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Breve aproximación personal al Che Guevara

Era costumbre del Papa Juan Pablo II viajar acompañado por periodistas que, luego, reportarían el viaje

Redacción Central |

Era costumbre del Papa Juan Pablo II viajar acompañado por periodistas que, luego, reportarían el viaje

Durante el vuelo, en algún momento, el Papa pasaba a la cabina ocupada por los periodistas y hablaba un rato con ellos. Le preguntaban habitualmente no solo sobre ese viaje, sino también sobre casi todo lo humano y lo divino que les interesase en ese momento. En la anécdota que voy a referir, se trataba de un viaje a África -Juan Pablo II realizó varios a ese continente-, hacia finales de la década de los ochenta o a inicios de la de los noventa. Ya en esos años se especulaba acerca de una posible visita de Juan Pablo II a Cuba. Se vino a concretar en enero de 1998. En algún periódico o revista de entonces, leí lo siguiente que, ahora, trato de reconstruir, fiado a mi memoria.

En la cabina aérea se había hablado ya de la descolonización de los países africanos, relativamente reciente entonces. Si se tocaba ese tema, resultaba casi ineludible referirse, de algún modo, a Cuba y al Che, uno de los protagonistas de ese proceso. La pregunta fue directa: “¿Qué opina Su Santidad sobre el Che?”. Según el artículo que entonces leí, el Papa habría guardado un silencio reflexivo durante algunos instantes. Lo rompió diciendo, con sencillez iluminadora: “No lo conozco a fondo, pero sé que se preocupó por los pobres. Consecuentemente, merece mi respeto”. Me doy cuenta de que el juicio de Juan Pablo II me condujo a una aproximación más justa acerca del Che. A la hora de juzgar los hechos de una persona, no deberíamos eludir las motivaciones que tuvo para realizarlos, para asumir una actitud ante la vida. El Che no es una excepción. Una cosa son los excesos que podría haber cometido en el marco de esa “preocupación”, y otra, de muy diverso carácter, las que cometen hombres y grupos por las sinrazones del egoísmo y la ambición desmesurada.

Como la mayoría de los cubanos, tuve las primeras referencias firmes acerca del Che cuando empezó la guerrilla en la Sierra Maestra, después del desembarco del “Granma”, o sea, a inicios de diciembre de 1956. Ya yo estudiaba en el Seminario de La Habana y, entonces, la condición disciplinar de la institución, hoy diversa, nos dificultaba las informaciones acerca de la situación política y de casi todo lo que ocurría en nuestro País y en el mundo. Afortunadamente, yo mantenía comunicación asidua no solo con mi familia, sino también con amigos, entre los que se encontraban compañeros universitarios. El Che resultaba ser el más enigmático de los líderes de aquel proceso. A los cubanos los conocíamos; al Che lo empezábamos a conocer.

Todas las referencias coincidían en afirmar su arrojo casi temerario ante el peligro, así como el espíritu de disciplina. Conocimos que era médico y se hacían historias acerca de su viaje por América Latina, su presencia en la Guatemala de Arbenz, el encuentro con Raúl y Fidel en México, etc. Casi todos valoraban también, desde aquel entonces, la coherencia entre sus convicciones y los hechos de su vida. Se decía, asimismo, que era un lector voraz de buena literatura, con una marcada preferencia por los libros de Filosofía, y por los autores clásicos; no solo los españoles, sino también los griegos y latinos, lo cual me gustaba mucho. Se afirmaba su cultura política de orientación marxista, lo cual, para muchos cubanos de la época, constituía un obstáculo para llegar a apreciarlo positivamente. Reconozco que para mí no lo era tanto pues, aunque discrepaba de la carencia de una metafísica y de su negación de la trascendencia en el marxismo, simpatizaba con el énfasis en el socialismo. Evidentemente, el marxismo no era, ni es, mi orientación filosófico-política; pero tampoco lo era, ni lo es, el anticomunismo, más visceral que racional. Aunque algunos miraban con desconfianza su condición de extranjero, desde aquellos años algunos amigos, y yo personalmente, relacionábamos su presencia en el seno de la Revolución cubana, con la de tantos extranjeros que cooperaron con nuestros movimientos independentistas del siglo XIX; sobre todo con la de Máximo Gómez. El Generalísimo dominicano, lo sabemos de sobra, es parte integrante del panteón patriótico e internacionalista cubano.

