Internacionales

La guerra de Yemen

¿Un nuevo refugio para Al Qaeda?

Redacción Central |

¿Un nuevo refugio para Al Qaeda?

Francisco Veiga
Eurasianhub

La revista Time dedica una espectacular portada alusiva a la guerra de Yemen en su número del 10 al 17 de septiembre. Sobre la fotografía de un soldado del Ejército yemení encaramado triunfalmente a un carro de combate destruido, se puede leer el titular: “¿El fin de Al Qaeda? Yemen está luchando y ganando. Por qué la victoria allí puede significar el final del sueño global de Bin Laden”. El reportaje, firmado por Bobby Ghosh, toma como referencia la recuperación de la provincia de Abyan por las fuerzas gubernamentales yemeníes e, indirectamente, sugiere algunas claves sobre el alcance del conflicto que está teniendo lugar en esa república arábiga.

El reportaje de Ghosh se publica en coincidencia con el aniversario del 11-S, pero también en plena campaña electoral por la Casa Blanca, en un momento en el que el presidente Barack Obama necesita exhibir resultados en política internacional, sobre todo en relación al islamismo radical en MENA. La guerra de Siria, en la cual Washington ha puesto carne en el asador, parece estancada; y en cambio, el peso de las unidades de yihadistas ya se hace sentir, de forma incómoda, en el bando rebelde. En Irak también se vuelve a manifestar la presencia de los islamistas radicales, en forma de cadenas de atentados masivos. Y en lo que fue el norte de Mali, en África, los salafistas parecen estar consiguiendo crear su propio estado soberano: Azawad. Las cosas tampoco van bien en Afganistán, donde se suceden los ataques y atentados contras las fuerzas de la ISAF, y según cómo salgan de ese escenario, en 2014, podría quedar en evidencia que la OTAN va a cosechar su primera derrota militar, y en la “tumba de los imperios”, para más inri. De ahí que proclamar ahora una victoria contra AQAP (Al Qaeda en la Península Arábiga) en Yemen posea una nada desdeñable trascendencia estratégica.

Y parece evidente que eso está sucediendo, al menos desde el punto de vista militar. Porque en Yemen hay una guerra en marcha, y eso desde hace más de un año. La presencia de militantes de Al Qaeda en Yemen se remonta a los orígenes de la organización: no olvidemos que la familia paterna de Osama Bin Laden, comenzando por su padre, era originaria de Hadramut, una de las regiones más castizas de Yemen. Y procedía del valle de Tarim, importante foco religioso musulmán, donde reside el mayor porcentaje mundial de descendientes directos de la familia del Profeta.

Sin embargo, durante el periodo de protestas y enfrentamientos internos que supusieron los meses de la Primavera Árabe en Yemen, desde mediados de enero a finales de enero de 2011, militantes armados de Al Qaeda aprovecharon para hacerse con el control de toda una provincia en el sur del país: Abyan, incluyendo su capital, Zinjibar (20.000 habs.). La operación fue posible porque las mejores unidades el Ejército yemení permanecían en la capital, Sana´a, implicadas en las luchas por el poder entre fuerzas de la oposición y partidarios del presidente Saleh.

La reconquista de esa zona se inició a raíz del acceso al poder por el nuevo presidente yemení que sucedió a Saleh tras su dimisión, en noviembre del año pasado. AbdelRabuMansurHadi, se reveló como un hombre enérgico y eficaz. Logró organizar una fuerza militar de unos 20.000 hombres, compuesta por unidades del Ejército regular –incluyendo algunos medios blindados- y de la Guardia Republicana, con el apoyo creciente de combatientes irregulares, procedentes de las tribus del sur y de los denominados Comités Populares, constituidos en algunas localidades. Y sobre todos ellos, el apoyo aéreo de los estadounidenses, bajo la forma de una fuerza de drones con base en Camp Lemonier, Djibuti, así como equipos de señalización y coordinación sobre el terreno, en Yemen. Aunque los aviones-robot habían estado desempeñando labores de reconocimiento sobre el sur del país ya desde comienzos de 2010, los ataques selectivos con misiles se llevaron a cabo regularmente a lo largo de 2011, y se incrementaron espectacularmente desde la primavera del año siguiente, en coincidencia con la ofensiva por tierra de las fuerzas gubernamentales yemeníes contra los bastiones de Al Qaeda en Abyan.

