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Conducta japonesa

¿Por qué los niños japoneses son tan obedientes?

Bebê-lindo
Niño japonés |

B. García |

El carácter de los japoneses es admirado en diferentes lugares del mundo. Los hemos visto afrontar tragedias enormes con un gran estoicismo. No pierden el control y conservan el sentido colectivo ante cualquier circunstancia. También se destacan por su enorme respeto hacia los demás y su gran capacidad de trabajo.

No solo los adultos japoneses son así. También los niños son muy diferentes a los que acostumbramos a ver en Occidente. Desde muy pequeños resultan notorios sus modales suaves y su afabilidad. Los niños japoneses no son de los que hacen rabietas y pierden el control por todo.

¿Cómo han logrado los japoneses tener una sociedad en la que los valores del autocontrol, el respeto y la templanza sean lo que predomina?

Algo que hace muy especial a los japoneses es la relación que hay entre las distintas generaciones. Más que en otras partes del mundo, el vínculo entre los mayores y los más jóvenes es empático y afectuoso. Para ellos, un anciano es alguien lleno de sabiduría que merece la mayor consideración.

A su vez, los ancianos ven en los niños y jóvenes a personas en formación. Por eso son tolerantes y cariñosos con ellos. Adoptan un papel orientativo, no de jueces ni inquisidores de sus vidas. Por eso, los vínculos entre jóvenes y adultos mayores suelen ser muy armónicos.

Y es que los japoneses mantienen una gran valoración por la familia extensa. Pero al mismo tiempo, tienen bien fijados los límites. Por ejemplo, para ellos es inconcebible que los abuelos se hagan cargo de un niño, porque los padres no tienen tiempo. Los vínculos no se basan en un intercambio de favores, sino en una cosmovisión en la que cada uno tiene su propio lugar.

La mayoría de las familias japonesas entienden la crianza como una práctica afectiva. Están muy mal vistos los gritos o las fuertes recriminaciones. Lo que los padres esperan de sus hijos es que aprendan a relacionarse con el mundo, respetando la sensibilidad del otro.

Por lo general, cuando un niño hace algo mal, sus padres lo reprueban con una mirada o un gesto de desagrado. Así les hacen entender que su acción no es aceptable. Es usual que utilicen frases como “Le hiciste daño”, o “Te hiciste daño” para remarcar que su comportamiento es negativo porque causa un mal, no porque sí.

Es inusual que una madre lleve a su hijo a la escuela antes de los tres años. Lo común es ver a las madres con sus pequeños cargados para todas partes. Ese contacto físico, que también se ve mucho en las comunidades ancestrales, genera también vínculos más profundos. Esta proximidad de piel también lo es del alma. Para la madre japonesa es muy importante hablarles a sus pequeños.

Lo mismo ocurre con los padres y los abuelos. Es usual que las familias se reúnan a conversar. Comer en familia y contarse las historias es una de las actividades más frecuentes. Las historias de familia se cuentan una y otra vez. Con ello se genera un sentido de identidad y de pertenencia en los pequeños. También una profunda valoración por la palabra y la compañía.

Por eso difícilmente los niños japoneses hacen rabietas. Están rodeados por un entorno que no les genera grandes sobresaltos. No se sienten abandonados afectivamente. Perciben que el mundo tiene un orden y que cada quien tiene un lugar. Eso les da serenidad, los sensibiliza y les ayuda a entender que las explosiones de ánimo son innecesarias.

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