Nicaragua

Con el Cardenal Miguel construyendo reconciliación y paz

Entrega de Reconocimiento del Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional a Su Eminencia Cardenal Miguel Obando Bravo por sus 50 años de vida sacerdotal

Daniel Ortega y Cardenal Miguel Obando
Entrega de Reconocimiento del Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional a Su Eminencia Cardenal Miguel Obando Bravo por sus 50 años de vida sacerdotal. | César Pérez

Redacción Central |

Entrega de Reconocimiento del Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional a Su Eminencia Cardenal Miguel Obando Bravo por sus 50 años de vida sacerdotal

Palabras de Daniel

Buenas noches hermanos nicaragüenses, familias nicaragüenses, en esta ocasión, desde la Casa de los Pueblos, le damos la bienvenida a Su Eminencia, el Cardenal Miguel Obando y Bravo. El día de ayer, el día de hoy, el día de mañana, son días de celebración en nuestra Patria.

El primer Cardenal que tiene Nicaragua en su historia; el Sacerdote que llega a los 50 Años de Servicio Sacerdotal, y que se ha visto inmerso en la vida de nuestro país, en todos los campos, en todos los ámbitos, desde lo que fue su relación con los campesinos en los Departamentos de Matagalpa y Jinotega, visitándolos en los lugares más apartados, en las comarcas, en las montañas, en los caseríos, llegando hasta aquellos sitios donde no se podía llegar por carretera, que no se podía llegar en vehículo, y donde se tenía que recurrir todavía en algunos sitios, a esas nobles bestias que son las mulas.

A Sandino le tocó cabalgar en una mula en las montañas de las Segovias, defendiendo la Soberanía de la Patria. A Su Eminencia, le tocó cabalgar en las montañas de Matagalpa y Jinotega, llevando el mensaje de amor, el mensaje de paz para los pobres, para los campesinos, para los más desposeídos de nuestra Patria. Ese aliento que tanto necesitamos todos los seres humanos y que en particular, tanto anhelan los marginados de la tierra.

A Su Eminencia, lo conocimos los nicaragüenses en momentos decisivos de su historia; lo conocimos cuando le tocó la difícil tarea de ser mediador, para encontrar resultados no violentos, cuando un comando del Frente Sandinista había ocupado la casa donde se encontraban funcionarios de Gobierno y, donde se planteaba la liberación de un grupo de prisioneros, entre los que nos encontrábamos, el compañero Lenín Cerna y quien les habla, entre otros compañeros.

No fue fácil esa mediación, pero fue una mediación que terminó encontrando una solución y respiramos todos los nicaragüenses y respiró todo el país. Antes habíamos encontrado al Cardenal, nos habíamos encontrado con él cuando visitaba las cárceles de nuestro país.

Igualmente, la mediación de Su Eminencia, cuando en el mes de agosto, y ya se van a cumplir 30 años, que fue ocupado por un comando sandinista el Palacio Nacional, también planteándose la liberación de un grupo de prisioneros y la publicación de comunicados del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Otra tarea dura para Su Eminencia, y él siempre dispuesto a asumirla y con resultados satisfactorios también.

Y podríamos enumerar una cantidad de situaciones donde el Cardenal Obando fue ese hombre de buena voluntad, contribuyendo a la solución de conflictos que estaban presentes en la vida política de nuestro país. Ese momento histórico que él bien relata en sus escritos cuando estaba a punto de caer la dictadura somocista, cuando él contribuyó, comunicándose con nosotros y con los representantes, los jefes del Estado Mayor de la Guardia Nacional, y logrando llegar a acuerdos que evitaron un baño de sangre en nuestro país.

Esto quizás, no se ha llegado todavía a dimensionar; el tiempo, la historia en su momento, sabrá dimensionarlo, pero la verdad es que nunca Nicaragua estuvo tan expuesta a un baño de sangre de incalculables proporciones como cuando estábamos en vísperas del derrocamiento de la dictadura somocista.

Y esa mediación del Cardenal, solicitada por nosotros, y también atendida por los que estaban al frente de la Guardia Nacional, fue una mediación que salvó vidas en nuestro país, que salvó miles de vida y que salvó también del dolor, del sufrimiento, a miles de familias nicaragüenses. Eso permitió que la victoria del 19 de Julio de 1979, se lograra con la participación de Su Eminencia, evitándole a Nicaragua, un costo, en pérdidas de vidas humanas, incalculables.