Según llegaron a afirmar algunos analistas, los americanos trasladaron parte de su flota de drones desde Pakistán, donde los incidentes con el gobierno de aquel país habían llegado a un tope crítico, debido al aumento de las víctimas colaterales en las misiones con aviones-robot contra objetivos talibanes en las áreas tribales de la frontera noroccidental. En Yemen sucedió –y sigo pasando- algo similar, por cuanto los ataques selectivos con drones han provocado un número elevado de víctimas civiles. Pero de momento el gobierno yemení sigue autorizando las acciones aéreas que han servido de paraguas a la ofensiva terrestre, y eliminando a importantes jefes de AQAP, como el ciudadano estadounidense de origen yemení Anwar al Awlaki, en noviembre de 2011; y posiblemente, ayer mismo, a Said al Shahri, aunque todavía no esté claro si la autoría corresponde a los aviones no tripulados americanos o a fuerzas yemeníes.

Ghosh le quita hierro al descontento social que están generando los ataques de los drones en Yemen, algo que se puede constatar cotidianamente por parte de muchos yemeníes que tuitean en la red, o incluso de corresponsales occidentales en ese país. Los drones se han convertido en una de las armas preferidas en el arsenal que asiste a las guerras de Obama, y ahora no es el momento de cuestionar su impacto o eficacia.

Pero el recurso a los aviones-robot no es la principal aportación estadounidense a la guerra de Yemen. Como le comenta el general Al-Taheri a Ghosh: “Ya no se trata de un desafío puramente militar. Es mucho más complejo. El tiempo de luchar con tanques ha pasado”.

¿Qué resultados?

Cualquiera que haya sabido del último atentado en Sana´a, podrá considerar que el reportaje de Ghosh ha perdido validez, o al menos, su tono triunfalista; y en parte tendrá razón. Acorralados y expulsados los yihadistas de la provincia de Abyan, los zarpazos de Al Qaeda en Yemen vienen siendo desgarradores. El 21 de mayo, un atentado con bomba mató en Sana´a a un centenar de cadetes en la céntrica plaza de Saba´in, cerca del palacio presidencial, mientras ensayaban un desfile conmemorativo de la unificación del país. El 18 de junio, un atentado suicida mató al comandante en jefe de la región militar del sur de Yemen, el general Salem AliQatan, artífice de la gran ofensiva contra las fuerzas de AQAP en Abyan. El atentado se produjo un día después de la retirada de los insurgentes islamistas de Ansar al Sharia, afín a Al Qaeda, de la ciudad de Azán, en la provincia de Shabwa. Se trataba de uno de los últimos bastiones de los rebeldes después de semanas de campaña contrainsurgente. El 11 de julio, se produjo otro atentado, esta vez contra la Academia de Policía, también en Sana´a, con un balance de nueve muertos. El 11 de septiembre, un atentado contra el ministro de Defensa, que ya se libró del ataque de mayo, dirigido en parte contra él, dejó un balance de 12 muertos entre sus guardaespaldas. La acción se llevó a cabo en pleno aniversario del 11-S, y al día siguiente de que el gobierno anunciara la muerte del número dos de AQAP, Said al Shahri. Y todo esto sucedió antes de que concluyera 2012.

Y sin embargo, a pesar de esa dura lista, a la que deberían añadirse algunos importantes atentados frustrados por las fuerzas de seguridad del gobierno, el trasfondo argumental que podemos leer en el reportaje de Bobby Ghosh, se mantiene.

La pieza comienza refiriéndose al memorial que han erigido las autoridades yemeníes en la plaza Saba´in. Cartelones con fotografías de las víctimas, del terror, de los miembros seccionados. En un quiosco, los visitantes pueden ver un videoclip en que se recogen los momentos previos a la explosión, el atentado, las víctimas gritando y muriendo. Tiene razón Ghosh al afirmar que se trata de una reacción poco frecuente en aquellos países que han sufrido atentados terroristas de este calibre. Monumentos simbólicos y estilizados si, desde luego; pero no el recuerdo del horror en crudo.

