos meses iba a internarme en la frontera de Honduras para llegar al campamento de Sandino, todavía en lucha contra los americanos.

Portocarrero es un hombre elástico y menudo, un viejo joven, digamos, que pasa de los sesenta y que lleva sus años con el garbo de un antiguo conquistador.

“Con dos ojos como chispas, cargados de largas cejas”, podríamos añadir, como del personaje del duque de Rivas. Y añádase a esto una afabilidad exquisita, un sentido cordial en las relaciones sociales, de perfecto caballero, que por lo que comienza a escasear actualmente casi lo llamaríamos arcaico.

El general Portocarrero, que es uno de los elementos decisivos en las negociaciones de paz que se vienen ejecutando, me cuenta así los últimos incidentes del preámbulo entablado, mientras yo hago los preparativos para marchar al campamento de las Segovias, de Sandino.

—Todos los partidarios de Sandino —me dice—, sobre todo el doctor Cepeda y yo, hemos creído que, habiéndose retirado los americanos, no había razón ninguna para continuar la lucha.

Estábamos en el campamento —añade— discutiendo las bases posibles para la paz, cuando al día siguiente el general Sandino viene hacia mí y me dice: “Hoy me he levantado romántico y trágico. Voy a Managua a hacer la paz, y si no la hago, mi vida ha terminado.”

—No haga usted eso —le dije, adivinando lo que trataba de hacer en caso de malograrse la tentativa—. Su vida no le pertenece.

—No; es algo ya bien pensado —respondió Sandino.

—Ya sabe usted que el general tiene una terquedad invencible. Aquel mismo día llamó a sus jefes, es decir reunió a sus tropas del destacamento y les explicó su proyecto. Iba a Managua a ver él mismo al Presidente, y si no lograba su objeto, no viviría un momento más; no era él hombre para estar en una cárcel, como les dijo.

Le diré a usted —continúa Portocarrero—, que estábamos como abrumados. Los jefes superiores rodeaban al caudillo, tratando de convencerlo, y asomaban las lágrimas a los ojos de todos. Pero Sandino era inexorable. Fuimos a Jinotega, y ya sabe usted lo demás.

Efectivamente, los hechos son de ayer. Sandino salió del aeroplano y fue saludado con vivas por los elementos de la Guardia Nacio¬nal que allí se encontraban. “Vengo a traeros— les dijo— la paz y el honor”, saludando a Managua con palabras espartanas.

Después fue un día de fiesta en la ciudad, mientras Sandino, con sus delegados, departía con el Presidente, tratando de buscar la fórmula de paz.

Poco después, Sandino se vuelve a su campamento, donde se encuentran sus columnas.

Entretanto, ¿sería posible una paz efectiva? ¿Se avendría la Guardia Nacional humillada, a respetar el convenio? ¿Aceptarían la paz los jefes de Sandino?

Tal era la situación de Nicaragua cuando yo llegué al campamento del general Sandino, una tarde de lluvia de los primeros días de febrero.”…


mem

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