El 19 de Julio, el 20 de Julio exactamente, que fue cuando se conmemoró el 19 en esta plaza que tenemos enfrente; en el Palacio estaba su Eminencia, estaba también Monseñor Salazar, Obispo de León. Estábamos en momentos en que se instalaba en Managua la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional.

Y no terminaba ahí la labor pastoral de Su Eminencia, apenas empezaba, porque luego vendrían sus participaciones, sus visitas, a los miles de prisioneros que estaban en las cárceles, velando él por la seguridad de esos prisioneros, velando porque se cumpliera con lo que se había acordado, apelando para que se lograra indultarlos gradualmente.

Claro, él quería una amnistía no gradual, sino inmediata, como hubiese sido lo ideal, pero no era lo posible y lo posible fue ir por las amnistías graduales. Y eso fue llevando a las calles a miles de prisioneros, y la presencia del Cardenal en todo ese esfuerzo, en toda esa batalla.

En ocasiones no entendida por nosotros mismos, en ocasiones no valorada, fue una batalla realmente que abonó, desde ese momento estaba abonando a favor del amor, a favor de la Reconciliación de los nicaragüenses.

Luego vino la guerra, y en medio de la guerra, igualmente, la preocupación del Cardenal, su liderazgo dedicado a buscar la paz, a trabajar por la paz, a buscar el diálogo, el entendimiento, la Reconciliación, y en medio de las tensiones, los rigores, la violencia que genera una guerra; también en ocasiones, no supimos valorar la trascendencia del mensaje que venía llevando, acompañando con acciones, Su Eminencia, el Cardenal Miguel y Obando.

Y en medio de esas complejidades y esas contradicciones, donde gracias a Dios, nunca perdimos la comunicación, siempre nos estábamos comunicando, nos estábamos reuniendo con Su Eminencia y con los Miembros de la Conferencia Episcopal, llegó el momento en donde las campanas de la paz empezaron a sonar; y para que la paz llegara, uno de los primeros compromisos era, formar comisiones de Reconciliación y Paz en nuestros respectivos países.

Ese fue el acuerdo de los Presidentes Centroamericanos, en ese proceso de paz que se inició en Esquipulas y, después de una de esas reuniones, después de ese compromiso, le solicité a Su Eminencia, que presidiera la Comisión de Reconciliación y Paz en Nicaragua, y él no titubeó un segundo.

En ese momento, estábamos realmente, con un pueblo lleno de dolor, un pueblo dividido, un pueblo lleno de luto, y era más que urgente la paz y se abrían las condiciones y Su Eminencia, como les decía, no titubeó, aún cuando había quienes, afuera y adentro, se oponían a la paz.

Querían fuerzas victoriosas militarmente, no importándoles el costo que se le imponía a nuestra nación. Fue una historia larga, realmente, y que culmina con los Acuerdos de Sapoá, donde el Cardenal, su equipo de apoyo, fueron determinantes.

En aquellas salas de reunión donde él nos recordaba, la tensión era tan grande, el rechazo era tan grande, la polarización era tan grande, que cuando él terminaba de reunirse con la Delegación del Gobierno y luego, le tocaba entrar a la Delegación de la Resistencia Nicaragüense, éstos esperaban entrar, para no respirar en el mismo ambiente donde había estado respirando la Delegación de Gobierno.

Donde uno de los soldados que estaba acompañando la seguridad de estas reuniones, luego comentaba, que ganas no le faltaron de jalar el gatillo, porque tenía varios hermanos muertos en la guerra. En ese ambiente, le correspondió a Su Eminencia, sembrar, arar, hasta que finalmente se dio el fin de la guerra y llegó la paz a Nicaragua.

Sonaron los fusiles, es cierto, aún más, se enterraron unos cuantos fusiles aquí cerca de esta Casa de los Pueblos, pero siguió el hambre, la pobreza afectando a nuestros pueblos, y había heridas que curar de esta guerra sangrienta, dos guerras continuadas, sufridas por el Pueblo nicaragüense.

Y en ese proceso, Su Eminencia siguió acompañándonos a todos los nicaragüenses, y es lo que nos lleva a nosotros a solicitarle en su momento, por iniciativa de los mismos dirigentes de la Resistencia Nicaragüense y Desmovilizados del Ejército, que él asuma la Presidencia de la Comisión, de esta Comisión de Reconciliación y Paz que tiene que ver con las raíces de la violencia.