Y el autor lo explica: durante una de sus últimas visitas al país, en 2010, muchos yemeníes veían a AQAP como algo lejano o poco consistente. Era producto de la paranoia americana, quizá. O, al menos, algo que no les afectaba de forma directa. El presidente Saleh, otrora puntal de la política antiterrorista americana en la zona, desviaba la creciente ayuda de Washington para dotar a las unidades militares controladas por su hijo y su sobrino. Cada vez llegaban más fondos americanos, mientras que Saleh hacía cada vez menos contra Al Qaeda.

Mientras tanto, para los analistas americanos, Yemen amenazaba con devenir el nuevo Afganistán, un distante y agreste país, perdido en el mapa, desde el cual los yihadistas se esforzaban por atacar territorio americano. Es bien conocido el frustrado atentado en las Navidades de 2009, cuando un terrorista nigeriano, Abdul FarukAbdulmutallab, intentó activar un artefacto incendiario en el vuelo comercial que se disponía a aterrizar en Detroit, procedente de Amsterdam. AQAP reivindicó la acción y explicó que el artefacto, a base de tetranitrato de pentaeritritol, que había logrado pasar por todos los controles aeroportuarios, había sido desarrollado por los muyahidines en los talleres de la organización en la Península Arábiga”, basada en Yemen. El intento alarmó tanto a Washington, que en meses sucesivos se hicieron nuevos desembolsos y esfuerzos para mejorar la acción antiterrorista yemení. Pero no fue el único suceso que ligaba a Yemen con la seguridad de los Estados Unidos.

En el universo yihadista era bien conocida la figura de Anwar al Awlaki, el carismático imán estadounidense que desde Yemen se había convertido en cerebro estratégico de Al Qaeda en la Península Arábiga. Él había sido el instigador del fallido atentado de Abdul FarukAbdulmutallab en el vuelo de NorthwestAirlines a Detroit. También Awlaki había impulsado el segundo intento: paquetes bomba enviados por mensajería para que explotaran en aviones de carga, en Dubai y los Estados Unidos. Una vez más, los artefactos, habían sido elaborados en Yemen, y enviados desde allí.

Pero Awlaki iba más allá. Tras pasar un tiempo en la cárcel por actuar como mediador en una disputa tribal, en el verano de 2008 abrió un blog en internet y sus comentarios teológico a la obra de SayyidQutb comenzaron a hacerlo famoso entre la comunidad musulmana internacional. Sus admiradores y seguidores crecieron rapidez. También creó un perfil en Facebook. “Alhamdulillah que eres un sheik online” –le escribió un lector. Esta vía reforzó la atracción por Yemen de miles de musulmanes rigoristas, deseos de regresar a los ambientes del Islam más puro. Yemen ya era conocido desde siempre como bastión primigenio del Islam, pero Awlaki, que ciertamente escribía con soltura en perfecto inglés y árabe, atrajo hacia el islamismo radical a muchos jóvenes dispuestos a cualquier cosa; entre ellos, por ejemplo, al nigeriano Abdul FarukAbdulmutallab. Pero también, al comandante estadounidense Nidal Hassan, autor del tiroteo que dejó 13 muertos en la base de Fort Hood (Texas), en noviembre de 2009.

El carisma de Awlaki alarmaba de forma creciente a los estadounidenses, que ya en diciembre de 2009 organizaron dos atentados consecutivos que dejaron unas 32 víctimas colaterales, sin conseguir liquidarlo. Al final, un ataque con drones terminó con su vida el 30 de septiembre de 2011, lo cual dio lugar a una viva polémica en los EEUU, dada la ciudadanía estadounidense de Awlaki.

Siendo Yemen terruño originario de los Bin Laden, polo místico de atracción para los creyentes musulmanes más exigentes, corazón de la cultura árabe más arcana, base de líderes como Anwar al Awlaki y de la AQAP, fundada en 2009, era comprensible el temor americano de que el país se convirtiera en una poderosa plataforma para atacar los Estados Unidos, incluso antes de que Al Qaeda se hiciera con el control, de Abyan. En realidad, llegados a ese punto, paradójicamente, la amenaza empezó a decaer. Para entonces, los americanos ya habían puesto en marcha su plan de “yemenizar la guerra de Yemen”.

