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Enciclopedia para cinéfilos: El poema cinematográfico

Se entiende por poema cinematográfico todo filme que rompe con una estructura lógica y dramática del relato tradicional y desarrolla ciertos elementos humanísticos que se prestan a esta forma de composición. Un filme que despliega, además, conscientemente o no, por su contenido y estructura, todas las posibilidades líricas del cine. Es bueno aclarar que no […]

Redacción Central |

Se entiende por poema cinematográfico todo filme que rompe con una estructura lógica y dramática del relato tradicional y desarrolla ciertos elementos humanísticos que se prestan a esta forma de composición.

Un filme que despliega, además, conscientemente o no, por su contenido y estructura, todas las posibilidades líricas del cine. Es bueno aclarar que no consiste en una yuxtaposición de hermosas imágenes y vistas —como algunos erróneamente creen-, sino en una belleza en movimiento, interior y sobria.

En la historia del séptimo arte existen pocos poemas cinematográficos en el sentido estricto del término, y ello, principalmente, por dos razones. Primero, porque el poema puro no es muy demandado por los grandes públicos. Y después, porque a menudo, demasiado a menudo, los cineastas se ven seducidos por una falsa poesía.

Ahora bien, de otra parte, algunos opinan que se podría ampliar la noción de poema y dar nombre a todo filme que sea expresión de una subjetividad transmitida a través de imágenes.

Quienes así piensan aseguran que las representaciones del mundo interior otorgan así al filme su carácter poético, aún cuando su escritura parezca próxima a la prosa. En ese sentido, consideran verdaderos poemas, sólo por citar dos casos, ciertos filmes de Chaplin y Fellini, sean Candilejas y La Strada, u otros de sus filmografías respectivas.

Porque a Fellini, por ejemplo, si sus amigos, e incluso enemigos, con un matiz de ironía lo llamaban “el poeta†, era porque reconocían en él una calidad singular, irreductible al análisis lógico: la que posee un creador inspirado, dueño de su universo personal.

Y ese universo se reconoce, ante todo, en la presencia de algunas imágenes muy particulares que identifican sus filmes. Se responden y se llaman. Se ensamblan y organizan, no son otra cosa que las rimas visuales de “el poeta†.

Claro que resulta muy difícil establecer el inventario de dichas rimas en un monstruo como Fellini. Todo o casi todo es importante en su bosque de reiteraciones. Pero no es por gusto que su universo aparece surcado por largos paseos en grupo, marcado por esquinas y lugares propicios al encuentro y al diálogo. O famosas plazas públicas fotografiadas profusamente de noche y adornadas con una fuente.

O también, que veamos los horizontes libres, los inmensos terrenos desnudos, las playas y el mar, siempre el mar. El paisaje felliniano no obedece, en realidad, a ningún simbolismo. A ningún maniqueísmo de la luz. A ningún favoritismo por alguna especie de ceremonia ritual. Sucede, simplemente, que obedece al universo poético y visual del cineasta.

Revisando las distintas cinematografías, notaremos que el cine francés cuenta con algunos poemas que han hecho historia. Por ejemplo, Entreacto, de René Clair. Un filme que pretende dar un nuevo valor a la imagen. Y que consiste en un encadenamiento de ellas. Cada una ha sido escogida por su plasticidad o por su humor y su ligazón es arbitrariamente voluntaria.

Después pudiera citarse toda la obra de Jean Vigo. Una obra estructurada según una visión poética del mundo, en la que descuella L’Atlante y Zero de conduite, así como A propósito de Niza, sátira cruel de los elegantes de la Costa Azul, y un documental sobre el famoso nadador Taris.

Cuestionado su cine por los detractores que nunca faltan, la revista Positif afirmaba, hace algún tiempo, que se necesitaba ser más sensible ante su poesía. Esa poesía que a menudo se desprende más de una obra inacabada, imperfecta, pero auténtica, que de una obra demasiado pulida.

Otros poemas galos que se pueden incluir son los de Jean Cocteau, en particular La sangre de un poeta, La bella y la bestia y Orfeo. Sobre todo el segundo, su película más famosa, más fantástica que maravillosa. Y una obra en la que la fantasía, no por fabricada, resulta menos hechicera.

También cabe mencionar los dibujos animados de Paul Grimault, el dibujante publicitario, productor y realizador, artífice de un mundo insólito, onírico, conducido mediante un ritmo suave y ensoñador. O los filmes del malogrado Albert Lamorisse, tan cercano al mundo infantil y preocupado por lo feérico, como su documental Crin Blanca. O su famosísimo éxito mundial, premio especial de Cannes, El globo rojo.

Una obra como pocas. Cortometraje que relata las aventuras de un globo rojo y de un niño. Bello cuanto inmerso en el realismo mágico de los barrios parisienes. Encanto un poco fácil, pero innegable. La “muerte†del globo rojo, al final, es un trozo antológico.

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