Nicaragua

El inicio del fin de la tiranía somocista

“Así es que nada de tristeza que el deber que se cumple con la patria es la mayor satisfacción que debe llevarse un hombre de bien…”

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Mural de la revolución representando la violencia de la dictadura frente a estudiantes que protestaban por la masacre del Chaparral |

Lucía Oliveira |

El 21 de septiembre de 1956 en la Casa del Obrero, de la ciudad nicaragüense de León, Anastasio Somoza García celebraba su autonombramiento para un nuevo periodo presidencial, después de 22 años en el poder. Entre sus crímenes acumulados contaba el de haber ordenado en 1934 el asesinato de Augusto César Sandino, el General de Hombres y Mujeres Libres.

Rigoberto López Pérez, poeta de 26 años y tipógrafo de León, su ciudad natal, se encuentra en aquella fiesta, baila y conversa. De pronto Somoza anuncia su partida, y eso no lo tenía previsto el joven, pues de hacerlo no se cumpliría el ajusticiamiento del tirano, planificado detalladamente con Ausberto Narváez, Edwin Castro y Cornelio Silva.

El pueblo nicaragüense llevaba más de dos décadas sufriendo los oprobios y genocidios del gobierno somocista, por lo que hacía tiempo que esos jóvenes estaban madurando la idea y preparándose. Rigoberto incluso había recibido un entrenamiento de tiro.

La noche de los sucesos, Ausberto esperaba en un automóvil mientras Edwin y Cornelio apagarían la planta eléctrica que iluminaba la localidad, para facilitar la retirada de Rigoberto. Pero este decide adelantar la misión ante la inesperada noticia de la temprana salida de Somoza de la fiesta.

A casi dos metros del tirano comienza a dispararle; de inmediato su cuerpo fue destrozado a balazos por los sicarios que custodiaban a Somoza, mas pocos días después dejaba la vida el dictador de Nicaragua, debido a las heridas que le provocara Rigoberto.

En su Carta-Testamento a su madre, fechada el 4 de septiembre de 1956, Rigoberto apuntó: “…lo que yo he hecho es un deber que cualquier nicaragüense que de veras quiera a su patria debía haber llevado a cabo hace mucho tiempo (…) Así es que nada de tristeza que el deber que se cumple con la patria es la mayor satisfacción que debe llevarse un hombre de bien…”.

Como consecuencia de la acción se desata una represión feroz en el país. Y Edwin, Cornelio y Ausberto, luego de una inclemente persecución son finalmente encarcelados y salvajemente torturados.

Edwin, también poeta, escribió en 1958 a su esposa e hijo desde la prisión: “Mañana, hijo mío, todo será
distinto./ Se marchará la angustia por la puerta del fondo/ que han de cerrar, por siempre las manos de hombres nuevos/ (…) / Se acabarán las lágrimas del hogar proletario…”.

Ese día llegaría dos décadas más tarde, en julio de 1979, porque la acción de los cuatro jóvenes nicaragüenses, además del acto de heroísmo que significó, acabó con el mito de la indestructibilidad del tirano y contribuyó al restablecimiento y ascenso de la resistencia revolucionaria en Nicaragua.

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