Nicaragua

Brian Wilson, un nicaragüense de corazón (Segunda parte y final)

Un tren le arrancó sus piernas y casi lo mata, pero este estadounidense nunca ha dejado de defender las causas justas enarboladas por la Revolución Sandinista

Brian Wilson
Brian Wilson |

Redacción Central |

El tren nunca se detuvo. De hecho, aceleró para destrozar en unos pocos segundos sus piernas. Casi le mata, pero él nunca se quitó de la línea férrea. Prefería morir si eso impedía que las armas llegasen a Nicaragua. Y aunque la guerra continuó un tiempo más en esta tierra de lagos y volcanes, el ejemplo de Brian Wilson lanzó un mensaje a la historia de la humanidad: las causas justas se defienden a cualquier costo.

Cambiado en su manera de ver al mundo por las experiencias de las guerras imperialistas de Estados Unidos, Brian Wilson renunció a su trabajo en una oficina para atención de veteranos de Vietnam en el estado de Massachusetts y viajó a Nicaragua en enero de 1986.

“Quería ver con mis propios ojos la naturaleza y extensión de la intervención realizada en Nicaragua por el presidente Ronald Reagan, que financió a los Contras con dinero del Congreso y los armó y entrenó mediante la CIA”, indica el veterano de Vietnam en su autobiografía.

Wilson aterrizó en un país que desde 1981 defendía la Revolución Sandinista, la cual derrocó el 19 de julio de 1979 a la dictadura de Anastasio Somoza, cuya familia hundió en la pobreza y desesperación a toda Nicaragua durante 45 años.

Estados Unidos no estaba “contento” con “la amenaza comunista” en que se convirtió Nicaragua. Por eso en noviembre de 1981 la administración de Reagan inició su guerra contra el sandinismo y autorizó a la CIA 19,5 millones de dólares para crear “la Contra”, fuerza paramilitar compuesta básicamente por antiguos miembros de la Guardia Nacional de la derrocada dictadura.

La CIA, con ayuda de agentes argentinos, puso en marcha campos de adiestramiento en territorio de Honduras y suministró alimentos, ropa, armas y supervisión a los contrarrevolucionarios.

En 1982, el Presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara, Edward P. Boland, presentó una enmienda a la Factura de Defensa de los Presupuestos para el año fiscal 1983 que limitaba la ayuda financiera de Estados Unidos a la Contra.

Esta enmienda prohibía a la CIA utilizar ningún dinero “para el propósito de derrocar el gobierno de Nicaragua”. Aun así, el Congreso autorizó la ayuda a esta organización con 24 millones de dólares para 1984.

Miembros del personal del Consejo de Seguridad Nacional, institución asesora de la Casa Blanca cuyo ámbito de operaciones había sido doméstico hasta entonces, se convirtieron en los cerebros para continuar con el apoyo a la Contra.

El Teniente Coronel Oliver North, ayudante del Consejero de Seguridad Nacional, Robert McFarlane, se hizo cargo de la operación, que buscaba financiación secreta de fuentes privadas americanas y la canalizaba a las manos de la Contra.

En 1984 se supo que la CIA había tomado parte en el minado de puertos nicaragüenses sin notificarlo de forma adecuada al Congreso y este aprobó una versión más dura de la Enmienda Boland que prohibió a la CIA, al Departamento de Defensa y a cualquier otra agencia estadounidense involucrada en actividades de inteligencia proporcionar ningún apoyo a operaciones militares y paramilitares en Nicaragua.

No obstante, North y el Consejo Nacional de Seguridad continuaron desviando secretamente fondos a la Contra, y esta comenzó a recurrir a ellos cada vez más para solicitar orientación.

Lo que sucedía en Nicaragua producto de estas actividades criminales, era escondido al mundo. La gran prensa estadounidense defendía a toda costa la invasión y la guerra. Nicaragua tenía que caer. La amenaza comunista no podía extenderse.

Un gringo en Estelí

Hasta el territorio de Estelí llegó Brian Wilson en enero de 1986. “Había estado estudiando la participación de EE.UU. en América Central desde hacía varios años, y debido a lo que aprendí en Vietnam, yo sabía que el uso de los términos comunista y marxista-leninista eran las palabras utilizadas para encubrir asesinatos de civiles que buscaban su autodeterminación (la democracia real)”, afirma Wilson sobre las causas de su visita a Nicaragua.

Enfadado con su Gobierno por las mentiras en nombre de la democracia para asesinar a civiles inocentes, Wilson partió hacia Nicaragua. A la semana de llegar, presenció un ataque de la Contra en tres cooperativas cercanas a las montañas del norte del país.
“Durante dos días y dos noches oí disparos y vi trazadoras rojas. Luego fui testigo de una caravana de carros tirados por caballos con los ataúdes abiertos, que llevaban once civiles muertos de esos ataques, la mayoría mujeres y niños. Murmuré para mis adentros: yo he estado aquí antes. Mi dinero todavía está asesinando gente en mi nombre para una gran mentira. Lloré abiertamente, casi sin control, a lo largo del borde de la carretera, cerca del cementerio”, rememora Wilson.