La estrategia de al Qaeda

La estrategia que Osama Bin Laden y Ayman al Zawahiri infundieron a al Qaeda se basaba, esencialmente, en tres grandes conclusiones convertidas en directrices. La primera sostenía que la estrategia seguida por los islamistas radicales hasta los años ochenta del siglo XX, no servía. Pretender erradicar del poder, uno a uno, a los dirigentes laicos y pro-occidentales (o pro soviéticos) del mundo musulmán, era una empresa estéril. Al menos para al Zawahiri quedó demostrado con el asesinato del presidente egipcio Anwar al Sadat en 1981. La operación, brillantemente concebida, desencadenó una contundente represión contra sus autores y los islamistas radicales egipcios, pero sin desencadenar ningún tipo de revolución o cambio político en el país.

A cambio, el objetivo real era atacar a las grandes potencias que sostenía a los felones: los Estados Unidos –muy especialmente- y la Unión Soviética. A priori, el objetivo parecía inalcanzable; pero la victoria en la guerra de Afganistán cambió la perspectiva. Allí, los guerrilleros muyahidines, muchos de ellos de ideología islamista, arrinconaron a los invasores soviéticos, que en 1989 tuvieron que retirarse del país. Esa derrota contribuyó al colapso de la superpotencia, con lo que se reforzó la creencia de los fundadores de Al Qaeda en que la victoria total era posible. La guerra de Afganistán también terminó de convencer a Bin Laden y al Zawahiri de la potencia y capacidad de manipulación de los americanos en el mundo musulmán.

Por lo tanto, la estrategia de hostigar a los Estados Unidos y atacar el corazón de su territorio, siempre fue la idea estratégica central de bin Laden y al Zawahiri. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron el momento cumbre de esa línea de acción.

Los americanos lo entendieron enseguida, y por ello su esfuerzo se centró en buscar y eliminar a los líderes de Al Qaeda, allá donde estuvieren; y también, en revertir su estrategia. El ataque contra Afganistán, en 2001, formó parte de la primera línea de acción. La invasión de Irak, en 2003, ya fue expresión del segundo plan: volver a meter el genio en la botella. En efecto, llevar la guerra al país de Saddam Hussein supuso atraer las fuerzas de combate de Al Qaeda y aliados a una especie de batalla de desgaste, tanto en lucha contra las tropas estadounidenses, como contra milicias y activistas rivales, suníes o chiitas.

La guerra en Irak desgastó las fuerzas de Al Qaeda, al tiempo que tergiversó el sentido estratégico original de su lucha. Al principio, los yihadistas aún golpearon en Madrid (2004) y Londres (2005). Pero luego, las acciones terroristas se espaciaron, perdieron contundencia y se limitaron a atacar objetivos en otros países árabes. Osama bin Laden parecía estar perdiendo el control global de la organización, a favor de comandantes locales, más empeñados en sus estrategias particulares y en el enfrentamiento con los “cruzados” en el campo de batalla. Entre los papeles que se encontraran en su mansión de Abbottabad, tras su muerte, el líder y fundador de Al Qaeda se quejaba de esta situación e instaba a la reanudación de la estrategia directa contra los Estados Unidos.

De ahí la importancia de Anwar al Awlaki, que funda AQAP en el corazón histórico de Arabia y terruño de los bin Laden, y planifica de nuevo los ataques contra el gigante americano: el frustrado atentado en el vuelo de la NorthwestAirlines parece apuntar, de nuevo, a la estrategia maestra de Al Qaeda. Por si fuera poco, al Awlaki es estadounidense él mismo y los laboratorios de AQAP parecen ser capaces de elaborar bombas indetectables.

De ahí la importancia central de Yemen en la estrategia de Al Qaeda, en una segunda fase que suponía retirarse de Afganistán y Pakistán –país, al fin y al cabo no árabe- y asentarse en el bastión místico del mundo árabe-musulmán. Además, desde allí se podían redesplegar las fuerzas de Al Qaeda por la vecina África, por el Sahel y hacia Nigeria y Mali y Mauritania, tomando a Somalia como cabeza de puente.

Los americanos eran muy conscientes de ese peligro. Entre la no muy abundante bibliografía dedicada a la historia y cultura del Yemen, sobresale un cierto número de títulos relacionados específicamente con el poder de Al Qaeda en el país y la lucha de los Estados Unidos por destruirlo.

