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Paradojas de la “guerra contra el terrorismo”

Desde los talibanes hasta las ramificaciones de Al Qaeda reciben un copioso financiamiento… de sus enemigos

Guerra en Afganistán
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Joaquín R. Hernández |

La noticia, divulgada en 2010, causó consternación.  Un periodista estadounidense, Aram Roston, denunció que el movimiento talibán, en una enredada combinación en la que aparecían familiares allegados de Hamid Karzai, estaban recibiendo gruesas sumas…   del Pentágono.

“Funcionarios militares de Estados Unidos en Kabul estiman que un mínimo del diez por ciento de los contratos logísticos del Pentágono –cientos de millones de dólares– consisten en pagos a la insurgencia”, reveló Roston.

¿Pagos a las fuerzas talibanes?  

Una buena parte de la logística que entonces abastecía a las tropas norteamericanas y a sus aliados afganos debía atravesar las temibles cordilleras montañosas que ocupan la mayor parte del territorio del país centroasiático.

Un país donde la organización tribal regional es mucho más fuerte que las estructuras estatales y de gobierno, muchas veces ni siquiera conocidas por los habitantes de estas agrestes regiones.  Grandes señores de la guerra, implantados allí desde los combates contra las tropas soviéticas, imponen su reino a través de milicias de lealtad probada.

Y para cruzar por sus territorios, simplemente, había que pagar, aunque tales milicias y tales señores formaran parte de la resistencia a la ocupación yanqui.

Pero nada era tan sencillo.  Detrás del gran negocio en que se convirtió el pago de un peaje tan costoso aparecieron las empresas privadas contratadas por el Pentágono para el trámite logístico.

En la denuncia de Roston aparecían vinculadas a estas empresas importantes figuras de la familia Karzai, antiguos personajes vinculados con los talibanes y hasta promotores de lobbies políticos operantes en Washington.

Aparecieron así en la directiva de una tal  Campaign for a U.S.-Afghanistan Partnership, Ahmed Wardak, hijo del entonces ministro de Defensa afgano y a la vez presidente de NCL Holdings, una de las principales firmas privadas asociadas a la guerra.

O Ahmad Rateb Popal, traductor del canciller de los talibanes antes de la invasión de 2001. Popal, primo del presidente Karzai, controlaba el importante Watan Group, un consorcio especializado en telecomunicaciones, logística y seguridad.

Estas empresas tenían la responsabilidad de proteger los convoyes desde Pakistán hasta sus destinos en suelo afgano, a través de los pasos entre las encrespadas cordilleras, dominadas por tribus armadas, señores de la guerra y formaciones talibanes.

Roston precisaba: El ejecutivo estadounidense con quien hablé fue muy específico: “El Ejército está pagando al Talibán para que no le dispare. Es dinero del Departamento de Defensa”.

El nuevo escándalo

Si parecía rara y hasta un hecho aislado, confinado al escenario afgano, la paradoja ha vuelto a reproducirse, con otros actores y otras características.

Pero una vez más, los dineros del mundo occidental van a parar a los bolsillos de sus peores enemigos.

El New York Times acaba de destapar una larga historia, que comenzó incluso mucho antes de las revelaciones de Roston.

Desde principios de la pasada década, las organizaciones islamistas extremistas -algunas desconocidas, que operaban en los desiertos del norte de África-  vienen cobrando rescates a los gobiernos europeos a cambio de la devolución de ciudadanos de sus países secuestrados.

Es una historia que comienza en 2003 con el secuestro de turistas de varios países europeos en desiertos argelinos.  El grupo salafista que cometió el hecho pidió el rescate de la manera más rústica: una carta manuscrita dejada bajo una piedra.

Los países afectados pagaron en secreto, y los rehenes fueron liberados.

Desde entonces hasta hoy, el sistema se ha acrecentado, los pagos han aumentado exponencialmente y sus protagonistas son otros: Al Qaeda en el Magreb, Al Qaeda en la península arábica, en Yemen, y Shabab en Somalia, aparecen entre los principales artífices de los secuestros.

Ya no dejan piedras bajo las rocas.  Ahora utilizan los medios modernos de comunicación, transmiten videos y se comunican desde el desierto con teléfonos satelitales.

Las cifras también han variado.

Según el New York Times, si en 2003 se pagaban 200 mil dólares por cada rehén, hoy la cifra alcanza los 10 millones.  Según voceros de los secuestradores, las cifras que se recaudan sufragan al menos la mitad del presupuesto de sus operaciones.

Y hasta se han creado nuevas “políticas comerciales”.  Si durante la guerra de Irak se generalizaron los videos en que aparecían las ejecuciones de los rehenes, hoy la cifra de los que mueren es mínima.

Solo estadounidenses y británicos se niegan a pagar rescates: por esta razón, en pura lógica comercial, cada vez hay menos estadounidenses y británicos entre los secuestrados.

“Los norteamericanos nos insisten en no pagar rescates.  Y nosotros les respondemos: no queremos pagar, pero no podemos perder a nuestra gente”, declaró un embajador europeo involucrado en el incidente de 2003.

Como los restantes entrevistados -salvo las víctimas, que hablaron claramente- el embajador pidió el anonimato: sus gobiernos niegan públicamente y hasta se comprometen a no negociar con las organizaciones islamistas.  Pero tras bambalinas, pagan.

Son nuevas y terribles realidades, cuyo enjuiciamiento no puede detenerse en la simple anécdota.  Lo que vemos hoy con sorpresa es el resultado de lo que años de injusticia y de desdén imperial por la suerte de estos países, ha generado.

Entre tanto, los reales problemas, las más encarecidas aspiraciones y los sueños irrealizados de los habitantes de estas castigadas regiones, se ven opacados, relegados al futuro incierto que el caos reinante ha impuesto sobre sus pueblos.

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