Fue en ese instante, afirma, que se produjo en su ser la comprensión cabal y cognitiva de la historia de arrogancia del imperialismo de Estados Unidos. Así lo deja claro en sus memorias:

“Vietnam no fue una aberración. Tampoco lo era Nicaragua. Tampoco el Holocausto original de los nativos americanos, ni el posterior Holocausto de los africanos secuestrados. Ni las intervenciones de EE.UU. y asesinatos en un sinnúmero de otros lugares a través del tiempo y de las regiones, que ascienden a otro Holocausto, este último uno de ellos de naturaleza global. Todos ellos representan las tragedias inevitablemente causadas por la actitud de superioridad histórica del Destino Manifiesto que ha dominado y ha permitido nuestra civilización desde sus orígenes”.

“La autodeterminación de las personas genuinas, es decir, la democracia, simplemente no se tolerará. Tal principio interfiere con la dominación y la explotación sin trabas. Para mí, no había forma de escapar a esta conclusión. El dolor que ha causado y sigue causando se estaba haciendo sentir íntimamente en mi propio cuerpo y corazón. Un significado mucho más profundo de mis experiencias de Vietnam, y desde esta nueva conciencia íntima, se reunieron en ese punto”.

“Comprendí en la más visceral de las dimensiones, lo demoníaco del “American Way of Life”. Sus políticas inevitables eran y siguen siendo, y debe ser el fin de que se preserve sin permiso. Este comportamiento ilegal e inmoral no debe continuar en mi nombre, y esta madre vietnamita, a quien he llamado Mai Ly, me ayuda a guiar como un compañero espiritual en mi propia sanación y la liberación de la complicidad en la gran mentira.”

Wilson regresó a Estados Unidos como un pacifista consumado. Determinó que trabajaría para evitar que su país continuase expandiendo guerra y muerte a todos los rincones del planeta. Nicaragua era su prioridad, a fin de cuentas aquí moría gente todos los días por la guerra de los Contras.

De los raíles a la inmortalidad

“Estamos llorando por la pérdida de las piernas de Brian y por las de los niños en Nicaragua”, declaró al diario Barricada Holly Rouen, la esposa de Wilson, el 2 de septiembre de 1987. El día antes el veterano de Vietnam fue atropellado por un tren —un claro intento de asesinato político—, mientras realizaba una protesta pacífica frente a una base naval norteamericana.

La razón de la protesta era detener un envío de armas destinadas por el gobierno de Reagan hacia El Salvador y los Contras nicaragüenses.

Wilson tenía 46 años cuando fue arrasado físicamente por la máquina de hierro. Chuck Goodmacher, amigo de la familia de Wilson, explicó que el día del fatídico hecho, cuando en Nicaragua eran las 11 de la mañana, Brian Wilson y Duncan Murphy, también veterano de guerra, iniciaron junto a un numeroso grupo un ayuno por la paz que se extendería durante 40 días, una protesta más por la política de Reagan hacia Centroamérica, concretamente Nicaragua.

Cuando Wilson recordaba lo que significó el Juicio de Nuremberg contra el fascismo hitleriano, pasó el tren de la fábrica de armas “Concord Naval Weapons Station”, que es una de las mayores productoras de armas del gobierno de Reagan, destinadas hacia El Salvador y los contrarrevolucionarios nicaragüenses.

Los dos veteranos estaban acostados sobre los rieles.

Pese a que con una semana de anticipación los manifestantes informaron a las autoridades militares de la protesta que realizarían, el jefe de la fábrica hizo caso omiso y el tren al momento de acercarse a los dos veteranos en vez de detenerse aceleró más.
“Aquello fue terrible”, dijo Chuck, ya que Wilson continuaba leyendo, mientras que Duncan Murphy al ver ya frente a él el tren, se tiró a un lado, por lo que no sufrió heridas graves.

Enseguida comenzaron las mentiras. A pesar de haber una gran cantidad de testigos del hecho, diversos medios de comunicación citaron declaraciones de las autoridades locales que afirmaban que Wilson intentaba suicidarse frente a la estación de la fábrica de armas.

Pero desde el mismo momento, abogados progresistas comenzaron a ocuparse del caso para presentar las demandas correspondientes y hacer todos los trámites por este acto criminal contra un luchador por la paz.

El intento de asesinato contra Wilson no fructificó. Fue un bumerán para el gobierno estadounidense. Desde entonces, Wilson ha realizado numerosos viajes a dos docenas de países de América Latina, Asia y el Medio Oriente para comprender la naturaleza y el alcance de las políticas económicas, políticas, militares y encubiertas de Estados Unidos, así como sus efectos en las culturas de los pueblos y sus recursos.

“Además he viajado a muchas partes de los EE.UU. para evaluar el estado real y la salud de la justicia social y económica aquí en casa”, agrega Wilson. “He estado involucrado en una serie de acciones destinadas a educar al público en Estados Unidos de América sobre la naturaleza y el alcance fuera de la ley y las políticas sin escrúpulos y sus efectos destructivos sobre toda la vida, en todas partes”.

Y es que las ideas no se matan. Las causas justas sobreviven a cualquier embate. Wilson lo comprendió desde joven de la peor manera posible, y de ahí su fascinación con Nicaragua.

“El espíritu del pueblo nicaragüense en esa Revolución era contagioso y excitante y sentí que ese era el tipo de Revolución que necesitábamos en los Estados Unidos, esa clase de espíritu. Entonces me uní a miles de otros norteamericanos que luchaban en contra de la guerra criminal de Ronald Reagan y Nicaragua”.

Nicaragua siempre te lo agradecerá Brian.

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