Cultura

Hablar el castellano como en los tiempos de Cervantes

El empeño por salvar una lengua que suena como en el texto original de El Quijote

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La Luz de Constantinopla y Sofía Foto: Shalom, Organización de los judíos de Bulgaria Dominio Público Wikimedia |

LA VOZ DEL SANDINISMO |

Conocido como ladino, sefardí o judeoespañol, el idioma que hablaban los judíos expulsados de la Península Ibérica entre 1492 y 1497 y mantienen a duras penas sus descendientes en varios países parece una copia intacta del español medieval.

La firma de un acuerdo en el marco de la Real Academia Española (RAE) prevé que los hablantes sefardíes cuente en un futuro no lejano con una institución similar a las agrupadas en la Asociación de Academias de la Lengua Española, de la cual forman parte naciones de América Latina, África (Guinea Ecuatorial), Asia (Filipinas) y Estados Unidos.

Darío Villanueva, presidente de la RAE, comentó que tal empeño elevaría a la condición de perfecta la asociación de academias, pues cubriría todo el espectro de la hispanidad.

Aunque la mayor comunidad de hablantes del ladino se localiza en Israel, donde tendría su sede la academia, también existen poblaciones considerables en países como Turquía, Argentina o México.

La Autoridad Nasionala del Ladino i su Kultura, con sede en Israel, estima entre 250 mil y 300 mil las personas que en ese país tienen nociones de judeoespañol y que podría haber otras tantas dispersas en distintas comunidades sefardíes de todo el mundo.

Expertos consideran que academia de la lengua sefardí nacería en el tiempo justo para intentar su salvación, pues la UNESCO lo considera un idioma en grave peligro y el año pasado el Instituto Cervantes publicó un informe que calcula en 175 mil las personas en Israel, más unas nueve mil en Turquía hablantes de alguna forma de español, incluido el ladino, aunque su dominio del idioma sea limitado.

Quizá el mayor peligro radique en la falta de niños que lo hablen.

La ciclópea tarea de no dejar morir el judeoespañol pasa por la existencia de un andamiaje geopolítico como el que salvó al hebreo, una lengua semítica con 33 siglos de historia que llegó a convertirse en la oficial (junto al árabe) del estado de Israel.

En la oralidad trasmitida de generación en generación radica la fuente de supervivencia del ladino, la mayoría de cuyas palabras resultan comprensibles para los hablantes de otras formas de español, aunque les suenen tan antiguas como las de un texto original de Miguel de Cervantes.

A quienes impulsan el proyecto de insuflarle nueva vida al idioma que hace más de 500 años los judíos se llevaron de España, casi como su única pertenencia, les viene como anillo al dedo un refrán de aquella época con total vigencia: “El que no risíca, no rosíca”. O lo que es lo mismo: “El que no sonríe, no florece”.
mem/piz

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