Hay que acabar con las raíces de la violencia, y las raíces de la violencia están ahí, mientras esté la pobreza, el desempleo, el hambre; mientras estén miles de combatientes de la Resistencia, retirados del Ejército, de Gobernación, esperando respuestas en el campo social y económico. Estará latente, siempre, la violencia, porque, donde hay pobreza la violencia está latente.

De ahí que sigue siendo vigente la urgencia de la Reconciliación, acompañándola de acciones, de pasos prácticos, donde Su Eminencia el Cardenal Obando, al frente de todo ese equipo que ha ido creciendo, viene contribuyendo, en esta nueva fase de nuestra historia, a que los nicaragüenses vayamos cerrando definitivamente, las heridas de la guerra; vayamos cerrando las brechas sociales, las brechas económicas, vayamos fortaleciendo la Reconciliación, el espíritu cristiano, de amarnos nosotros todos, amarnos como Dios lo manda… Amá a tu prójimo como a vos mismo.

Ese es el principio, eso es lo que nos inspira en esta lucha y es lo que nos ha llevado a solicitar a Su Eminencia que esté al frente de esta Comisión. Podríamos continuar relatando lo que recordamos, lo que ha sido esta larga y entregada vida de Su Eminencia.

Y les decía, recuerdo cuando nosotros, aislados en las prisiones, llegaba a visitarnos y cuando también, llegaba a visitar a los reos comunes y luego, después del 79, llegaba a visitar a los ex miembros de la Guardia Nacional que estaban en prisión. Para él, todos éramos nicaragüenses, todos éramos seres humanos, para él todos demandábamos de su fortaleza de espíritu, de su mensaje, de su prédica.

Hoy, en las conmemoraciones del 50 Aniversario de su Servicio Sacerdotal, el Gobierno de Nicaragua, el Gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional y la Gran Unidad, Nicaragua Triunfa, quiere reconocer, en nombre de nuestro pueblo, de todo el pueblo nicaragüense sin distingos ideológicos y políticos, hacer un reconocimiento a Su Eminencia, y sobre todo, agradecerle la infinita disposición que ha tenido de prestarle todo su compromiso con Dios, al pueblo de Nicaragua, a los nicaragüenses; por eso, nosotros decimos, el Cardenal de la Paz, el Cardenal de la Reconciliación, Su Eminencia Miguel Obando y Bravo.

Palabras de Rosario

Vamos a leer el texto que a nombre del Pueblo Presidente firma el Comandante Daniel y que recibirá hoy, Su Eminencia, el Cardenal.

“El Presidente de la República entrega este Reconocimiento especial al Cardenal de la Reconciliación y la Paz, Su Eminencia Miguel Obando y Bravo, en el 50 Aniversario de su vida sacerdotal.

Su Eminencia, el Cardenal Miguel, ha entregado su vida a Nicaragua como Pastor y como guía espiritual, contribuyendo con sus enseñanzas y su ejemplo de compasión, generosidad, perdón y reencuentro al crecimiento del pueblo nicaragüense.

Su Eminencia nos ha mostrado el camino hacia una Nicaragua donde el Amor siembre Justicia, donde la Paz florezca y nuestra Gran Familia pueda cosechar bienestar y prosperidad, en el espíritu cristiano de comunidad trascendente, que Jesucristo nos señala como ruta de redención.

Managua, nueve de Agosto del año 2008, con reconocimiento y gratitud de todo nuestro pueblo. Daniel Ortega Saavedra.”

 

Palabras de Su Eminencia

Cardenal Miguel Obando y Bravo

Buenas tardes señor Presidente y señora doña Rosario; honorables miembros de la mesa que preside; hermanos todos en Cristo Nuestro Señor.

Veo que el señor Presidente tiene una memoria prodigiosa, se ve que es un buen historiador, porque recuerda los hechos con tanta claridad. Yo he conocido al señor Presidente Ortega, cuando yo era Rector del Seminario Salesiano, en San Salvador; por cierto, era un sábado, yo acostumbraba los sábados manejar el carro, ir del lugar donde estábamos a Santa Tecla, ahí había un Colegio Salesiano muy grande, iba a buscar siempre un confesor para los seminaristas, un confesor que no estuviera en la Casa del Seminario, sino alguien distinto.

Recuerdo que apenas llegué y entré al Santa Cecilia, él gentilmente llegó y me saludó, me dice, yo soy liberteño como usted; me saludó y nos conocimos, yo había conocido a la familia de él, porque yo puedo ser su tatarabuelo, los había conocido en La Libertad, pero a él no lo conocía. Ahí nos conocimos, y estuvimos platicando un rato, no me imaginé que con él nos íbamos a encontrar más tarde en unas circunstancias difíciles y, actualmente, como Presidente.

