Nicaragua

Brian Wilson, un nicaragüense de corazón (Primera parte)

En 1986, este veterano de la guerra de Vietnam llegó por vez primera a Nicaragua para llevarla por siempre en su corazón. Su vida, marcada por desgarradores sucesos de la “democracia” imperial, casi se esfuma en defensa de esta tierra de Lagos y Volcanes

Brian Wilson
Brian Wilson |

Alejandro Guevara |

Brian Wilson, un gran amigo de Nicaragua, llegó al país el pasado domingo para reencontrarse con la historia, esa que le llevó a tener a nuestra tierra en su corazón para siempre. Brian vino esta vez a celebrar los 35 años de la Revolución Popular Sandinista.

Este estadounidense, veterano de la guerra de Vietnam, es un entrañable amigo de Nicaragua. Su defensa de la causa redentora del 19 de julio de 1979, casi le cuesta la vida.

Como la Historia debe ser faro para el camino a transitar por todas y todos, La Voz del Sandinismo se acerca a la vida de Brian antes de llegar a Nicaragua.

Este “nicaragüense de corazón” nació el 4 de julio de 1941. La fecha de su llegada al mundo no deja de ser especial. Cada 4 de julio, Estados Unidos celebra la independencia conquistada al imperio británico en 1776, y 1941 fue el año en que se enroló definitivamente en la II Guerra Mundial.

Dos causas que acaso marcan las raíces y el rumbo que tomó la vida de Brian. No obstante, el niño que creció en el pueblo de Geneve, en el estado de Nueva York, tuvo que conocer la justicia de la peor manera.

Considerado por sí mismo con una persona popular pero tímida, desde sus años mozos gustó de la práctica del deporte. Y fue desde esa misma juventud cuando comenzó a conocer de las formas de impartir “justicia” bajo la “democracia” pregonada por el gobierno de Estados Unidos.

Mientras vivía en Chautauqua, un pequeño poblado rural de Nueva York cercano a comunidades de nativos americanos, cuando cursaba la enseñanza secundaria, su madre tuvo que ser parte de un jurado en el caso de un asesinato altamente publicitado por la prensa.

Cuenta Brian que al volver a casa, su progenitora le contó del horror vivido. El acusado, hallado culpable, enfrentaría dos penas posibles: la de prisión perpetua con posibilidades de libertad condicional, y la de la sentencia a muerte. Su madre votó por la sentencia a muerte ya que no quería, como todo el jurado, a un asesino suelto. Pero vivió con tanta culpa por haberlo hecho en tanto no tenía otra opción, que se convertiría luego en una activista contra la pena de muerte.

La vida lo llevaría a otra dura prueba de conciencia. Como estudiante de derecho, Brian trabajó en una penitenciaría ubicada en el estado de Washington. El complejo albergaba a más de 1 400 prisioneros, el 95 por ciento de ellos de raza negra, cuando estaba diseñado para solo la mitad de los mismos. Las penurias de los reclusos cambiaron su perspectiva del mundo, confiesa en su autobiografía. Acaso fue esa la segunda gran señal de las diferencias entre lo justo y lo injusto, de lo correcto y lo incorrecto.

Pero no sería hasta la edad de 25 años que la vida de Brian comenzaría a dar un giro de 180 grados. En 1966, convencido de la “justeza” de la guerra que Estados Unidos libraba en Vietnam, se enroló en el Ejército.

Brian formó parte de las primeras unidades especiales de la Fuerza Aérea, y fue enviado al delta del río Mekong para proteger una base junto a sus hombres. Durante su estadía, los horrores vividos le cambiaron la vida.

Su unidad se movía luego de los bombardeos a localidades cercanas a ver si habían sido “efectivos” contra los poblados. Brian descubrió los devastadores efectos que la metralla y el napalm tienen sobre los seres humanos.

Fue entonces cuando comenzó a oponerse a las acciones bélicas, hasta que fue enviado de vuelta a Estados Unidos. Confiesa en su hoja de vida, que el Buró Federal de Investigaciones (FBI) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) lo investigaron por su oposición a la guerra como método de dominación, creyéndolo un “terrorista nacional”.

En realidad, Brian había comprendido la esencia dominadora y destructiva de la fase superior de un sistema capitalista: el imperialismo.

Ya licenciado del Ejército, trabajó en las cortes de justicia de Washington, donde admite se sentía avergonzado de realizar acciones legales en frente de los símbolos patrios de su país. Para él, la bandera creaba un choque de emociones donde sus creencias como niño y joven se hacían pedazos ante las vivencias en su vida adulta.

Luego de años trabajando en casos de justicia en Washington, Brian pasó a laborar como asesor legal en cuestiones de reclusos y veteranos de guerra en el estado de Massachusetts.

Estando en estas funciones, un día tuvo una experiencia que le recordó de forma vívida su estancia en Vietnam. Mientras un preso era golpeado de forma brutal, Brian tuvo una flashazo de lo que había visto en 1969 en una aldea de la nación asiática: una madre y sus tres hijos abrazados, todos con la piel derretida por el napalm.

Fue en ese momento cuando decidió buscar ayuda para lidiar con las heridas emocionales dejadas por esa guerra. Quizá fue también cuando comprendió que en Vietnam no se libró una guerra, se cometió un genocidio.

Ese momento inició el camino además para un Brian Wilson pacifista por conocimiento de causa. Había visto que la forma de llevar justicia en Occidente pasaba por un sufrimiento infinito, y estaba dispuesto a poner un fin a esto.

Mientras lidiaba con sus memorias de la guerra y trataba de seguir adelante, Brian trabajó hasta 1986 en una oficina para atención de veteranos de Vietnam en Massachusetts. “Sin embargo, renuncié al poco tiempo, sintiéndome incapaz de competir frente a los desafíos crónicos que nuestra cultura y sus veteranos asediados pasaron, mientras sentía mi propia vulnerabilidad y fragilidad”, afirmó en sus memorias.

Así, Brian decidió viajar a Nicaragua, envuelta en una guerra comandada desde Washington por la política beligerante de Ronald Reagan, que financió a los grupos armados contrarrevolucionarios para acabar con la Revolución Sandinista.

Este viaje cambiaría su vida para siempre.

también te puede interesar