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Arabia Saudita y Qatar: duelo de monarquías

Con historias y realidades diferentes, ambos países intentan capitalizar los movimientos que tienen lugar en el Oriente Medio

Redacción Central |

Con historias y realidades diferentes, ambos países intentan capitalizar los movimientos que tienen lugar en el Oriente Medio

Giorgio Cafiero

El Mercurio Digital

La desaparición de los regímenes autocráticos laicos de Oriente Medio y África del Norte ha supuesto un renacimiento de los partidos islamistas en la región, desatando la competencia por los corazones y las mentes del mundo sunní entre Arabia Saudita y Qatar. Estas petro-monarquías vecinas han tratado de influir a su favor en las transformaciones políticas en el Levante y el norte de África, tanto para promover sus intereses geopolíticos como para asegurar que sus propias poblaciones no iniciaban levantamientos populares.

Aunque ninguno de estos países es precisamente un bastión de la democracia en su política interna, Qatar ha demostrado ser mucho más susceptible que Arabia Saudita a la hora de fortalecer movimientos islamistas democráticos en el extranjero. La rivalidad entre Qatar y Arabia Saudita que ello implica socava el papel histórico de Arabia Saudita como “autoproclamado baluarte del conservadurismo islámico” en Oriente Medio y el motor estratégico del Consejo de Cooperación del Golfo.

Las tensiones históricas

Históricamente, la relación saudí-qatarí ha estado marcada por la desconfianza mutua, aunque atemperada por un interés común en mantener la estabilidad en el Golfo Pérsico. Antes de la independencia de Qatar en 1971, las conexiones de la familia real saudí con empresarios, miembros de la familia gobernante y las tribus beduinas de Qatar permitieron a Riyadh proyectar una fuerte influencia saudí en los asuntos de su pequeño vecino del Golfo.

En 1992, dos guardias qataríes murieron en un enfrentamiento en la frontera saudí-qatarí, precipitando una década de malas relaciones. Unos años más tarde, miembros del gobierno de Qatar acusaron a Riyadh de intentar un contragolpe en 1996, después de que el Emir Jeque Hamad bin Khalifa Al Thani derrocó a su padre en un golpe de palacio incruento en 1995. Las relaciones empeoraron a medida que los medios públicos de comunicación de cada país emitían una imagen negativa del otro país a lo largo de la década de 1990. En julio de 2006, las autoridades saudíes contactaron a los promotores financieros del proyecto submarino de gas natural Dolphin, un gaseoducto 3.5 mil millones de dólares que unía a Qatar con los Emiratos Árabes Unidos, y les comunicaron que el gasoducto penetraría en aguas territoriales saudís sin el consentimiento de Riyadh. Otra tubería de conexión entre Qatar y Kuwait creó tensiones similares.

Sin embargo, en septiembre de 2007 comenzó un cierto acercamiento, cuando el jefe de Estado qatarí realizó una visita oficial a la familia real saudí en Riyadh, seguido de una visita del rey saudí Abdullah bin Abdulaziz a Doha en diciembre de ese año. A lo largo de 2008 y 2009, las autoridades de Arabia Saudita y Qatar intercambiaron visitas diplomáticas y resolvieron muchas de las tensiones acumuladas en los últimos 15 años, aunque los cordiales lazos de Qatar con Irán siguen siendo una espina en las relaciones entre Riyadh y Doha.

El despertar árabe

A pesar de la mejora de relaciones que se inició hace seis años, la “primavera árabe” ha reavivado las tensiones. Arabia Saudita, que se suele considerar un “estado contrarrevolucionario” por su papel en la represión de los movimientos democráticos en toda la región, teme la ola de levantamientos populares que amenazan su posición como el guardián de un orden conservador que ha establecido el equilibrio de poder regional para las generaciones venideras. Por el contrario, con la excepción del vecino Bahrein, Qatar se ha alineado con las fuerzas revolucionarias.

