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Thomas Mann: Una vida hecha obra de arte

Thomas Mann vivió en una constante perplejidad: dando tumbos espirituales entre el orden y el caos, la inteligencia y la pasión

Thomas Mann
Thomas Mann | Internet

Redacción Central |

Thomas Mann vivió en una constante perplejidad: dando tumbos espirituales entre el orden y el caos, la inteligencia y la pasión

En esas fuerzas contrarias gira lúcidamente toda la obra del genio de Lübeck. Y es en la literatura donde el combate se hace más agudo, más sensible, más intelectual, teniendo siempre como telón de fondo la perfección estética.

En el libro Thomas Mann: la vida como obra de arte, (1875-1955), el catedrático y editor Herman Kurzke traza una inmensa cartografía sobre la obsesión del escritor alemán por convertir su vida en literatura. A través de los diarios, poemas, novelas, cartas y ensayos de Mann, el biógrafo con minuciosidad espeluznante rastrea cómo la vida del autor fue haciéndose literatura, encajando ficción y realidad; cómo por medio de las máscaras que encarnan sus personajes -que no son otra cosa que sus conflictos internos más profundos- va tejiendo una monumental y subjetiva obra, porque Mann, consciente de su destino anhela que su vida sea “una obra de arte vital cerrada en sí misma”.

Kurzke permite al lector un diálogo íntimo y literario con el autor de La montaña mágica, y advierte que dos universos influyeron poderosamente en él: el patriarcal que significa la responsabilidad y la sociedad burguesa; y el matriarcal, que reside en el sueño y la tentación, el amor y la muerte. Kurzke señala que Mann desempeña el papel del mensajero Hermes entre estos dos mundos. Por un lado, quería una vida armónica, y de otro, aceptaba el caos interior que se cernía sobre él, especialmente “la naturaleza soñadora de sus primeros años; las inclinaciones homosexuales -al parecer- nunca materializadas y el deseo de dejarse arrastrar por las pasiones”, afirma Kurzke.

Uno de los aspectos más reveladores de esta biografía, es la homosexualidad platónica de Mann, que lo embarga en plena juventud hasta su matrimonio a los 30 años con Katia Pringsheim. Su primer amor es Armin Martens, un efebo rubio y de ojos azules, al que describirá como un “dulce sufrimiento”. En una carta a Hermann Lange le confiesa: “Fue, mi primer amor, y nunca me fue dado vivir otro más tierno, más dolorosamente feliz”. Mann entrega a Armin un poema, y en un verso le dice “Qué ha hecho de ti la pálida muerte”. El amado, ajeno a los furores sentimentales del joven lírico, confuso y sorprendido, le responde: “No sé, pero pregúntaselo cuando puedas”.

Al parecer, Mann nunca concretó físicamente sus deseos, los trasladó a un ámbito metafísico y a la reflexión artística. Su visión del erotismo no es de transgresión, sino de contemplación y pureza espiritual. En una carta a su hermano Heinrich le escribe “el erotismo es poesía, es lo que habla desde lo más profundo, es lo innombrado, lo que otorga estremecimiento, dulce encanto y misterio a todas las cosas”. Anhela una sensualidad puramente estética, que también puede ser una manera de protegerse de caer en la “lujuria y el caos”.

De otro lado, el sexo le parece algo prosaico, banal, “desespiritualizado, lo que es llamado por su nombre, nada más”. Hay una relación muy fuerte entre el mundo pasional y la ficción novelesca, donde Mann puede consumar intelectualmente sus obsesiones. Pero el arte literario no calma su sensibilidad, por el contrario, la eleva y la lastima, “el conocimiento es el tormento más hondo”, dice, y piensa que sólo la Palabra nos mantiene fuertes y erguidos ante el sufrimiento.

El amor en su obra carece de palabras, calla, se vuelve elucubración mental. El erotismo no es un vértigo, es un ideal, una opción estética del pensamiento. El mejor ejemplo de silencio y platonismo es La muerte en Venecia, donde el protagonista Gustavo von Assenbach no le dirige una sola palabra al bello Tadzio, pero es capaz de morir por él. El protagonista -un escritor maduro y famoso- lo mira con la distancia de un voyeur, mientras su ser arde impotente y silencioso ante el poder sublime de la belleza, y recreando a Sócrates “habla del miedo sagrado cuando se le aparece un rostro semejante al de un dios… Es más, le ofrecería sacrificios como a una estatua si no tuviera miedo de parecerle necio a los hombres”.

Para Mann lo onírico, lo bello, forman parte del mundo irreal, y es en la obra de arte, en la cual la imaginación encuentra su más alta cuota de realidad. Y como subraya Kurzke, aunque la literatura toma sus fundamentos de la vida real, Thomas Mann los orienta hacia un final distinto: creando infinitas posibilidades. Allí su caída. Allí su genialidad.

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