Tal como lo menciona Bobby Ghosh en su reportaje, y para desilusión de Washington, el presidente Saleh no estaba por la labor. No era sólo una cuestión de corrupción organizada. Ocurría que el poder del longevo presidente yemení -33 años en el poder- se basaba en la capacidad para mantener un equilibrio entre todas las fuerzas sociales y políticas en el Yemen: las tribus, desde luego, pero también los islamistas radicales, protegidos por uno u otro jefe tribal.

A la llegada de la Primavera Árabe, los observadores occidentales que mitificaron el fenómeno –la gran mayoría de ellos- olvidaron dos hechos importantes: que en Yemen las protestas comenzaron ya en enero de 2011, a la par que en El Cairo; y que diferencia de aquellos otros países en que triunfó con el destronamiento del respectivo autócrata y la apertura a la democracia, no se instauró una deriva política hacia el islamismo político. Lo cual, teniendo en cuenta que Yemen es uno de los corazones del Islam árabe más vigorosos, resulta bien significativo.

El tira y afloja con Saleh para forzar su partida duró un año, durante el cual AQAP se extendió por el sur. Se hizo con armamento pesado capturado al Ejército yemení, llevaron a Abyan voluntarios somalíes, y hasta afganos, pakistaníes y chechenos, y se lanzó a una guerra abierta contra Sana´a y los americanos. Y entonces, estos empezaron a meter el genio en la botella, también en Yemen. En mayo lograron asesinar a bin Laden, y en septiembre liquidaron a al Awlaki. AQAP y los grupos afines golpearon en Sana´a una y otra vez, matando a militares yemeníes, a la vez que perdían territorio y bastiones, empujados por el Ejército, las tribus y los drones. Pero los estrategas americanos habían logrado conjurar el peligro de que Yemen se convirtiera en la nueva base para La Base, desde la cual golpear Estados Unidos o los países occidentales. Ese era el sentido último de la portada de Time para el 11 de septiembre de 2012.

Post scriptum

El martes 11 de septiembre, grupos de alborotadores intentaron asaltar la Embajada estadounidense en El Cairo y el consulado de esa misma potencia en Bengasi, Libia, donde asesinaron al embajador, Christopher Stevens. Al menos en la capital egipcia, los asaltantes esgrimían banderas de Al Qaeda, y hasta llegaron a izar una en el mástil de la Embajada. En Bengasi se insiste en la autoría del grupo radical yihadistaAnsar al-Sharia.

Los agresores esgrimieron, como motivo de su furia, la emisión en la televisión americana de un desconocido film del muy marginal productor judío-americano Sam Bacile, apoyado, al parecer por el pastor fundamentalista Terry Jones

Emitido en la fatídica fecha del 11 de septiembre, la provocación es muy burda, a lo que contribuye la nefasta calidad del producto. La administración estadounidenses debería ser consciente de que este tipo de provocaciones genera un impacto desproporcionado, capaz de arruinar su estrategia contra Al Qaeda, que tantos esfuerzos, vidas y millones de dólares le ha costado. Y que además une a todos los musulmanes, sunníes y chiítas, contra los Estados Unidos. Algo de lo cual los militares americanos son muy conscientes.

Si la emisión del film ha tenido algo que ver con el rechazo del presidente Obama a recibir al primer ministro israelí Benjanín Netanyahu a fin de comprometerse a discutir sobre un futuro ataque contra Irán, el hecho podría revestir una notable gravedad.

Caso de que los asaltos no hayan estado relacionados con la argumentada emisión del film, y hubieran sido programados con anterioridad para señalar el retorno de la vieja estrategia de Al Qaeda coincidiendo con el undécimo aniversario del 11-S, entonces es que algo no está funcionando en el plan americano de meter al genio en la botella.

Si, además, se confirmara la noticia de que Tariq al Fadhli, un antiguo comandante yemení de al Qaeda “ha llegado a un acuerdo con EE.UU. y Arabia Saudita que prevé el envío de 5.000 combatientes del grupo terrorista a Siria con el fin de respaldar a los rebeldes y derrocar al presidente Bashar al Assad”, es que Washington y Ryad han ido demasiado lejos en la manipulación de la otrora Primavera Árabe, convertida en una arrolladora Primavera Islamista que, como opina más de un diplomático yemení en Sana´a, los americanos difícilmente podrán controlar.

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