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Concorde: un juicio 10 años después

Cinco acusados en el banquillo una década después de la muerte de un sueño

Concorde de Air France
Concorde de Air France | Internet

Redacción Central |

Cinco acusados en el banquillo una década después de la muerte de un sueño

Diez años después que el accidente del Concorde de Air France costara la vida a 113 personas y enterrara el sueño del avión supersónico más veloz de todos, son cinco los sentados en  el banquillo de los acusados al iniciarse este miércoles el juicio en Francia.

El modernísimo aparato se estrelló minutos después de despegar del aeropuerto Charles de Gaulle el 25 de julio del 2000 con destino a Nueva Cork y tras que un incendio se declarara en una de las alas, cayendo sobre un hotel de un poblado vecino a la Terminal aérea.

La aerolínea Continental Airlines, propietaria de un avión que minutos antes del accidente había perdido una lámina de titanio en la pista, y cinco personas físicas se sentarán en el banquillo de los acusados en el Tribunal Correccional de Pontoise, a las afueras de París, acusados de “homicidios involuntarios” en un juicio que durará unos cuatro meses.

Dieciocho meses de pesquisas dirigidas por la Oficina de Investigación y Análisis (BEA) concluyeron que el accidente se debió a que el avión atropelló durante la maniobra de despegue la lámina metálica de 4,5 kilogramos de peso perdida minutos antes por un DC-10 de Continental.  Uno de los neumáticos del Concorde estalló y sus restos perforaron uno de sus depósitos, que se incendió.

El avión voló durante varios minutos con llamas en un ala, hasta que los pilotos, que pretendieron hacer un aterrizaje de emergencia en el vecino aeropuerto de Le Bourget, perdieron el control.

Los acusados son  John Taylor, un trabajador de la aerolínea estadounidense acusado de no haber fijado convenientemente la lámina que se desprendió del DC-10, Stanley Ford, su superior jerárquico que validó el trabajo pese a no estar bien hecho, Henri Perrier, que fue director del programa Concorde entre 1978 y 1994, Jacques Hérubel, ingeniero de Aerospatiale, uno de los constructores del aparato, y Claude Frantzen, que supervisó este avión por cuenta de la Dirección General de Aviación Civil.

La línea de defensa adoptada por todos ellos, comenzando por Continental, pasa por desvincular el accidente del atropello de la lámina metálica.

Los abogados de la aerolínea se aferran a los testimonios, 28 en total, que aseguran haber visto llamas en el avión un minuto antes de que pasara por la zona en la que estaba la lámina metálica perdida por el DC-10.

Afirman que la investigación no se hizo de forma completa y sostienen que el Concorde tenía un fallo.

En el banquillo de los acusadores sólo se sentarán 24 familias de las víctimas, puesto que la mayoría prefirieron aceptar las fuertes indemnizaciones que les ofrecieron Air France y, en menor medida, Continental, para renunciar a ser parte civil.

El accidente traumatizó al mundo y acabó con la aureola de modernidad que arrastraba el Concorde desde su vuelo inaugural en 1976.

Tras la catástrofe, Air France aparcó provisionalmente sus supersónicos durante 15 meses y, aunque volvieron a ponerse en servicio, fueron definitivamente apartados de la circulación en mayo de 2003 por sus elevados costes de explotación.

British Airwais, la otra compañía que los explotaba, hizo lo mismo en noviembre, convencida de la falta de rentabilidad de un aparato que consumía cuatro veces más de combustible por pasajero que un avión convencional.

Terminó así, en forma trágica, el sueño de reducir a la mitad el tiempo de vuelo entre las dos orillas del Atlántico y asombrar al mundo con  una joya de la técnica.

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