Nicaragua

La primera mujer médica de Centroamérica

Una humilde joven nicaragüense acepta los desafíos impuestos por la sociedad, para poder convertirse en la primera mujer graduada como Doctora en Medicina

Redacción Central |

Una humilde joven nicaragüense acepta los desafíos impuestos por la sociedad, para poder convertirse en la primera mujer graduada como Doctora en Medicina

Por Aurora Rondón

La búsqueda de un camino para lograr sus aspiraciones científicas, obligó a una joven nicaragüense, a aceptar los desafíos que le imponía la sociedad, para convertirse en la primera mujer de Centroamérica, en graduarse como Doctora en Medicina, lo que constituye un ejemplo, para las nuevas generaciones que se educan hoy, en esta nación.

Concepción Palacios Herrera, la protagonista de esta historia, nació en El Sauce, departamento de León, el 5 de diciembre de 1893, en una familia de escasos recursos económicos integrada por cuatro niñas y tres varones quienes por empeño de sus padres llegaron hasta sexto grado. Pero Concepción aspiraba a más.

Cuando la situación parecía más crítica, cierto día, mientras jugaba con sus hermanos debajo de un árbol, el vuelo de unas gaviotas desató su imaginación. “Si ellas vuelan por qué yo, no”. En el contexto en que vivía, bien pudieran ser esas aves, el símbolo que necesitaba para crecer: una vista larga y una meta elevada, ante la cual no iba a ceder.

Solicitó al Ministerio de Educación Pública una beca. Comenzó a estudiar en la Escuela Normal de Señoritas de Managua, pero aquella injusta sociedad le imponía nuevos retos. Aparte de las burlas por su aspecto humilde fue expulsada de aquel colegio y se le prohibió asistir a otros. Para la Directora de la Escuela pesaban más sus ideas progresistas y su estatus social, que se distinguiera como la mejor alumna del plantel.

Una nueva etapa se abría en la vida de Conchita. Ante la injusticia, recibe el apoyo de la destacada pedagoga Josefa Toledo Aguerri, la primera feminista nicaragüense quien convocó a eminentes profesores que la ayudaron a vencer el currículo docente de la Segunda Enseñanza. Obtuvo- no sin nuevos obstáculos- el título de Bachiller.

Vencido ese desafío, inicia otro reto, matricular en la Facultad de Medicina de León. Pocas mujeres iban a la Universidad y ninguna estudiaba Medicina, una carrera exclusivamente masculina. En una actividad dominada por los hombres, Conchita dio muestras de su talento femenino, al igualar a muchos de sus contemporáneos.

Aunque los profesores la apreciaban por su capacidad y notas, su elección no era bien vista. Al transitar con su bata blanca, las empleadas domésticas, a instancias de sus señoras le tiraban agua sucia. Sus colegas de clases le ponían en el bolsillo dedos y testículos, alegando que a ella le gustaba ver a los hombres desnudos. Y el obispo de León calificó de perversidad, su afán de estudiar Medicina.

En la época que le tocó vivir, las damas debían buscar un compañero para casarse, cuidar a los hijos y ocuparse de las tareas domésticas, debían amoldarse a un entorno apacible y excluyente, vinculado a su género. Conchita no se conforma con las reglas establecidas para la mujer.

Ante tantos problemas para continuar sus estudios viaja a México, según ella, le daba más pena el atraso de la sociedad nicaragüense que las molestias personales. Ingresó en la Escuela Nacional de Medicina de la Universidad Autónoma de México (UNAM), en 1920. Allí se destacó tanto en los estudios, que la escogieron para leer el discurso de bienvenida a Gabriela Mistral.

Cuando la célebre poeta y educadora chilena, visitó México para apoyar la reforma educativa y la escuchó, quedó impresionada por su discurso y enterada de sus dificultades económicas, solicitó al Gobierno se otorgara a la talentosa joven nicaragüense, una beca completa.

Concepción era muy solidaria. En sus años estudiantiles impartía clases nocturnas a obreros. Además cumplía su compromiso social con los pobres y en especial con las mujeres, trabajando gratis durante horas todos los días. En 1927 se graduó como médica y cirujana, con altas calificaciones. En 1928 regresó a Nicaragua, para ayudar al desarrollo de la medicina en su país.

A su actividad social y científica, se sumó la política, que se manifestó con el apoyo a la lucha de Sandino contra la ocupación norteamericana, por tal motivo, cuando visitó su país, el presidente Moncada la encarceló. Al salir, volvió a México como exiliada.

En su interés por la medicina no perdía tiempo, realizó estudios de postgrado, en el país azteca y en los Estados Unidos. Llegó a ser una brillante especialista, magnífica cirujana y obstetra. En Europa atendió a sobrevivientes de los campos de concentración. Era creyente, por eso leía la Biblia, rezaba mucho y decía que Dios estaba con los pobres.

En su hogar mexicano encontraban apoyo no sólo los revolucionarios nicaragüenses, sino también de otras partes de Latinoamérica a los consideraba como hijos. De este modo conoció al Che Guevara, Fidel Castro, Salvador Allende, Carlos Fonseca. Sus ideas no eran bien vistas, por ello cuando viajó a Nicaragua en 1947, Anastasio Somoza no toleró su visita.

De acuerdo a su sobrina Gertrudis Palacios, “Después del contacto con líderes revolucionarios de Latinoamérica, su mayor sueño era regresar a Nicaragua. Ella hablaba mucho de su país, de las luchas políticas, de los Somoza, cómo había que organizarse. Y sobre los derechos de las mujeres, ella era la ley”, destacó.

La desigualdad de género la obligó a enfrentar en su vida profesional y personal, los prejuicios sexistas. Casada con el ingeniero hondureño Lorenzo Zelaya, tuvo que romper la unión cuando su esposo intentó mandar en su vida. De esa unión nació su única hija. Opinaba que para ser una persona íntegra, la mujer no necesitaba al hombre.

Esta talentosa doctora era del criterio que las mujeres tenían la capacidad de participar en todo con la misma excelencia que los hombres. Por eso era exigente con las féminas, y las alentaba a tomar parte en las luchas sociales. “No miremos solamente luchar, luchemos”, repetía.

Cuando en 1971 le detectaron leucemia, una enfermedad que amenazaba su vida, deseaba volver a Nicaragua, incluso dijo en una de sus cartas: “Dejar mis restos allá sería colmar mi muerte de dicha”, pero como su regreso dependía de la aprobación del tirano Somoza, se negó. Era indoblegable.

Volvió a Nicaragua después del triunfo de la revolución de 1979, donde la recibieron con honores. En 1980, la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua –en la que ella había iniciado sus estudios de medicina en 1918 –le otorgó el Doctorado Honoris Causa- que se distingue a personas con grandes méritos profesionales y científicos.

Una justa valoración de esta protagonista femenina la ofreció el sociólogo, Germán Guzmán, amigo de Conchita: “Concepción Palacios es orgullo de nuestra raza; soberbia en su altanería ante los tiranos, rebelde ante toda manifestación de injusticia en cualquier país del mundo, pero humilde ante los humildes”, destacó.

Concepción tuvo poca participación en los acontecimientos de 1979, porque ya estaba muy enferma. Según sus amigos, si hubiera retornado con mejor salud, hubiese aportado más. Falleció el 1 de mayo de 1981. En la actualidad, un Complejo del Ministerio de Salud lleva su nombre, por constituir un ejemplo para las nuevas generaciones.

también te puede interesar