Sus distintas posiciones sobre los Hermanos Musulmanes se han convertido además en una fuente de tensión particular. La familia real saudí tiene la peor opinión de las victorias democráticas electorales de las diversas filiales de la Hermandad Musulmana en la región, considerando que la versión islamista de un sistema político “democrático” de la Hermandad es una amenaza para su propio sistema monárquico autocrático. David Ottaway, un reconocido analista del Centro Woodrow Wilson, explica: “En Arabia Saudita, no hay partidos políticos, no hay sindicatos y muy poca sociedad civil “. “En Egipto, es casi exactamente lo contrario. Hay un montón de partidos políticos, sindicatos y sociedad civil. Los Hermanos Musulmanes aceptan la realidad en Egipto; una realidad que los saudís rechazan en el caso de su propia sociedad”. Por su parte, los Hermanos Musulmanes egipcios se oponen con todas sus fuerzas a la monarquía saudí, a la que consideran una marioneta decadente y corrupta de las potencias occidentales.

Por el contrario, Qatar ha fomentado una alianza amistosa con la Hermandad Musulmana. La entusiasta cobertura del levantamiento egipcio por Al Jazeera, propiedad del Estado de Qatar, sin duda contribuyó a la caída del dictador Hosni Mubarak. “Una vez que la protesta comenzó a hacerse masiva, la comunicación y la coordinación se hicieron menos esenciales. Bastaba simplemente con mirar al-Jazeera para saber dónde y cuando estaban teniendo lugar las protestas”, escribe Marc Lynch, director del Instituto de Estudios de Oriente Medio de la Universidad George Washington. Al-Jazeera “se convirtió en el hogar indiscutido de la revolución en las ondas”, ofreciendo “un punto focal al público de todas partes para compartir la protesta revolucionaria”.

Tras la caída del régimen de Mubarak, la influencia de Qatar siguió creciendo. En marzo de 2011, Khairat al-Shate, entonces candidato presidencial de la Hermandad Musulmanavisitó Qatar durante varios días para discutir “la coordinación entre la Hermandad, el Partido de la Libertad y la Justicia y Qatar en el próximo período”, según el periódico TheEgiptian Independent, sugiriendo que Doha tenía sus propios intereses en juego según cual fuese el resultado de las elecciones democráticas en Egipto. Además, el popular presentador de la cadena de televisión Al Jazeera, Yusuf al-Qaradawi, de nacionalidad qatarí pero de origen egipcio, es un miembro de los Hermanos Musulmanes.

Pero mientras que Al Jazeera defendía la sublevación de la plaza Tahrir, el rey saudí Abdullah se ofrecía para financiar a Mubarak. El rey saudí aconsejó a la Administración Obamapermanecer fiel al dictador hasta el final, incluso si las fuerzas egipcias comenzaban a matar manifestantes desarmados. Cuando el presidente Obama se negó a seguir el consejo de Riyadh, el régimen saudí amargamente acusó a Washington de tirar a Mubarak “como un kleenex usado”.

También en Túnez, donde nació la “primavera árabe”, muchos han atribuido el éxito del partido islamista Ennahda a la inyección de petrodólares qataríes. El hecho de que la primera visita internacional postelectoral del primer ministro Rashid al-Ghannouchi fuese a Qatar, y que su yerno, antiguo analista de Al Jazeera en Doha, se convirtiera en ministro de Asuntos Exteriores también ha avivado las sospechas sobre los vínculos existentes entre el emirato del Golfo y el partido Ennahda.

Los rumores han provocado incluso protestas en Túnez contra la injerencia en los asuntos internos tunecinos de Qatar. Por el contrario, a Ghannouchi no se le permite ni entrar en Arabia Saudita, donde el depuesto dictador Zine El Abidine Ben Ali recibió inmediatamente asilo política tras el derrumbe de su régimen como consecuencia de las protestas populares.

