Nicaragua

La murmuración y la calumnia

“En una de las mediaciones en las que participé durante las guerras, mientras se hacía un alto al fuego, un grupo de personas que había sufrido fuertemente las consecuencias de los combates, me solicitó que les ayudara a conseguir armas para enfrentar el combate. Mi respuesta fue: “La paz no se consigue con las armas, […]

Redacción Central |

“En una de las mediaciones en las que participé durante las guerras, mientras se hacía un alto al fuego, un grupo de personas que había sufrido fuertemente las consecuencias de los combates, me solicitó que les ayudara a conseguir armas para enfrentar el combate. Mi respuesta fue: “La paz no se consigue con las armas, pero cuenten con que gestionaré ayuda humanitaria“. Ni entonces, en los momentos más duros de las guerras, ni nunca he gestionado armas para ninguna persona”

La murmuración se asemeja a la falsa moneda, que acuñada al principio por grandes criminales, es consumida luego por personas honradas que perpetúan el crimen sin saber lo que hacen.

La lengua es una espada, una lanza, la más aguda, que con un solo golpe atraviesa tres personas: la que habla, la que escucha, y la tercera de quien se habla. Estamos infectados de mentiras. Mentiras que manchan la buena reputación de gente honrada. Torrentes de mentiras que intentan destruir los hogares, la Iglesia, y que se fabrican en los corazones corrompidos, envidiosos, celosos, ociosos, e irresponsables. Mentiras elaboradas por esa raza a la que perteneció aquel que dijo de sí mismo: “Soy un dinamitero; el hombre más peligroso que ha existido en la humanidad”. Ese fue Nietzsche que, entre otras frases diabólicas escribe: “Mentid, mentid, mentid”. Algo parecido escribe Maquiavelo que ha hecho tristemente famosa su frase: “Calumnia que algo queda”. Es una verdad inmensa asegurar que la calumnia deja algo. Quitada la fama, es luego muy difícil restituirla toda. Probad, si no, derramar el agua contenida en un vaso, y tratad luego de recogerla toda con el propósito de llenar el mismo vaso. No lo conseguiréis porque algo queda en el suelo.

En la edición de El Nuevo Diario del domingo 29 de abril pasado, aparece una entrevista de la señora Michelle Najlis, con el título “Binomio de la doble moral”, en la que afirma: “la oposición de la Iglesia fue la oposición en ese momento, era la que lideraba la oposición, creo yo, o sea, a nivel político, no estoy hablando a nivel militar. Incluso a nivel militar porque Obando fue a pedirles armas a los gringos para la contra”. Por ser una entrevista publicada en un medio de comunicación escrito, en honor de la Verdad debo responder por el mismo medio.

Las circunstancias históricas que hemos vivido en los últimos cuarenta años han sido de constantes situaciones conflictivas que nos han llevado hasta guerras civiles con el consiguiente costo de mortandad, llanto, luto, dolor y pérdidas materiales. En estas circunstancias me ha correspondido intervenir buscando el diálogo como único medio de lograr la paz y la reconciliación entre todos los nicaragüenses sin exclusión.

En una de las mediaciones en las que participé durante las guerras, mientras se hacía un alto al fuego, un grupo de personas que había sufrido fuertemente las consecuencias de los combates, me solicitó que les ayudara a conseguir armas para enfrentar el combate. Mi respuesta fue: “La paz no se consigue con las armas, pero cuenten con que gestionaré ayuda humanitaria”. Ni entonces, en los momentos más duros de las guerras, ni nunca he gestionado armas para ninguna persona.

Por eso, afirmo que es absolutamente falsa la declaración de la señora Michelle Najlis.

Por mi formación y vocación sigo la doctrina del Señor Jesús cuando ordenó a Pedro: “Vuelve la espada a su sitio, pues quien usa la espada perecerá por la espada”.

El perdón de los enemigos, sobre el que dieron ejemplo los mártires de todas las épocas, es una prueba decisiva y un testimonio convincente del radicalismo del amor cristiano.

El perdón no se opone en modo alguno a la búsqueda de la verdad, sino que sencillamente exige la verdad. El mal realizado debe ser admitido y en la medida de lo posible corregido.

Los seguidores de Cristo, bautizados en su muerte y en su resurrección, deberíamos ser siempre hombres y mujeres de misericordia y de perdón.

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