Deportes

El temprano adiós de Roberto Clemente

La catástrofe se originó a las 9:23 PM del 31 de diciembre de 1972. Unos pocos minutos después del despegue, se precipitaba al mar frente a las costas de San Juan la nave DC 7 en la cual iba el astro del béisbol Roberto Clemente, en viaje de socorro a los damnificados por el terrible terremoto que ocho días atrás asolara a Managua, visitada meses antes por el infortunado pelotero boricua, director del equipo de Puerto Rico que participara en el campeonato mundial de ese año, jugado en la capital nicaragüense

Roberto Clemente
Roberto Clemente tuvo un estilo único y corazón generoso. | LNBP.net

Redacción Central |

La catástrofe se originó a las 9:23 PM del 31 de diciembre de 1972. Unos pocos minutos después del despegue, se precipitaba al mar frente a las costas de San Juan la nave DC 7 en la cual iba el astro del béisbol Roberto Clemente, en viaje de socorro a los damnificados por el terrible terremoto que ocho días atrás asolara a Managua, visitada meses antes por el infortunado pelotero boricua, director del equipo de Puerto Rico que participara en el campeonato mundial de ese año, jugado en la capital nicaragüense

Clemente, de 38 años de edad, presidía un comité que recaudó 150 000 dólares y 20 toneladas de suministros para el hermano pueblo nica. El accidente se produjo cuando el avión, que volaba con un sobrepeso de 4 000 libras, cayó – se especuló-, al realizar su piloto un brusco viraje, propiciando que la carga se corriera y la nave aérea embistiera el mar, sin que las agitadas aguas del Atlántico devolvieran a la atribulada viuda otra cosa que una media color marrón y el maletín de mano que ella misma preparó.

Algunos de sus biógrafos consideraron a Roberto Clemente un hombre humilde y orgulloso al mismo tiempo, que luchó por conseguir para el beisbolista latinoamericano algo similar a lo que Jackie Robinson alcanzó para los peloteros negros discriminados por la racista Norteamérica.

Del boricua fueron conocidas las agrias relaciones que sostenía con los periodistas deportivos de Estados Unidos, los cuales solían mofarse del mal inglés de Roberto, al escribir a la manera de Tarzán sus declaraciones. Fue tildado por esa prensa de “persona arrogante” debido a su seriedad, y le llamaron hipocondríaco por la frecuencia con que acostumbraba tratarse sus frecuentes dolores de espalda, secuela de un accidente que le ocurriera en 1935.

Rebelde por naturaleza, Clemente reiteró en cuanta ocasión se presentó que luchaba no solo porque se le reconociera, sino también “por las actuales y futuras generaciones de peloteros latinoamericanos”, consciente de que “más que por negro, se me discrimina por latino”.

Esta actitud le propició más de un problema con funcionarios y la prensa del béisbol yanqui, que regateaban su real valor, regalando a otros el reconocimiento que a él correspondía. Puertorriqueño de corazón, Roberto se opuso a que su esposa Vera Cristina le pariera hijos en Estados Unidos, devolviéndola a su Borinquen querido en tales trances, decisión que igualmente le costó serios encontronazos con quienes en ese país no perdían la más mínima oportunidad para atacarlo.

CLEMENTE EL PELOTERO

Roberto Clemente, el primer latino en ser llevado al Templo de la Fama, bateó para average de 317 en sus 18 años activo con los Piratas de Pittsburgh, en la Liga Nacional. Conquistó cuatro coronas de bateo, pegó de hit en los 14 desafíos de Serie Mundial en que participó, y el 30 de septiembre de 1972 se convirtió en el onceno jugador en arribar al exclusivo grupo de los que han disparado 3 000 hits en esa pelota, justamente en el que sería -¡destino fatal!- el último partido de esa temporada en Grandes Ligas.

Bien ajeno estaba entonces a que apenas tres meses después se perdería en las aguas de Atlántico. Pero si destacado fue con el bate, también lo fue a la defensiva: 12 veces ganó el Guante de Oro por su desempeño en la pradera derecha de los Piratas y en cinco ocasiones resultó el primero en poner corredores outs con sus tiros desde los jardines a las bases; en una de ellas cuando le robó un aparente hit al explosivo Willie Mays al enfriarlo en la inicial con un potente disparo tras fildear al primer bote la línea conectada por el bólido de los Gigantes.

TUVIERON QUE ACEPTARLO

La obligada hora del reconocimiento –no había otra opción- llegó cuando en la Serie Mundial de 1971 Clemente se echó sobre los hombros a los Piratas de Pittsburgh para llevarlos al triunfo frente a los Orioles de Baltimore, titulares de la Liga Americana, al producir para 414, incluidos dos jonrones.

El boricua había bateado para 341 durante la campaña regular y ello, sumado a lo que rindió en el clásico de octubre frente a los Orioles, obligó a que los periodistas tuvieran que designarlo el Más Valioso. Ese mismo año había decidido con un doble el Juego de las Estrellas.

Cuando el béisbol se enlutó con la muerte de Clemente todavía quedaba mucho por rendir al boricua, no obstante sus 38 años, pues ni tan madura edad, ni las 18 campañas con los Piratas, parecían haber mermado sus facultades.

Vean y juzguen: en su última temporada en las Mayores (1972) produjo ofensivamente para 312, solo cinco puntos por debajo de su average de por vida. Inmortales como Mays, Mickey Mantle y Stan Musial lo hicieron para 211, 237 y 255, respectivamente, en sus temporadas del adiós.

Bobby Bragan, un viejo conocido de los cubanos por haber dirigido aquí al Almendares y bajo cuyas órdenes estuvo Clemente en Pittsburgh, declaró refiriéndose al boricua: “Si hubiese jugado en Nueva York, lo hubieran comparado con Dimaggio”.

El número que usara Clemente con los Piratas -el 21- fue separado en su honor, y lejos de esperar los cinco años establecidos para llevar al Salón de la Fama a un pelotero retirado, la Comisión encargada de hacerlo lo elevó al templo de los inmortales, en Coperstown, al año siguiente de su muerte. Se hacía justicia al mejor pelotero latinoamericano que haya jugado en Grandes Ligas.

también te puede interesar