Como él decía muy bien, las mediaciones se han hecho por voluntad también de ustedes, que jugaron un papel importante, porque yo fui propuesto siempre como mediador por ustedes, y la otra parte, naturalmente estaba de acuerdo, porque no se puede ser mediador si una de las partes no lo acepta.

Recuerdo que la primera mediación que él nos trajo a la memoria fue la Casa de Chema Castillo. Yo tenía ya muchos meses que no conversaba con el Presidente Somoza, él había querido que yo estuviera en un acto, pero tuve que quedarme en Roma, por circunstancias especiales y tenía meses que no me hablaba.

Y recibí, a las cuatro y cuarto de la mañana, una llamada… es que a mí las llamadas me las hacen de mañanita, también la llamada cuando me dijeron que ya dejaba, fue a las 3 y media, se ve que soy hombre que madruga. Bueno, eran las cuatro y cuarto de la madrugada, me llamaron por teléfono, levanté el teléfono: “aló ¿con quién hablo? Presidente Somoza le habla.”

Hacía bastante que nos no comunicábamos, me llamó, me dice: vea ¿pudiera usted venir, para un asunto muy delicado? Me dice, si quiere le mando el carro, yo digo, pues no, no hace falta que mande el carro, yo tenía un carrito, que creo que manejó el Magistrado Rivas, fui a la Casa Presidencial y vi aquello que estaba muy tenso, y me contó el hecho que quería que mediara.

Era la primera mediación que yo hacía de esa clase, la primera la había hecho cuando era estudiante de Teología. Recuerdo que los compañeros de Teología me nombraron, cuando yo estaba en último año, coordinador de todo el grupo; pero al mismo tiempo que me nombran coordinador de todo el grupo, me dan el encargo que vaya a hablarle al director, al rector del seminario, que era un doctor en Sagradas Escrituras, pero era un alemán.

Primera mediación que hago ahí, que vaya a mediar para que no demos el examen de los Seis Capítulos del Génesis en Hebreo, sino que los compañeros piden que nos haga el examen en griego, y que si el rector es tan generoso, que nos permita hacerlo en latín, que nosotros en ese tiempos dominábamos muy bien, porque estudiamos como 8 años, en este tiempo… porque creo que ya me voy olvidando.

Esa mediación la pierdo, porque le digo Padre, vengo en nombre de mis compañeros, que nos haga el favor de hacer los primeros Seis Capítulos del Génesis, no en Hebreo, porque en Hebreo sólo tenemos año y medio de estudio, en griego tenemos más y latín mucho más, y si usted es generoso, en latín.

Él me miró, un alemán, muy buena persona, pero de carácter recio, echó una mirada y me dijo en italiano: dile a estos poltroni, que en italiano significa haraganes, que no solamente los Seis Capítulos del Génesis, sino todo el Génesis. Esa mediación la perdí, y llevé la mala noticia a los compañeros, dice que no sólo los Seis Capítulos, sino todo el Génesis.

La segunda mediación, con la ayuda de Dios y la ayuda de ustedes, sí, fue un poco difícil. Recuerdo que era la primera experiencia que tenía y un periodista me preguntaba hace poco ¿no tenía miedo usted? Bueno, tenía que entrar solo, hablé con los jóvenes que estaban donde Chema Castillo, porque me decía Somoza que me aceptaban, pero yo quise cerciorarme, ¿ustedes me aceptan como mediador? porque no me voy a meter a un lugar donde no me aceptan.

Me dijeron, sí lo aceptamos y ¿cómo entro? entre con un pañuelo blanco en la mano. Yo entré con el pañuelo blanco en la mano, y ya estaba todo eso rodeado de Guardias, hasta había un tanque detrás de la Casa de Chema Castillo a esa hora.

Entré, naturalmente cuando llegué había sangre, y un muerto ahí, toqué la puerta, me dijeron quién es, el Arzobispo Obando que ustedes me han pedido que trate de negociar, vamos a abrirle pero tenga paciencia; comenzaron, había una gran refrigeradora que habían puesto en la puerta para que no se entrara, la abrieron un poquito, pero en ese tiempo yo era más delgado, sin embargo, al querer entrar no logré, y perdí algunos botones de la sotana, entré como con cuatro botones menos a la casa.

Al principio no dejó de asustarme una ametralladora que me apuntaba, porque claro, eran las precauciones, porque podía ser alguien que se hacía pasar por mi persona; entré, los saludé y comenzaron las negociaciones.

