Nicaragua

Mártires que regresan

Cuando en aquella mañana de octubre de 1981 la noticia del asesinato de dos maestros cubanos en la comunidad nicaragüense de Consuelo Bajo alcanzó a los mineros de Siuna, Zelaya Norte entró en luto. El Comandante Daniel Ortega, entonces coordinador de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, lo había confirmado: los cadáveres de los internacionalistas cubanos Pedro Pablo Rivera y Bárbaro Rodríguez serían custodiados por la Central de Trabajadores Sandinistas.

maestros cubanos
La contrarrevolución en nicaragua la emprendió contra los maestros cubanos que fueron a alfabetizar a ese pueblo centroamericano. - Foto: Granma/Archivo | Granma

Redacción Central |

Cuando en aquella mañana de octubre de 1981 la noticia del asesinato de dos maestros cubanos en la comunidad nicaragüense de Consuelo Bajo alcanzó a los mineros de Siuna, Zelaya Norte entró en luto. El Comandante Daniel Ortega, entonces coordinador de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, lo había confirmado: los cadáveres de los internacionalistas cubanos Pedro Pablo Rivera y Bárbaro Rodríguez serían custodiados por la Central de Trabajadores Sandinistas.

Eran los días difíciles de la reconstrucción en un país dividido en graves extremos, y el somocismo, como el resto de las dictaduras en América Latina, alentaba a brutales acciones de resistencia al cambio progresista. Nicaragua, en las adversas condiciones de «educación en pobreza», guerreaba contra los lastres de un modelo educativo elitista, cómplice de antiguos paradigmas de exclusión étnica y cultural.

En aquellas circunstancias, era claro que la paz se convertía en el más importante factor de cambio social. Pero la nueva conciencia de un hombre también nuevo amenazaba los planes del imperialismo en la región. Sin perder un solo minuto, la contrarrevolución planeó un implacable cerco mediático, y la emprendió contra la presencia de los internacionalistas cubanos, causando revuelos propagandísticos que la atribuían a fines militares del «gobierno comunista».

«Sí, son tropas especiales de la educación, de la cultura, de la moral, de la dignidad», diría el Comandante en Jefe Fidel Castro, al recordar la valentía de aquel contingente de hombres y mujeres expuestos a las más duras condiciones de existencia, en los más recónditos parajes de una volcánica geografía.

Años después, la agresión había cambiado la realidad concreta de aquella sociedad, y sus verdaderos efectos, los traumáticos e irreversibles, se contaban en escuelas destruidas, aulas clausuradas, centenares de maestros muertos, secuestrados o torturados. Nicaragua se desangraba por sus escuelas, por sus cientos de miles de analfabetos, por el más vulnerable flanco de su pobreza.

La guerra sucia contra Nicaragua desangró al país y resultó la razón fundamental para la derrota electoral del FSLN. Aquella paz ensangrentada y los gobiernos que le siguieron fue el marco propicio para desmantelar las principales conquistas de aquella revolución.

Tres administraciones consecutivas consiguieron, con fórmulas neoliberales, reimplantar el analfabetismo y elevarlo hasta el 30% de la población.

Pero el ejemplo de Pedro Pablo y Bárbaro volvía por sus fueros con el método cubano Yo, sí puedo, que se aplica a miles de nicaragüenses iletrados en municipios gobernados por el Frente Sandinista.

Por eso, cuando este octubre más de dos millones de hombres y mujeres alfabetizados habían dicho «Yo, sí puedo» en América Latina, los mártires de Zelaya volvían por los caminos de Siuna, como árboles, como predijo el Apóstol de aquellos que por maravillosa compasión de la naturaleza, como se dan, crecen.

también te puede interesar