A medida que nos encaminábamos a la victoria revolucionaria y, ya en la etapa final, villaclareña, de la guerrilla, las anécdotas acerca del Che, naturalmente, se multiplicaban. Y mis preguntas a mí mismo, acerca de él, también. Junto con los datos positivos, se me presentaba una actitud justiciera radical, dura y fría, frente a las debilidades y errores humanos; actitud que nunca me ha resultado positiva cuando la descubro en personas de mi entorno, o en personas a las que llego por el camino de mis estudios de historia. Los primeros meses de Gobierno Revolucionario, con el Che ya instalado en La Habana, parecían confirmar, a mis ojos, la demasía de tal ánimo justiciero, tanto en el Che, como en la mayoría de los dirigentes históricos de la Revolución. Los discursos y escritos del Che en la época estaban en la misma línea.

Sin embargo, también se me incrementaba la admiración ante su coherencia existencial e intelectual, así como su sensibilidad social. Algunos amigos míos, personales, llegaron a ser colaboradores cercanos del Che en ese periodo. Ellos constituyeron una preciosa fuente de información acerca de la riqueza y matices de su temperamento. No lo podíamos encerrar en su palabra congelada. Ni a él, ni a nadie. Y con esa difícil especie de contradicción en mi acercamiento al Che, llegamos a su etapa final, conocida de primera mano por su “diario” de campaña en Bolivia. Lamentablemente, nunca lo traté. Durante una buena parte de su presencia en Cuba, yo vivía y estudiaba en Roma (agosto de 1959 a agosto de 1963). Desapareció el Che de Cuba -África, Bolivia y muerte por asesinato-, sin que yo hubiese podido llenar la laguna de no haber tenido el acercamiento, casi imprescindible, para conocer y valorar rectamente a una persona.

Luego vinieron los años del entusiasmo ante el Che, en Cuba y fuera de ella, aún entre personas y grupos que tomaban distancias con relación al proceso revolucionario cubano. Años del crecimiento, casi mitológico, de la imagen, la de la memoria y la de la iconografía, centrada esta en la fotografía de Korda. Recordemos el mayo parisino de 1968 y todo lo que ha sucedido después, en relación -directa o no- con ese mes irrepetible. Años también, de la aparición de los ensayos y biografías. Imposible acceder a tantas obras. En más de una ocasión, pedí orientación al respecto a Manuel Piñeiro, con quien yo mantuve una buena amistad, nunca deteriorada por las discrepancias discutibles. Por mi parte, pues, han sido los años de la decantación de la imagen del Che.

Y ahora aparece “Evocación. Mi vida al lado del Che”, el libro insustituible de Aleida March, la esposa y compañera afectiva del Che en sus años cubanos, los definitivos y definitorios. Ella es la única que podía custodiar la presencia de esos rasgos de la intimidad y testimoniarlos ahora, a una distancia de más de cuarenta años, con su prosa sencilla, como la de quien conversa familiarmente. Como deben haber sido contadas estas cosas a sus hijos, que no tuvieron mejor puente hacia el Che que Aleida, su madre. Ahora nos ha tocado en suerte, también a nosotros, acceder a ese camino testimonial, asomarnos a esas realidades no aprehensibles por otra vía que no hubiese sido esta, la del testimonio de la esposa y madre de sus hijos. Camino complementario irrenunciable por parte de todos los que deseamos “conocer” al Che por entero. Conocerlo en su médula interior y en las fibrillas del corazón; conocerlo en ese nivel del ser humano en el que se deciden tanto las realidades cotidianas más pequeñas, como las del peso social y visible; nivel en el que surgen, se deciden y empiezan a vislumbrarse los errores y las virtudes, las dimensiones positivas y las que no lo son.

Todos los caminos me confluyen ahora en la frase de Juan Pablo II citada en el inicio de esta reflexión. Casi todo en el Che debería ser contemplado a la luz de su opción coherente y radical por los pobres; de su pasión por lo que solemos llamar “justicia social”. Tan coherente y radical, tan acerina fue su pasión, que lo llevó a la ofrenda de su propia vida. Y cuando un hombre entero llega a esos extremos, las discrepancias con él adquieren otro tono, pues tal hombre merece, no solo respeto, sino también admiración entrañable.

La Habana, 27 de Mayo del 2008 (Tomado del sitio Che80)

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