Cultura

Las “Memorias” de Tennessee Williams

El dramaturgo Tennessee Williams gozó y sufrió con exceso, vivió éxitos y también padeció los embates de críticos insatisfechos. Bruguera reedita sus “Memorias”

Tennessee Williams
El dramaturgo Tennessee Williams gozó y sufrió con exceso, vivió éxitos y también padeció los embates de críticos insatisfechos. Bruguera reedita sus "Memorias" | wikipedia

Redacción Central |

El dramaturgo Tennessee Williams gozó y sufrió con exceso, vivió éxitos y también padeció los embates de críticos insatisfechos. Bruguera reedita sus “Memorias”

En el retrato Recordando a Tennessee , Truman Capote cuenta que el gran dramaturgo Tennessee Williams ( Tenn para los amigos) había muerto atragantado por el tapón de un frasco de pastillas. Tennessee Williams gozó y sufrió con exceso, vivió muchos éxitos y también padeció los embates de críticos insatisfechos.

Ganó dinero, buenas amistades, largas depresiones, crisis, ataques de histeria y sombra en los días de estreno. Todo para terminar muriendo, en 1983, con el tapón de un bote de pastillas metido en el esófago. Tomó además muchas pastillas también, a lo largo de su vida (epiléptico, con problemas cardíacos y psicológicos, y un puñado de fobias…).

Claro, el autor de Un tranvía llamado deseo o La gata sobre el tejado de zinc caliente no da cuenta en sus Memorias (Bruguera, segunda edición desde 1984) de su muerte tragicómica, pero sí que cuenta todo lo demás, o sea, su vida, con gran soltura y pormenor.

Transcribe sus primeros versos sin rubor, describe su joven melancolía en el viejo sur de sus propias obras, un Mississippi natal, originario, de bochorno, negros con armónica, fiestas de graduación y pastores episcopalianos. Habla Williams de su primera novia y su amorío de proto-gay , y de su primer (y único) pille heterosexual, pero sobre todo, Williams narra toda su escandalosa vida homosexual. Y con mucho detalle, además.

Desde que deja San Luis, ya después de la universidad, decenas de marineros, militares, escritores y jovencillos anónimos van pasando por sus habitaciones de hotel de Nueva Orleans, Nueva York, Los Ángeles, Boston, Chicago, Marruecos, por su residencia de Cabo Hueso, por sus suites francesas o romanas… Un tal Ángel, un tal Ryan, un tal Santo, “la viciosa sureña”, “un joven estudiante medio indio”, un joven “de grandes ojos soñadores y esbelta figura”, y un interminable etcétera, pueblan sus andanzas libertinas.

Escribe: “¿Es posible ser un viejo verde a mitad de la treintena? Porque quizá sea esta la impresión que estoy causando. Este libro es una especie de catarsis de puritanos sentimientos de culpabilidad, supongo. Todo buen arte es indiscreto. Bien, yo no puedo asegurarles que este libro vaya a ser arte, pero indiscreto tiene que serlo, puesto que trata de mi vida adulta… Claro está que podría dedicar estas páginas, en toda su extensión, a discutir el arte dramático, pero ¿no sería eso un tostón?”.

Esta indiscreción de 400 páginas escrita entre 1971 y 1975 (fecha de edición con el nombre francés Memoirs ) traza un repaso cronológico relativamente lineal, aunque sometido al capricho de quien escribe con placer, que se detiene donde, sencillamente, más le apetece, o que relaciona hechos un momento puntual pasado con otro más cercano sin previa deliberación.

Además, hace referencia a él mismo, a modo de diario, a la hora de escribir. En un párrafo se puede leer: “me siento un poco cansado y voy a volver a la cama” o “no me siento demasiado eufórico esta mañana”, o, después de haberse metido con un colega de profesión, escribir: “retiro eso”. Como si todo fuese un libre curso de su conciencia mientras se lava los dientes en el baño.

Este curso informe aborda muchas personalidades del teatro y del entorno de Williams de un modo entrañable: Elia Gadg Kazan, su director predilecto, su hermana Rose (completamente trastornada), su novio más duradero (durante 14 años) Frank Merlo.

Otras muchas aparecen más de refilón: Paul Bowles, Isherwood, Capote, Gore Vidal, Ana Magnani, Hemingway, Faulkner, Visconti, Leonard Bernstein (uno de los adalides de la gauche divine , tal y cómo lo retrató Wolfe), Sartre, Joseph Losey; o sus dos actores favoritos, Laurette Taylor y Marlon Brando (que hizo su primer papel teatral haciendo precisamente de Stanley Kowalsky en “Un tranvía…”).

Singular y provocador

En todo caso, el libro aparece regado por muchas apreciaciones singulares y pretendidamente provocadoras. Por ejemplo: “En Roma es extraño ver en la calle a un hombre joven que no muestre una ligera erección”, o después de estar con un crítico Thorton Wilder, escribe que pensó: “a este tipo no le han dado un revolcón en toda su vida”. Habla pues, rehuyendo de la contricción con la que muchos literatos relatan sus confesiones, sino más bien, con un tono desenfadado y un poco de locaza.

La imagen que proyecta de sí mismo y de su percepción de sí mismo es voluble y cambiante. Unas veces parece sencillo, autocrítico, cómico, y otras resulta un poco repelente (soltando palabras sueltas en francés) y despotricando al modo de los divos: “Fui yo quien inventó la comedia negra norteamericana, y él no es tan tonto como para ignorarlo.”, escribe sobre un crítico.

Y, en general, con la crítica tuvo sus enganchones. Sobre todo después de los 50, después La gata… (obra con la que ganó un Pulitzer), cuando había hecho su Zoo de cristal (primer gran éxito en 1945), Verano y humo , Un tranvía… , y sobre todo después de De repente… el último verano o Dulce pájaro de juventud .

O sea, en los 60, parece que nunca se llegó a sentir satisfecho con el trato que recibían sus obras, como Slapstick tragedy , El reino de la tierra , En el bar de un hotel de Tokyo . En general hace muchas autorreferencias a su obra, a sus representaciones y a sus aciertos literarios. Habla de sus novelas y sus relatos en prosa con gran efusión ( La primavera romana de la señora Stone , en particular). A cuenta de esto hay que señalar que la editorial Bruguera ha editado, junto con estas Memoirs , su segunda novela: Moise y el mundo de la razón .

Se trata entonces de un relato ameno de uno de los grandes dramaturgos del siglo XX que, frente al humor de Ionesco, al misterio simbolista de O Neill y al silencio beckettiano , supo dar electricidad al escenario. Williams habló de las agresiones del deseo, de psicologías vulnerables o gritonas, habló de los problemas del cuerpo que suda y vocea, en alto, literaturas con heridas, con ecos en un escenario oscuro.

Aquí se encuentran muchas claves de un hombre complicado, carencial, que se movió siempre entre mucha gente, buscando al fondo del bar o en la esquina de enfrente alguno de los anónimos dispuestos, un tipo célebre que siempre (a la manera de su Blanche Du Bois) ha “confiado en la amabilidad de los desconocidos”.

 

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