Hermanos Musulmanes versus salafistas

Para contrarrestar el auge de los islamistas moderados afiliados a los Hermanos Musulmanes, Arabia Saudita ha apoyado a sus rivales salafistas , que tienen una interpretación política más extremista del islamismo. “Los salafistas consideran que la Hermandad no es suficientemente islamista y tiende demasiado al compromiso”, explica Khalil al-Anani, politólogo especialista en el Medio Oriente de la Universidad de Durhan. “Los Hermanos, a su vez, creen que las posiciones de los salafistas son ingenuas, demasiado rígidas, poco centradas e inadecuadas al contexto egipcio moderno. Los Hermanos han demostrado en su participación esporádica en parlamentos anteriores que su enfoque principal es la política y no cuestiones religiosas o culturales”.

Después de las elecciones de 2011-2012, un dirigente de los Hermanos Musulmanes declaró que las prioridades de su partido eran “la reforma económica y la reducción de la pobreza… no [luchar contra] bikinis y el alcohol”. Los salafistas, por el contrario -de acuerdo con el profesor Christopher Alexander- están unidos en torno a “una vuelta al velo en las universidades y oficinas públicas, la segregación de género y la oración pública en los campus universitarios, así como la eliminación de los partidos políticos y las elecciones como pecado contra la soberanía de Dios”.

Según Mara Revkin, un académico del Centro Rafik Hariri para Oriente Medio, el partido salafista egipcio Al Nour, que quedó en segundo lugar tras el Partido Libertad y Justicia, con un 24,3% de los votos, recibió un flujo “constante de fondos, muchos de ellos provenientes de los Estados del Golfo, [que] otorgaron a los candidatos salafistas una ventaja económica significativa sobre sus rivales”.

Revkin añade que el apoyo de Arabia Saudita a los salafistas egipcios es “espiritual y material”. Un clérigo salafista de Arabia Saudita, Adnan Alkhtiry, visitó Egipto poco antes de las elecciones parlamentarias y pronunció un sermón llamando a los musulmanes conservadores de Egipto a aprovechar “la gran oportunidad para establecer un estado islámico y no salir de las elecciones con las manos vacías o dejar al país en manos de quienes no viven la vida de un punto de vista religioso”.

La vista desde Riyadh

La “Primavera árabe” no es el primer movimiento en Oriente Medio que ha sacado de sus casillas al régimen saudí. El auge del nacionalismo árabe durante los años 1950 y 1960 y la revolución iraní de 1979, desafiaron igualmente la posición de Riyadh como el eje del equilibrio de poder regional.

De la misma manera que la proactiva política exterior de Arabia Saudita contrarrestó el ascenso de Nasser apoyando a sus enemigos en Yemen y al régimen revolucionario deJomeini financiando a Saddam Hussein durante la guerra Irán-Irak, el actual apoyo de Riyadh a las facciones salafistas en los países árabes en proceso de reforma política es el último intento de contrarrestar el auge de los movimientos regionales que entran en conflicto con los intereses del reino. Sin embargo, Qatar, gracias a sus ricos recursos y su agenda regional, disfruta de una ventajosa posición sin precedentes para competir en generosidad con los saudís en Oriente Medio.

Al apostar por caballos diferentes en Egipto y Túnez, Arabia Saudita y Qatar se han convertido en rivales en un mundo árabe en transición. El surgimiento de un Islam conservador aunque democrático puede ser la ola que impulse a Qatar, para consternación de Arabia Saudita. Sin embargo, la influencia de Qatar podría verse empañada por la recuperación en el futuro de la influencia regional de Egipto o Irak. Es más, si la “primavera árabe” se extiende desde Bahrein a otros emiratos del Golfo, Doha tendría que frenar sus ambiciones internacionales y hacer frente al su déficit democrático en su país.

Porque cuando se trata de democracia en el Golfo, los dos reinos dejan de ser inmediatamente rivales.

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