Nicaragua

Concedan a Ortega una oportunidad, dicen nicaragüenses pobres

MANAGUA – A un par de cuadras del reluciente palacio de gobierno de Nicaragua, Rosa Galán comparte dentro de una sucia choza con dos hijas su cama de metal que tiene cartones en lugar de colchón

Redacción Central |

MANAGUA – A un par de cuadras del reluciente palacio de gobierno de Nicaragua, Rosa Galán comparte dentro de una sucia choza con dos hijas su cama de metal que tiene cartones en lugar de colchón

Ellas forman una de los cientos de familias que habitan en refugios de madera y láminas dentro de húmedos cascarones de lo que alguna vez fueron ostentosos edificios que se derrumbaron con un terremoto en 1972 y que nunca fueron reconstruidos.

Galán gana tres dólares diarios lavando ropa con agua de un camión cisterna municipal.

Como muchos pobres nicaragüenses, Galán votará el domingo en las elecciones presidenciales por el izquierdista Daniel Ortega, que marcha favorito en las encuestas, y que de triunfar llevaría a los sandinistas de regreso al poder tras años de gobiernos conservadores apoyados por Washington.

Ortega inspiró a muchos nicaragüenses -e izquierdistas alrededor del mundo- con ambiciosos programas de salud y alfabetización puestos en marcha después de la revolución liderada por su ejército rebelde sandinista.

«Espero que Daniel gane… si no gana, nada cambiará», dijo Galán, de 42 años, cuyos ingresos no le permiten ampliar su alimentación más allá de arroz, frijoles y una pieza de pollo.

«Quisiera tener un colchón o una televisión para mis hijas, pero no me queda nada al terminar la semana», agregó.

Pero muchos en Nicaragua podrían envidiar los ingresos de Galán y su humilde hogar, una muestra de la profunda pobreza, un tema central en los comicios presidenciales.

Después de 16 años de presidentes derechistas que reemplazaron en 1990 al gobierno marxista liderado por Ortega, ocho de cada 10 nicaragüenses viven con dos dólares diarios o menos. Y muchos de ellos quieren darle a la izquierda otra oportunidad.

NUEVA REVOLUCIÓN

La guerra civil, malas administraciones y un embargo comercial de Estados Unidos aplastaron el sueño sandinista con un derramamiento de sangre y un colapso económico en la década de 1980.

Ahora, los sondeos de opinión dan a Ortega una buena oportunidad de regresar al poder después de que fue sacado de la silla presidencial por los votantes cansados de la guerra que decidieron apostar a gobiernos conservadores.

Viejos combatientes sandinistas dijeron que ya libre de la guerra, Ortega podría reparar años de fracasos capitalistas con subsidios y préstamos para campesinos, que ahora son ayudados con fertilizante de bajo costo y combustible que envía el presidente venezolano, Hugo Chávez, un cercano aliado.

«Nuestra revolución fue para liberar a los pobres de la explotación de los ricos, pero cayó en manos de los capitalistas», dijo Pedro Romero, de 50 años, quien ayudó en 1979 al derrocar a la dictadura de la familia Somoza y que quedó en una silla de ruedas por un disparo en la columna vertebral.

Analistas dicen que Ortega podría luchar aún por implementar costosos programas sociales, pero disidentes sandinistas afirman que ahora es más bien un político hambriento de poder.

Con un crecimiento económico de un 4 por ciento el año pasado y una estimación privada de una tasa de desempleo del 24 por ciento, economistas dicen que incluso las mejores políticas sociales tardarían décadas en incrementar los niveles de vida.

En Managua, carretas tiradas por caballos flacos se mezclan con relucientes vehículos todo terreno y jóvenes adictos a la droga que rondan centros comerciales similares a los de Estados Unidos y que ya empiezan a surgir en la ciudad.

En el barrio pobre que se extiende frente al Lago Managua, un viejo sitio de recreación construido por sandinistas, es ahora tierra de nadie con pastos crecidos y oxidados tanques.

«Yo llegué aquí hace 21 años buscando una vida mejor y míranos, no tenemos ni una silla decente para sentarnos,» dijo Santos Epifanía Maldorada, de 49 años, quien vive entre ruinas del terremoto y mantiene a su familia zurciendo ropa.

«Los gobiernos no reparan en nosotros,» agregó molesta, mientras lustraba su vieja máquina de coser manual.

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