Para mí ha sido la negociación más complicada, más que la del Palacio Nacional, pero ésa fue la más complicada, porque era difícil; pero me di cuenta que el diálogo soluciona el problema, hubo un momento en que el ánimo se puso muy caldeado y me dijeron: “ve, este problema sólo se arregla a balazos.” El propio Presidente Somoza, no sé si quiso usar recursos psicológicos, pero estaba muy disgustado… “Yo con 40 hombres, con chalecos de acero, los saco.”

Le digo, creo que esto no conviene, porque va a haber derramamiento de sangre; le hice el racionamiento, está su cuñado, también están otros diplomáticos; y va a haber derramamiento de sangre, porque yo creo que los encargados de estar viendo, no están con las manos, ellos también tienen armas y probablemente van a haber muertos, ¿por qué no agotamos todos los medios? Alguien me ayudó también para calmar un poco, y se agotaron los medios un poco y volví.

Pero sí, costó muchísimo llegar al acuerdo, pero me di cuenta que a través del diálogo y con la ayuda de Dios, llegamos al acuerdo, y hemos volado después a Cuba; recuerdo, usted iba a la par mía, llevaba una ametralladora, pero tenía una granada en la mano y con la granada jugaba así como cuando estamos jugando con una bola, yo no sé mucho de armas, pero pensé que si caía, puede ser que yo esté equivocado, no sé de armas, y le digo: si esta cuestión cae en el avión… pero no, era la juventud y el entusiasmo.

Creo que el señor Presidente tiene un gran mérito cuando hablamos de la Reconciliación, yo me acuerdo que estuvimos en la Curia 3 horas platicando la necesidad de buscar la Paz, porque había ya muertos, no sé cuántos muertos habría, pero había una cantidad muertos, y él aceptó que realmente buscáramos la Paz y nombró una comisión, si no me falla la memoria.

En esa comisión estaba, naturalmente, el señor Presidente de la Asamblea, René Núñez; también el doctor Sergio Ramírez, que era Vicepresidente; el doctor Parajón, dos personas de los Partidos y yo pedí que me permitieran que Monseñor Bosco me acompañara y comenzamos ahí las negociaciones.

Después, él me nombró mediador. Esas mediaciones sí fueron complicadas, complicadísimas; anoche le recordaba al Vicepresidente, don Jaime, que nunca pensé que me iba a encontrar con el Vicepresidente, que era el negociador de la Resistencia, digo, nunca lo pensé, porque cuando yo fuí a estudiar a El Salvador, viajamos en el tren de Granada a Managua, pero de tarde, entonces dormimos en la casa del doctor Jaime Morales Carazo. Yo era un joven, él era un niño, nunca pensé en ese momento que nos íbamos a encontrar. Nos encontramos, él era el negociador de parte de la Resistencia, costó mucho, como decía el señor Presidente, porque cuando ya hay guerra, el odio se acrecienta, había mucho odio.

Lo que dijo el señor Presidente, es cierto, me decían, reúnase con estos individuos, en Santo Domingo, donde el Cardenal de Santo Domingo, muy gentil nos prestó su salón y nos dio también comida durante el tiempo que estuvimos ahí. Pero, decían, invítenos 15 minutos para que nos respiremos el aire que estos hijos de… no sé que sigue después, están respirando.

Después se llegó al diálogo, yo me quedo realmente, hoy, admirado, en la Comisión de Verificación, Reconciliación, Justicia y Paz, ahí hay gente del Ejército, gente de la Resistencia, gente del Ministerio de Gobernación, creo que hay madres de héroes y mártires, y vemos que se dialoga y se discute, diríamos que a la altura. Creo que el diálogo es el medio siempre para solucionar los problemas.

Quiero agradecer al señor Presidente y a la Primera Dama, y a todos los que han intervenido por esta gentileza que tienen, al darme este reconocimiento, que no es solamente fruto del trabajo mío, sino del trabajo de ustedes, que supieron realmente, en ese momento, dialogar y buscar cómo encontrar la Paz; esa Paz que debe estar apoyada en la Verdad, en el Amor, en la Justicia y en la Libertad.

Tenemos que pedirle al Señor que resplandezca la Paz y que los nicaragüenses nos amemos como hermanos, todos somos nicaragüenses y debemos entendernos por medio de cauces civilizados.

Gracias a todos por esta distinción, gracias señor Presidente, gracias doña Rosario.

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